Porque no solo corres con tus piernas

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Antonio Díaz, entrando a meta en Chamonix.

Cruzar el arco de meta de la Ultra Trail do Mont Blanc 2017 ha sido alcanzar un sueño que me ha mantenido despierto los últimos tres años… “Tienes que ponerte un objetivo lo antes posible…”, esas fueron las palabras con las que empezó todo, Antonio Sanchez del Pino, que en 2014 era alguien desconocido para mí, me las dijo durante un entrenamiento en el que coincidimos al comentarle que venía de hacer un Ironman y que no sabía que iba a hacer una vez finalizado. Esas palabras fueron el inicio de esta aventura.

Desde esas palabras hasta el pasado día 3/09 a las 10:07 h. han pasado 3 años llenos de vivencias, experiencias y momentos en su mayoría fabulosos, algún mal trago también, pero de esos sería una torpeza acordarme. Casi sin pedir permiso, me subí a un barco que no me pertenecía, un barco tripulado por el Sr. Antonio Aceituno Azaustre y comandado por Sr. Antonio Sanchez del Pino. Ellos tenían un sueño y yo simplemente lo hice mío. Desde aquí os doy las gracias por dejarme subir y acogerme como el tercer elemento. Ellos soñaban con hacer juntos esta carrera, pero el destino y la fortuna quiso que en 2015 no pudieran compartirla y quedara emplazada para más adelante.

En esta edición 2017, a mediados de enero, tuve la suerte de que el sorteo les favoreciera y entraran en la lista de inscritos en la que yo ya estaba previamente debido a que era mi tercer año consecutivo optando a realizarla. Sinceramente, el año ha sido muy complicado, porque cuando te planteas un objetivo de estos, siendo deportista amateur como lo somos el 95% de los corredores que las hacemos, sabes que se van a dar situaciones muy difíciles de gestionar y que en ocasiones te ponen en la tesitura de pensar si merece la pena o no seguir adelante, para hacerse una idea, esta es la prueba de mayor nivel de esta disciplina y encajar su preparación cuando el deporte en mi vida puede ocupar 3º o 4º escalón dentro de mis prioridades es una tarea más que complicada. Hay que sacar tiempo de donde no lo hay y no te queda otra que acostumbrarte a dormir menos y a sacrificar horas de descanso.

Justo cuando el reloj marcaba las 18:20 h. del 01/09, a diez minutos de que comenzáramos a descontar kms para alcanzar la línea de meta, Aceituno nos dijo una frase que en aquel momento parecía banal, pero que estaba llena de razón: “chicos, lo difícil lo hemos hecho ya, estar en la línea de salida es lo más complicado de la UTMB, ahora solo queda disfrutar”. Cuando oyes esas palabras, se te vienen a la cabeza los 170 km que te quedan por recorrer, los 10.000 m de desnivel positivo que harán que tus piernas se rompan muscularmente, las 40 horas que te quedan por delante con sus dos noches sin descanso. Pero él sabía lo que decía, él ya había estado en esa situación en 2015 y sabía de lo que hablaba.

Hablando de la parte más complicada de esta carrera, la preparación previa, no merece la pena destacar el nº de km entrenados, ni las horas tirado por el monte, ni los entrenamientos eternos a deshoras, eso es algo recurrente en el mundo amateur. Muchas subidas a Jabalcuz, el Mont Blanc jaenero, entrenos a las 6 de la mañana, entrenos justo después de comer o de cenar, pero bueno, todos lo que tenemos este gusano metido en el cuerpo sabemos que o estás preparado mentalmente para esto, o más vale que no te plantees estas locura. Lo más complicado es encajar todo lo anterior con tu vida familiar, el trabajo, situaciones diarias que te trastocan esa hora que tenías planificada para entrenar y que al final se complica y no puedes. Eso es lo realmente complicado. Cuántas veces no nos hemos cruzado con compañeros por el monte y nos hemos despedido diciendo…”yo tiro ya para abajo deprisa que hoy voy a comer arroz con voces…”.

Pues sí, eso es lo más complicado, ponerte en la línea de salida con ciertas garantías de poder alcanzar el objetivo. Pero esa parte complicada tiene su parte positivísima y es compartirla con otros dos locos que entienden tu locura como propia, Pino y Aceituno, Aceituno y Pino. Dicen que los amigos de verdad son los de la infancia y que perduran en el tiempo y puede que sea así. Pero yo he tenido la fortuna de ampliar mis amistades “de verdad” con estos dos señores, distintos entre sí, pero igual de enriquecedora su compañía. Muchos han sido los momentos complicados por los que hemos pasado, problemas de trabajo, familiares etc. que como si de un gabinete psicológico eran tratados durante los entrenamientos y que de alguna u otra forma éramos capaces de relativizarlos y ponerles solución. Porque para eso también sirve el deporte, para armonizar el estado emocional y poder verle a todo una solución más sencilla de lo que a priori puede tener.

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De izquierda a derecha, A. Aceituno, A. Díaz y A. Pino, en uno de sus entrenamientos.

En esta parte preparatoria, no me podría olvidar de otros compañeros que desde el principio me han ayudado en toda la preparación, con los que he compartido entrenamientos, me han dado aliento y animado a no desistir para que siguiera adelante con mi empeño. Seguro que es injusto nombrarlos por que alguno me dejaré, pero claves en todo esto han sido: Noni, mi papá deportivamente hablando porque me cuida y mima como nadie, Josepe, un amigo que con sus palabras de ánimo y alabanza siempre me hacen mantenerme psicológicamente a tope; Andrés Valle, él es el “psicoanalista”, el que me pone los pies en el suelo y me calma en momentos de euforia; Juan Pulido, un compañero y amigo que ha sufrido y disfrutado a la par mía. Y como no, a todos los miembros de mi club, Trailrunners AVANZA Jaén, que han sido esa fuerza intangible que desde la lejanía de los kilómetros, nos han empujado hasta conseguir pasar por el arco de meta.

La UTMB empiezas a correrla 10-11 meses antes del día de la prueba, desde que te ves en la lista de inscritos. Es imposible sacar de tu cabeza cuanto deseas que llegue ese momento. Cuántos vídeos, crónicas, resúmenes del trazado no habré visto durante este tiempo, me han ayudado a visualizar donde me iba a ver meses después, a prepararme mentalmente para verme en una situación que iba a ser nueva para mí a nivel deportivo. Nunca había hecho una prueba de más de 125 km. Ese trabajo mental ha ido paralelo al trabajo físico como si de unas vías de tren se tratara, el de la derecha es la preparación física, el de la izquierda el mental, y he tratado que las dos fueran de manera uniforme creciendo para poder alcanzar esa línea de meta tan ansiada.

Dos semanas antes de la carrera comienzan los nervios. Recurrente es el pensamiento que se te viene a la cabeza sobre si has entrenado bien, si has entrenado lo suficiente, si los desniveles que has salvado en los entrenamientos serán suficientes como para afrontar las brutales e interminables subidas de la UTMB. Todos esos pensamientos, puedo asegurar, que son además de inevitables, una gran tontería, porque amigos, ¿cómo se entrena una carrera en la que vas a estar dos noches sin dormir, en la que sabes que antes o después te llegará ese momento de vacío total que no te permitirá ni trotar cuesta abajo? Esta carrera es imposible de entrenar. Es tan bestial a todos los niveles, que nunca harás los kilómetros suficientes, no harás el desnivel suficiente ni habrás entrenado con la calidad que esta prueba precisa. Pero lo que si me tranquilizaba, era tener la paz interior de que había hecho todo lo posible por estar en las mejores condiciones físicas y mentales para afrontarla.

El jueves 31/08 fue el día elegido para viajar. Llegamos a Chamonix el día antes de la carrera, y la verdad es que el viaje fue bien hasta que nos enteramos vía SMS de la organización, que debido a las condiciones meteorológicas adversa que se presentaban, el recorrido podría ser modificado, o que incluso la carrera podría ser neutralizada en algún punto si las condiciones no garantizaban la seguridad de los corredores. Eso la verdad es que era una muy mala noticia, porque una vez que estas allí, quieres recorrer todos y cada uno de los kilómetros. Finalmente, el mismo viernes por la mañana, horas antes de la salida, nos confirmaron que el horario de salida se retrasaba media hora y que el recorrido fue variado en dos puntos, pero que tanto la distancia como el desnivel serían los mismos.

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La ‘triple A’, con la pancarta del Club Trailrunners Jaén, en Chamonix.

Las horas previas a la carrera fueron interminables. Comimos pronto para intentar dormir un rato en la siesta, aunque yo no conseguí pegar ojo,ya estaba haciendo mentalmente mis primeros kilómetros. Mientras tanto, Aceituno sí que dormía, era el más tranquilo de los tres. La experiencia es un grado y él sabía a lo que se iba a enfrentar. Desde aquí decirle que esta carrera es una locura, pero que hacerla por segunda vez sabiendo donde te metes, es de inconscientes, jajaja… Pero él sabía que tenía que estar allí para cumplir el sueño de hacerla junto a su querido Pino. Antonio Pino, creo que también consiguió dormir, aunque se le notaba más intranquilo. Se movía mucho en la cama, le vi un par de veces mirar su reloj fetiche. Fetiche porque es con el que hace todas las carreras. No es un gps de última generación. La única información que te da es la hora del día, pero para él es el mejor reloj con el que puede correr, es el reloj de su hija Patricia, que seguro que cada vez que lo mirara durante la carrera le iba a dar un plus de motivación, en la otra muñeca también llevaba pulseritas a modo de amuleto de sus otros tres hijos.

Y es que esta carrera es tan monstruosa que tienes que tener atado hasta el más mínimo detalle, y el psicológico aquí tiene un valor extra. Yo también llevaba mis propios amuletos. Mi hijo Antonio, el que más sufre conmigo, el que los días antes de la carrera estaba serio, casi os podría decir que estaba enfadado conmigo porque no quería que me fuera de casa. Se había montado su propia película y tenía miedo porque me pudiera pasar algo. De él siempre llevo una pequeña copita de juguete metida en el bolsillo de la mochila con la que corro. Me la dio hace años cuando finalicé el Ironman. Al acabar aquella prueba, me preguntó si había ganado. Jajaja, el pobre ve en mi un héroe. Le dije que no, que  otros triatletas habían entrado delante mía, pero eso a él le dio igual, cogió su copita de juguete y me la dio diciéndome que para él, yo era el ganador…

De Paola llevaba un collar con su piedrecita de la suerte que no debía tocar para que su magia no se rompiera. En varias ocasiones me lo recordó antes de despedirse de mí insistiendo en esto. De mi mujer también quise llevar nuestra alianza para que me ayudara en los momentos complicados, y a última hora del miércoles antes de viajar, mi madre también quiso darme una medallita para que me protegiera. Los que tenemos hijos sabemos lo que sufre una madre por un hijo. Todos esos amuletos formaban parte de mi material obligatorio de carrera. La organización de la UTMB no me obligaba a llevarlos, pero yo sabía que eran impresionables para mí.

A las 17:00 h., una hora y media antes de la carrera, sonó el despertador. Nos levantamos como un resorte, esos minutos que tardas en vestirte, prepararte, revisar que todo estuviera en su sitio…. esos minutos son muy emotivos. En una habitación de no mas de 8 metros cuadrados estábamos tres amigos, con tres historias distintas pero con un mismo objetivo, cada uno por un lado, en silencio, concentrados, momentos mágicos por todo lo que se dice sin abrir la boca, cruce de miradas cómplices llenas de incertidumbre y adrenalina. La tensión se podía cortar y ese silencio sepulcral no se rompió hasta que una vez estábamos listos, dije: “bueno amigos, estamos donde queremos estar, con quien queremos estar, qué más podemos pedir…ahora solo queda acabar esta puta carrera y disfrutarla al máximo….”. Nos dimos un abrazo justo antes de salir de la habitación y nos dirigimos a la línea de salida.

Llegamos a las 18:00 h. con 30 minutos de antelación. Esos minutos son increíbles. Estás en medio de la plaza donde llevas años soñando estar, rodeado de otros 2.500 corredores venidos de 93 países distintos. Estás donde cualquier corredor de Ultra distancia quisiera, a poco menos de media hora para enfrentarte a ese enemigo que tanto amas. En las pantallas gigantes enfocaban a los corredores Pro más importantes de este mundillo. Acojona verte en el mismo sitio que ellos, pero es una de las grandes cosas que te permite practicar este deporte. Te permite estar al lado de los mejores. Sobre las 18:15 h., la directora de carrera, a través de la megafonía, hizo un pequeño briefing para comentarnos las pequeñas modificaciones del trazado y las condiciones meteorológicas con las que nos íbamos a encontrar, insistió en que no escatimáramos en la ropa de abrigo porque en los collados más altos íbamos a tener una sensación térmica de -9º centígrados, con fuerte viento y riesgo de nevadas.

Si la carrera de por sí ya es complicada, estas condiciones hacían que el respeto y la prudencia para afrontarla fueran aún mayor. A las 18:23 h. os puedo decir que me deshice. Tuve que coger al unísono la mano de Pino y el brazo de Aceituno, me aferré a ellos como un niño chico, noté como mi cara se desencajaba y mis ojos se cristalizaban, pasé miedo, pero mis compañeros me ayudaron a superarlo. Pino me apretaba la mano con fuerza y me miraba dándome confianza. Aceituno por su parte me acariciaba la mano. Esos gestos me tranquilizaron, me transmitieron que allí no estaba solo y que aunque íbamos a afrontar la carrera de forma individual, mentalmente la haríamos en equipo.

Ya solo quedaba esperar a que sonara esa canción mágica previa a la salida, “la conquista del paraíso”. Esos momentos son indescriptibles, no eres capaz de asimilar que estas en el lugar soñado…

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Aceituno, Díaz y Pino, preparados para afrontar la carrera.

Sobre la carrera en sí, a día de hoy, aún se me vienen momentos nuevos que poco a poco van dando forma a los 170 km y las 39:37 h. que invertí en hacerla. Mi planteamiento de carrera fue como no podía ser de otra forma muy conservador, con el único objetivo de conseguir acabarla. Una vez pasados los 8 primeros km. totalmente llanos que acordamos hacerlos los tres juntos, cada uno cogimos nuestro ritmo.  Pino iba súper y si no le pasaba nada, como así fue, iba a hacer un carrerón. Yo le auguré que estaría entre las 30 y 32 horas y no fallé. Hizo 30:30 h. y porque tuvo mala suerte al final con su frontal. Si no seguro que habría bajado de las 30 h., que para que os hagáis una idea, es estar en el top 100 de los mejores corredores del mundo. Lo de este hombre es impresionante y nos deja con la boca abierta a todos los que lo conocemos. Por su parte Aceituno, iba más conservador porque su preparación no fue todo lo buena que hubiera querido, pero su experiencia iba a suplir esa falta de km terminando con un tiempazo de 37 h. Por mí parte, para alcanzar la meta final, me puse tres objetivos a conseguir de forma paulatina a lo largo de la carrera. En primer lugar quería que los puntos de corte que había a lo largo del trazado no me supusieran un estrés extra. Por suerte, la primera parte de la carrera la hice muy bien, a buen ritmo y mejorando mis previsiones previas. Esto me hizo llegar al Courmayeur, km 80, con ese objetivo más que superado, lo que hizo que mi confianza aumentara exponencialmente. Mi segundo objetivo era ir cumpliendo mi planificación de tiempos, que en ese punto también lo estaba consiguiendo. La segunda parte de carrera, ya en zona de Alpes Italianos, nos llevaba por los refugios de Bertone, Bonatti  hasta llegar al Gran Col de Ferret. En ese punto, a unos 2.800 metros de altitud, dejábamos atrás Italia y entrabamos en tierras Suizas. Ahí pasé uno de los momentos más complicados de la carrera. Ya nos lo advirtieron justo en el avituallamiento previo a la subida a Ferret, era obligatorio ponerse toda la ropa de abrigo incluido el sobre pantalón impermeable si queríamos seguir en carrera. Las condiciones arriba eran de ventisca con nieve y no se equivocaron. A medida que ibas ascendiendo, la situación se complicaba. El viento, el frio y la nieve me machacaron. La nieve me golpeaba en la cara como si de alfileres se tratara. He de decir que aunque la situación era extrema, disfruté luchando contra aquello. Una vez arriba, los voluntarios que allí se encontraban, gran mérito el suyo, no nos permitieron permanecer arriba ni un segundo, nos obligaron a descender para que el frio no nos hiciera presos y provocara males mayores. Dada aquella situación, se me vino a la cabeza que la organización pudiera neutralizar la carrera ya que las condiciones iban a peor, pero por suerte no fue así y todos los corredores pudieron pasar por aquel punto.

Hubo un momento clave emocionalmente en la carrera, llegado al km 110, La Fouly. La organización había dado la posibilidad de que los participantes tuviéramos un video de ánimo de familiares y amigos, y la verdad, es que cuando llevas casi 23 horas corriendo, ver la cara de tu familia en una pantalla dándote ánimos para que sigas adelante es un subidón de adrenalina brutal. Después me dijo mi mujer que para hacerlo, hicieron falta varios intentos, porque Antonio era incapaz de hablar sin que se le saltaran las lágrimas. También vi en la pantalla a mi querido cuñado, José Carlos Cámara, jejejeje. Su mensaje tenía guasa, me invitaba a que me dejara de sentimentalismos y que me pusiera a correr que para eso estaba allí..

Desde ese km hasta Champex-Lac, el terreno era llevadero con tan solo una pequeña subida que te llevaba a este pueblo. Allí nos poníamos en el km 123, y por delante faltaban los 47 km más brutales de la carrera. Nos faltaban tres subidas interminables, que sumadas a que empezaba la segunda noche y que a esas alturas las fuerzas ya brillaban por su ausencia, todo iba a ser cuestión de cabeza. En ese punto es donde sale el entrenamiento mental previo a la carrera. Tener claro que ese momento iba a llegar,  tenerlo asumido y asimilado, eso es lo que en ese punto te hace seguir adelante o desistir. Champex-Lac es el punto de control donde mayor número de corredores abandona. Yo lo tenía muy claro y además me encontraba con mucho ánimo y confianza, así que ni siquiera le di la oportunidad a la cabeza a que la idea de abandonar apareciera.

Lo de la segunda noche es una locura. Había oído hablar que el cansancio, el sueño, el vacío fisiológico podía provocar tener visiones y he de decir que lo comprobé en mis propias carnes. Es increíble como la cabeza te hace ver cosas que no están. Veía carpas de avituallamientos a cada curva, las ramas de los árboles se convertían en animales inexistentes. Como anécdota, Noelia Camacho, increíble corredora de montaña, me comentó al día siguiente de la carrera que ella veía tales visiones, que incluso tenía que palpar con la mano por donde pasaba para darse cuenta que era un visión.

Entre visiones, paso de las horas, subidas y bajadas interminables, me fue amaneciendo. Ya en tierras francesas, sobre las 08:30 h. de la mañana del domingo, llegué al último avituallamiento antes de dirigirme por fin a Chamonix, y dar por finalizada esta vuelta al macizo del Mont Blanc. En ese punto me di cuenta que había vencido a esta monstruosa carrera y no solo me  alegre por mí, me alegre especialmente por mis dos compañeros de aventura. Sin haberlo hablado, los tres sabíamos que era alto complicado que los tres acabáramos, porque el porcentaje de abandono de esta prueba está por encima del 35% y eso significa que uno de cada tres corredores no concluye, y de los tres, yo era quizás el que más papeletas tenía para hacerlo. Pero no me dejé vencer…

No solo corría con mis piernas, corría con el compromiso personal de llegar a meta para que la alegría de mis compañeros fuera plena. El abandono de cualquiera de los tres supondría que esta experiencia no fuera plena y completamente feliz, necesitaba acabar por mí y por ellos…

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Un momento de la prueba.

Ya solo me quedaban 8 km de bajada a meta, no tuve prisa en acabarlos. Quise disfrutarlos, repasar la carrera, los momentos complicados y bonitos por los que había pasado. Me emocioné al pensar que habría mucha gente en España esperando que mi muñequito que recorre el perfil de la prueba en el seguimiento en directo apareciera en Chamonix con la palabra FINISHER debajo de él. Fueron minutos muy intensos. Te cruzabas con personas que iban haciendo senderismo o corriendo en dirección contraria que se paraban para animarte y darte la enhorabuena. Fue mi momento de disfrutar por todo lo que había sufrido.

Ya en las calles de Chamonix, a escasos 500 m de la línea de meta, la primera cara conocida que vi fue la de Lorenzo Pérez Barajas, un señor de la montaña que no había participado en esta edición pero que llevaba sin dormir dos noches, haciendo km de avituallamiento en avituallamiento dando apoyo a su pareja Noelia. Allí estaba para recibirme. Sus palabras de apoyo y alabanza no las olvidaré nunca. Un poco más adelante, a dos curvas de encarar la tan ansiada línea de meta, se encontraba Aceituno con la bandera de Jaén en la mano para entregármela. Nos fundimos en un abrazo increíble, ya con la bandera de mi Jaén rodeándome y cubriendo mi cuerpo. Había soñado muchas veces con ese momento, cruzar la línea de menta de la carrera más bonita del mundo portando mi bandera. Encaré esa recta final, con ese arco de meta tan precioso, y que el día de antes había evitado cruzar por simple superstición. En esa recta me esperaba mi amigo, mi compañero, el jefe de los Trailrunners Jaén, Antonio Sánchez del Pino. Esos últimos 50 metros son increíbles, es el momento por el que tres años atrás, hice caso a Pino y me puse esta prueba por objetivo. En esos 50 metros le das sentido a todo lo invertido, al esfuerzo, a los malos momentos, a los sin sabores que durante tres años se padecen para colocarte ahí, a escasos segundos de despertar del sueño en el que entré tres años atrás… Y del sueño desperté cuando Pino me abrazó recién cruzada esa mágica línea de meta…

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La ‘triple A’, finishers de la UTMB 2017.

No solo corrí con mis piernas, corrí con las de todas las personas a las que quiero y me quieren.  “Antonio, estoy orgulloso de ti, sigues siendo un  RESILIENTE, soy el arquitecto de mi propia alegría y mi propio destino”. VAMOSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS……

Autor: Antonio Manuel Díaz García.

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La Montaña Blanca

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La arista…, sinuosa, recorre la panza de la mole ya lubricada por los primeros rayos del sol. El cielo, de un denso y homogéneo azul capri, apenas presenta acontecimientos. Una fila interminable de figurillas, en un trajín nervioso y absurdo, recorre en ambos sentidos el pisoteado sendero de nieve que conduce a la cima del Mont Blanc…

J., que se halla encordado a P., se dispone a recorrerla de regreso cuando decide ceder el paso a un grupo de ensimismados excursionistas. Un movimiento erróneo –J. se sienta sobre la superficie tendida de la arista y libera así los crampones del altar del hielo- y, en un instante, ambos ya han sido arrebatados por las impepinables fuerzas del dinamismo…  La cordada se precipita entonces al unísono…y ni el piolet ni los desesperados zarpazos que asestan con las manos contra la pared inasible de hielo consiguen detenerlos; y el abismo los succiona definitivamente…(la arista desciende de forma abrupta desde los 4600 m de altura hasta prácticamente los 2000 m por el glaciar de Bossons). A medida que cae, J. apenas puede mantener la coherencia de sus pensamientos. Un collage desordenado de imágenes se presenta vertiginosamente a sus ojos y apenas encuentra un instante, generalmente para sentir una compasión infinita hacia sí mismo. Llega el primer gran impacto…nota como algún hueso fundamental de la espalda se troncha, sin poder determinar con qué exactamente ha chocado; segundos después siente un dolor inmenso, inasumible, que le recorre todo el cuerpo hasta las puntas de los dedos de pies y manos; en seguida otro tremendo golpe, quizás contra un penitente o alguna otra forma caprichosa del hielo, y entonces todo… su maltrecho y descompuesto cuerpo, su cara abrasada, la inmensa desdicha de sus pensamientos… se funden en un negro profundísimo…

J. despierta en medio de la oscuridad; apenas ha conseguido dormir veinte minutos seguidos. El sueño del abismo no lo ha alterado, más bien se encuentra sereno e incluso disfruta de cierta placidez tumbado sobre el cálido suelo de madera del antiguo y abandonado refugio de Gouter (3.900 m de altitud), al que apenas unas horas antes han accedido sus compañeros y él a través de un ventanuco redondo oportunamente abierto en la parte trasera. A escasos 500 m se encuentra el nuevo refugio; bueno, más bien hotel de Gouter. Se trata de un desconcertante edificio aovado con aspecto de satélite meteorológico que cuelga del balcón de la montaña homónima. Algunas horas antes, el huesudo gabacho que dirige el chiringuito, les ha negado alojamiento con cierto aire de superioridad, pues carecen de reserva fija (ni siquiera se les permite dormir en el suelo de la entrada). Nuestro guía T. (“manijero” le llamábamos por razones que ahora no vienen al caso) nos habla del viejo refugio, y no lo pensamos mucho. En la entrada de este se amontonan un grupo de montañeros, mayormente rusos, a los que parece no afectar el frío, que esperan su oportunidad para deslizarse dentro del mismo. Ispantsy! (“¡Españoles!”) se escucha gritar a uno de ellos.

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Esa misma mañana habíamos ascendido desde el refugio de Teté Rousse por el trepadero de Gouter, con el glaciar Bionassay a la derecha. A la entrada de esta falla que salva 800 m de desnivel, se encuentra el Grand Couloir, o más conocido como el paso de La Bolera, uno de los más accidentados de las distintas rutas que conducen a la cima…Los grupos de montañeros cruzan sus escasos 50 metros por tandas, a trote torpe y ansioso pero ligero, con la esperanza de minimizar así el infortunio del azar geológico: cada tiempo indeterminado, desde la cornisa que se halla en estado de descomposición, se precipitan como proyectiles piedras de distintos tamaños…”Pierre! Pierre!” (¡Piedra! ¡Piedra!) Gritan en ocasiones desde las alturas. La torpeza de algunos excursionistas también contribuye a la ruina de la montaña y los montañeros…Una vez superada la bolera, se inicia una subida por una de las crestas, cuya mayor dificultad, además de un par de pasos de escalada de no mucha, estriba en sortear, una vez más, las oleadas de excursionistas que en ambas direcciones se disponen obsesivamente a la cima o regresan consolados de ella…

La montaña blanca… hasta no hace mucho tiempo era conocida entre los lugareños como la “montaña maldita”, poblada por un mundo de hadas y demonios en el que se celebraban estrafalarias danzas de brujos, y que ejercía con su blancura eternamente presente una influencia decisiva sobre la vida de los ciudadanos del valle…Pensando sobre lo blanco, en medio de su obstinada presencia, releo las extrañísimas palabras que Melville, en su obra MOBY DICK, dedica a este color: “Hay algo elusivo que se guarece en lo más interno de la idea de este color, susceptible de producir más pánico al alma que el rojo de la sangre, que aterra. En esta inaprensible cualidad que hace el pensamiento de la blancura, cuando está disociado de sus más amables disociaciones y adherido a un objeto terrible en sí mismo, eleva el terror a sus más encumbrados límites. El oso blanco de los polos y el tiburón blanco de los trópicos…<la ballena blanca>. ¿Será acaso que por su indefinición contribuya a oscurecer los espacios inertes y las inmensidades del universo, y nos ataca traidoramente con la idea de la aniquilación, cuando contemplamos los blancos abismos de la vía láctea? ¿O será que, en esencia, no siendo tanto el blanco un color, como la ausencia visible de color, y a la vez la concreción de todos los colores, se deba a estas razones que haya tal muda lividez, llena de significación, en un dilatado paisaje de nieves un abigarrado ateísmo sin color, ante el que nos estremecemos?” (“La blancura de la ballena”. Moby Dick. H. Melville).

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Son casi las nueve de la noche en el refugio; suavemente me sumerjo nuevamente en la caverna del sueño. A medianoche comenzamos la ascensión definitiva al Mont Blanc. La luna se hunde ensangrentada en el horizonte transalpino. La noche es marrón y lo oscuro no puede ocultar el blanco de las tres lomas que consecutivamente se interponen entre nosotros y la cima: dome de Gouter (4.304 m), refugio de Vallot (4.362 m) y propiamente la arista y panza del Mont Blanc (4.810 m).

Caminamos resueltos en dos cordadas de tres, aligerados de peso, pero con todos los pertrechos: crampones, piolet, casco, arnés, cuerdas, ropa extra de abrigo, etc. La noche es perfecta; apenas corre viento, pero cuando uno se detiene el frío le posee (esa sensación se irá incrementando con la altura). A partir de los 4.200 m, J. se percata de cierto desbarajuste en su respiración, que si bien no le alarma, si le lleva a intentar ordenarlo de forma consciente. Eso, unido a un leve pero constante dolor de cabeza que el ibuprofeno no ha conseguido eliminar, es el precio que su cuerpo debe pagar por la altura, aceptable, concluye J. Llega un momento en el que seguir subiendo se convierte en algo difícil de explicar… En la noche y sin referencias del valle, subir parece escapar, como si la tierra, con su trasiego y sus cosas, quedará definitivamente atrás; como si hubiéramos alcanzado la frontera del mundo… Hacemos cumbre al amanecer. Ya está dicho por muchos y en muchos sitios: la meta, el objetivo geofísico del viaje, una vez alcanzado, deja una enorme sensación de vacío en el viajero. El grupo entero: T., L., P., J., J., P. y J. reflexiona sobre las montañas. El Mont Blanc es solo una montaña más y su altura no significa nada; incluso degrada a la montaña cuando se traduce en espectáculo o en un simple reto cuantitativo…hay miles y miles de montañas, todas ellas más bajas y desconocidas, donde la pasión del montañero acontece de forma auténtica.

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J., que se halla encordado a P., se dispone a recorrer de regreso la arista que, sinuosa, recorre la panza de la mole ya lubricada por los primeros rayos del sol. El cielo, de un denso y homogéneo azul capri, apenas presenta acontecimientos. Una fila interminable de figurillas, en un trajín nervioso y absurdo, recorre en ambos sentidos el pisoteado sendero de nieve que conduce a la cima del Mont Blanc…J. se hace a un lado para dejar paso e intuitivamente, sujeto por la dragonera, hunde el mango de su piolet hasta la pala en la base del camino, y a él se aferra; siente un miedo inmenso por el vacío que aguarda a sus espaldas y al que en ningún momento mira a los ojos. Se pregunta con angustia: “¿qué hago aquí?” Pero luego comprende que esa pregunta (sin respuesta) da realmente sentido a todo viaje.

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Autor: Javier Hernández (Turbio).

Sierra Nevada: sol y nieve

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Sebastián, a la derecha, junto a Jesús M., compañero del club, en la salida.

Sierra Nevada ha sabido publicitarse durante muchos años por su conjunción perfecta de sol y nieve. Yo durante los ciento dos kilómetros del recorrido de la Ultra Trail Sierra Nevada 2017 nieve no vi, como era previsible en julio,  pero sol tuve para hartarme. Estas  montañas son el paraíso para un esquiador en invierno y  el infierno para un corredor en verano.

Afronté la ultra con cierto temor, o mejor dicho, con mucho respeto. Este respeto  ha sido el que me hizo que semanas antes de la prueba todos mis entrenamientos los hiciese sobre las cinco de la tarde. Justo cuando más desaconsejado está salir a correr. No soy un loco, ni un temerario, por eso los entrenamientos los hacía muy bien hidratado y con muy bajo nivel de intensidad, pero necesitaba saber lo que era correr con calor intenso para que en el ultra no me venciese el sol. Tengo que reconocer que ha sido efectivo. El calor de Sierra Nevada me parecía mucho más soportable que el calor de la canícula en mitad de los olivares de Jaén.  Por eso, si soy totalmente sincero,  no me pareció  que fuese para tanto, a pesar de que en algún momento rozamos los cuarenta y cuatro grados. Reconozco que muchos compañeros no lo pudieron soportar y tuvieron que abandonar porque su cuerpo estaba dando importantes señales de alarma. Yo hubiese hecho igual ante el más mínimo signo que pudiese comprometer mi salud. En los avituallamientos era normal ver algunos corredores mareados, siendo atendidos por el personal sanitario, tomándoles la tensión o con suero puesto, y muchos otros que directamente había tirado la toalla por la sensación asfixiante de calor.

La carrera la afronté de más a menos… Sí, ya sé que debería ser al revés, pero pensé que durante la noche podría correr sin grandes problemas, apretando todo lo que pudiese, para que cuando llegase el sol me pillase lo más cerca posible de meta. Gracias a eso, a las ocho de la mañana, ya había pasado ampliamente el ecuador de la prueba. Creo que fue buena estrategia. Aunque por querer ir más rápido cometiese un grave error que me castigaría el resto de la carrera. Por no perder unos segundos y esperar mi turno en la fila india de corredores que se formó para vadear el primer río que cruza el recorrido, lo atravesé por mitad del agua. No valoré las consecuencias que eso iba a tener: calcetines mojados el resto de la carrera, pies completamente arrugados por tanta humedad, que con el calor se empezaron a cocer en su propio jugo. Eso hizo que me saliesen ampollas en varios puntos de la planta del pie que me condicionarían mucho el resto del ultra cada vez que intentaba apretar más.

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Sebastián, con la medalla de finisher, tras cruzar la meta.

Aunque preveía que mi ritmo descendería al llegar el día, no imaginé que apenas ya podría volver a correr.  Casi los cuarenta kilómetros finales los hice caminando o con un trote muy lento, bien porque eran subidas que no me permitían otra cosa,  bien porque el sol apretaba demasiado como para arriesgarse a un sobreesfuerzo,  o bien porque era  doloroso correr ya con las ampollas.  A pesar de todo no me desanimé. Tuve que borrar de mi cabeza las previsiones de tiempo que había hecho, concentrarme en seguir adelante y caminar sin prisas, parando a la sombra cada vez que me sentía algo más cansado.

Mi objetivo en la segunda parte de la prueba ya no era llegar a la meta, sino llegar hasta el próximo avituallamiento, donde me sentaría tranquilamente con un refresco de cola bien fresco y una buena rodaja de sandía. Así uno, luego otro y otro… cada vez más seguro, cada vez más emocionado porque ya tenía la meta al alcance de la mano. Aunque confieso que en el kilómetro vertical de la subida al Veleta me pareció un mazazo. Cuando llevas noventa kilómetros a la espalda, tener que afrontar una subida de cinco kilómetros con ese desnivel, es una putada. Pero pude  sacar fuerza donde yo pensaba que ya no quedaba nada e incluso logre dejar atrás a algunos compañeros de fatigas.

Así llegué arriba, un último descanso y a correr… Ahora sí. Bajé los seis o siete kilómetros como una bala, despreciando el dolor insoportable de las plantas de los pies, sin importarme nada más que cruzar la línea de meta para disfrutar de la sensación de plenitud que te da el trabajo bien hecho, llamar a mi familia, escribir a los compañeros del club y a aquellos amigos que se han preocupado por mí en las veintiuna horas que he estado corriendo y decirles que estoy bien; que soy feliz.

Autor: Sebastián Martínez Pulido.

Cómo sentirte grande corriendo 5 kilómetros

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Últimamente no tengo tanto tiempo para salir a correr. Que nadie se apiade: es porque tengo un montón de cosas interesantes que hacer. Pero reconozco que a veces me agobio pensando que “voy a ir a menos” en esto del mundillo trail.

El otro día al fin me calcé las zapatillas a pesar de que era un poco tarde ya, pero me dije “doy una vuelta al menos”. Y en un ratito descubrí un carril chulísimo, me crucé con una cabra montesa, cogí renacuajos en una fuente, pasé varios cortijos, vi un criadero de conejos, saludé a Paco el pastor y salté una valla.

Normalmente nos gusta contar los kilómetros que hacemos y, si son muchos, nos sentimos muy orgullosos. Hay mogollón de aplicaciones y cacharritos para atesorar nuestros kilómetros y acumularlos como en una cuenta del banco. Y las carreras de montaña tienen más respeto por lo general cuanto más largas son y más desnivel y dificultad tienen.

Siento un profundo respeto por las grandes hazañas y por quienes las completan. Proponerse correr un ultra implica mucho valor, pero también mucha responsabilidad sobre nuestras capacidades. Se trata de una meta muy soñada para algunos y algunas, lo cual es lógico puesto que despierta mucha admiración por parte de los demás y orgullo hacia nosotros mismos. Abundan por ello las crónicas, los planes de entrenamiento, los seguidores de grandes corredores/as a los que queremos acercarnos.

Pero no siempre disponemos de la posibilidad de entrenar para grandes distancias. A veces, sencillamente, nos falta el tiempo. Y es fácil sentir que “correr un poco” vale menos o no tiene tanto mérito. Empezamos a apuntarnos a “la distancia corta” de las carreras (la de verdad es la larga y la otra, la corta), los minitrail, no aguantamos el ritmo de los compañeros en los entrenamientos.

Puede que hasta dejemos de correr.

Pues no. No lo hagas. Voy a decirte un puñado de verdades acerca de correr poquito que mucha gente ignora. Demos la vuelta a la tortilla.

 

Cosas bonitas de correr poco:

  1. Eres más respetuoso/a con tu cuerpo: corriendo un ratito es muy difícil que te pases de la raya y que te lesiones si no es porque tengas un percance. Además, normalmente saldrás a correr cuando tengas ganas y correrás tanto como te apetezca. No tienes que hacer “x” kilómetros porque tienes un ultra en tres meses y hay que entrenar. Tampoco te marcas un tiempo. Es posible que no te lleves ni el reloj.
  2. Eres más respetuoso/a con tu vida: como corres sólo cuando te viene bien, no necesitas dejar de lado otros planes. Tienes más tiempo para la familia, amigos, otras aficiones. No hace falta hacer malabarismos con tu agenda. No te da apuro el día que no has podido salir a correr. Y cuando sí que sales al monte, disfrutas a cada paso que das.
  3. Pones menos atención en los kilómetros y los minutos y más en todo lo demás: empiezas a ver animalillos por todos lados, a parar en todas las fuentes, a observar cómo cambian las plantas según la estación. Te entretienes en comer moras o un diente de león. Coges un desvío diferente y descubres un lugar nuevo que te encanta. Te paras a mandar un whatsapp con un pensamiento bonito que se te acaba de ocurrir para una persona especial.
  4. No necesitas llevar el kit completo de corredor de montaña: a no ser que sea pleno verano y el ‘lorenzo’ te vaya a dar todo el camino, puedes dejar la mochila, el gps, los geles… si planeas una ruta sencilla de antemano sólo necesitas las zapatillas y la ropa. A veces sólo cojo la llave de casa. Me hace sentir libre y ligera.
  5. Puedes dedicar más tiempo a estirar después: conozco a muchos corredores/as que nunca estiran después de correr. Pueden estar 6 horas en el monte pero no dedican ni 5 minutos a relajarse y mimarse. Es todo un placer. Música suave. Moverse despacio y con plena consciencia. Darle gracias a tu cuerpo por hacerte sentir tan bien.
  6. Gasta menos dinero: no sólo porque las zapatillas te durarán más. Además puede que te baste con un modelo sencillo, más económico. Igual no necesitas el cortavientos más chachi de la tienda. Las carreras “cortas” son siempre más baratas. Y la experiencia es igualmente bonita: los nervios a la hora de salir, la belleza del recorrido, la alegría de llegar a meta (¡el mismo plato de paella!).
  7. Anima a tus compañeros/as: cuando tengas una carrera, como normalmente llegarás antes, puedes disfrutar aplaudiendo en la meta o animando a mitad del recorrido. Puede ser muy emocionante verlos pasar y darles ánimos. Hazles fotos, es de agradecer. Y si no, sé el primero en tomarse algo fresquito y descansar.
  8. Presta atención a la gente que encuentres: cuando no vas a tope te topas con otro tipo de personas. Sobre todo en las carreras. Hace poco corrí un trail en el que fui realmente lenta, acompañando a un amigo que no se encontraba bien. Al principio me costaba un poco, pero luego me relajé. Conocimos a un hombre enfermo de cáncer que había tenido una sesión de quimioterapia dos días antes. A personas que corrían su primera carrera, llenas de ilusión. Se escuchan muchas conversaciones interesantes y divertidas de los grupos de amigos que van juntos. Me pareció impresionante y me lo habría perdido de ir más rápido.
  9. Aprende que las cosas más hermosas no se pueden medir: nadie puede decir que sea mejor correr 30 kilómetros que 4. Ni tardar una hora o dos horas. Cada cual hemos de crearnos nuestras propias metas de manera que encajen con nosotros/as. Déjate guiar por tus deseos y lo que te causa placer. No te compares con nadie. Eres una persona valiosa y única.
  10. Búrlate tranquilamente de los números: escribiendo esto me he acordado de muchos pasajes de “El principito”. Especialmente éste:

<<A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado”, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: “He visto una casa que vale cien mil francos”. Entonces exclaman entusiasmados: “¡Oh, qué preciosa es!” (…) Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir: “Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…” Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.>>

Esta mañana salí a correr. Había dormido bien y el día era espléndido. Descubrí un sendero precioso que recorre la cima de un monte, con Sierra Nevada al fondo, con sus cumbres blancas aunque cada vez menos por el sol de la primavera. Las vacas me miraron durante medio segundo hasta comprender que yo no representaba ningún riesgo y entonces continuaron pastando tranquilas, ignorándome. Me metí entre una espesura de enebro buscando cuidadosamente dónde meter el pie. Hablé en inglés con un francés que estaba de vacaciones. Cuando volví al cortijo donde estoy viviendo, me sentía llena de energía y felicidad.

No sé cuántos kilómetros hice ni el tiempo que estuve. Pero se me ocurrió algo para escribir.

Autora: Adoración Montejo (Dora la Soñadora).

El poder de la mente: mi primera ultra

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Carlos Alcázar.

La verdad, no sé ni cómo empezar esta pequeña crónica. Creo que es un cúmulo de sensaciones tan variadas que las palabras no pueden expresar lo vivido.

Ultra, que bonita palabra y qué lejos la veía hacía un tiempo. Yo que veía a mis compañeros hacer esas grandiosas carreras y esas bonitas hazañas, no al alcance de cualquiera. Yo, que he visto tantos seguimientos de ellos, viendo como con sufrimiento avanzaban y devoraban kilómetros. Hasta que cierto día dije que había llegado mi hora.

Elegí la Ultra Trail Doñana, una carrera de 73 km con salida en Puerta de Jerez (Sevílla) y finalización en la ermita del Rocío. Llanita, con poco desnivel, paisajes increíbles atravesando el Coto de Doñana. La vi ideal para ser mi primera, para adentrarme en el excitante mundo de la ultra distancia.

Dos meses de duro entrenamiento, viniendo de una lesión que me dejó parado dos meses de verano, el tiempo corría en mi contra, pues solo me quedaban dos meses para preparármela. Cuando otro contratiempo apareció, otra lesión, el ligamento del tobillo izquierdo, el cual no me dejaba entrenar en condiciones óptimas. Era mi sueño y tenía que hacerlo. No sabía cómo, pero debía hacerlo aún lesionado. Fueron dos meses de duros entrenamientos, sufriendo en cada tirada, donde a partir del kilómetro 20 empezaban los dolores. La gente me decía que no fuera, que otro año sería, pero mi cabeza decía no, y así fue.

El viernes día 4 me voy para Sevilla muy motivado y mentalizado que sería duro. Ya de por sí la carrera era exigente. Aún más llevando una lesión conmigo. Pero había asimilado que iba a sufrir y mucho para terminarla, pero era mi sueño e iba a hacerlo sin importar nada.

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Carlos, momentos antes de la salida.

Sábado día 5,  6:00 de la mañana. Como si de un ritual se tratara, tranquilo y sin nervios, me voy enfundando en esa camiseta y ese pantalón  que no sé qué tiene pero te llena de energía al llevarla puesta. Reviso cada detalle y compruebo que no falte nada en la mochila y me dirijo a Puerta de Jerez. Hay movimiento de corredores y los nervios van apareciendo; nervios que gustan pues te hacen sentir vivo. Aparece la lluvia, algo con lo que ya se contaba, y dan el pistoletazo de salida, tras el cual, un coche de la organización nos lleva hasta el Puente de San Telmo, donde se retira y empieza la carrera de verdad.

Me vienen a la mente tantos consejos de los compañeros que me decían que tuviera cabeza, que no se me fuera de las manos al principio, y así fue. Pasito a paso vamos avanzando, y al llegar al kilómetro 10 veo en mi reloj que le he sacado 15 min de ventaja a lo que yo había entrenado. Kilómetro 20, otra vez lo mismo… y así hasta el km 40, donde entramos al pueblo de Villamanrique con un fuerte aguacero. La estrategia que había planeado en los dos meses de entrenamiento había funcionado: aprovechar la frescura del comienzo para quitarme los primeros 40 y a partir de ahí relajarme un poco.

Desde ese momento sentía la carga en las piernas y la tirantez, pero aún me dejaban ir trotando a un ritmo constante y cómodo, hasta que en el kilómetro 50 aproximadamente mi lesión me saluda y me da la bienvenida, diciéndome que ella también había venido a fastidiarme este reto. El dolor se va haciendo cada vez más grande, y se junta con una sobrecarga bastante notable de los cuádriceps que me hace pararme y no dejarme ni siquiera caminar. Me asusto, pues el dolor me vencía y no sabía qué hacer, hasta que al paso de dos corredores me ayudan y entre los dos empiezo a dar pequeños pasos y me sugieren que camine un rato hasta que los cuádriceps vuelvan a su sitio. Entre corriendo y andando, vamos atravesando Hinojos, donde el paisaje te hace aliviar el dolor, pero no te deja disfrutar al 100% de la maravilla paisajista de la carrera.

En el kilómetro 55,5 llega un avituallamiento, donde con dolor y mala pisada me acerco a la ambulancia pidiendo asistencia. Me congelan la zona con un spray, me invitan a abandonar, pues me quedaban 13 kilómetros y en mi estado no lo veían con seguridad. Me incorporo y mi cabeza da mil vueltas, me acuerdo de mis compañeros, que en estas carreras y en estas circunstancias la cabeza es la que tira y la que te hace continuar. Decido seguir, no he llegado hasta aquí para abandonar. Me ha costado mucho este sueño, entrenamientos y dedicación para ahora salirme.

Parece que el dolor remite, pero por poco tiempo. El dolor vuelve a aparecer, pero más acusado junto a un pinchazo en el gemelo izquierdo. El ritmo ha bajado y mucho. Los kilómetros se hacen largos. Faltaban 5 km para el próximo y último avituallamiento, lo necesitaba y sabía que debía aprovecharlo y pararme el tiempo necesario, pues no habría más. Cinco kilómetros que se hacían eternos, hasta que por fin aparece. Iba mal, bastante mal. Estaba en el kilómetro 60,7. Estaba cerca, muy cerca de cumplir mi reto, pero mi estado físico era ya lamentable y moralmente muy hundido. Me ponen hielo para desinflamar la zona y mientras repongo líquidos y sólido. No podía pararme demasiado porque si no el arranque sería fatal.

Solo quedaban 10 km, un número muy bajo, pero muy alto para cómo iba físicamente. Intentaba trotar, pero solo alcanzaba dar unos 10 pasos, no podía, iba completamente roto, hasta que me dije: si no quieres llegar pero de lo que estás solo te queda andar. Seis kilómetros andando, los cuales ya apenas podía andar, pasos muy lentos, cojeando. Hasta que por fin veo el puente del Ajolí, entrada de la aldea. Ahora sí, ya si era mía. ¡Venga¡ me decía una y otra vez. ¡Un poco más, el último esfuerzo! Atravesando las calles de la aldea, hundiendo la zapatilla en la arena en cada pisada, diviso la moqueta roja y el arco de meta. ¡Vamos Carlos, lo has conseguido. 200 metros y se acabó! No quería entrar caminando, no quería que la gente viera mi sufrimiento, por lo que sacando fuerzas de no sé dónde, arranco a trotar por última vez esos 100 metros. El público se agolpa en la recta de meta, aplausos, ánimos, las campanas de la Ermita sonando. Piso la alfombra, 50 metros para el arco de meta. La música se mete en mis oídos junto a la voz del speaker. Me giro y dando unos pasos de espaldas miro la Ermita, dando gracias a la Virgen por haberme cuidado y haberme dado fuerzas en los peores momentos para cumplir mi sueño.

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Entrada a meta, en la Aldea de El Rocío.

Subo la rampa y me quedo debajo del arco de meta, parado, mis piernas tiemblan, a la vez que mis ojos. Dos pasos más y me derrumbo. Finisher. ¡Sí, lo has hecho! Había cumplido mi sueño.

Sé que muchos de vosotros conocéis estas sensaciones y con creces, pues esta carrera es nada comparada con muchas de las que hacéis, pero las sensaciones de disfrute y sufrimiento, esa lucha kilómetro a kilómetro, tú y tu mente, superando dolencias y avanzando como medio se puede, son las mismas. La mente es sabia y el comportamiento del cuerpo humano es impredecible. No hay límites, el límite lo pones tú y llegarás donde tú quieras llegar. Este tipo de retos pone a cada uno en su lugar y te hace poner los pies en el suelo. Después de algo así, sientes sensaciones dentro de tu cuerpo no conocidas anteriormente, te sientes más persona, tanto en lo personal como en lo deportivo. Te hace más fuerte para afrontar los retos que vendrán después cada vez más complicados.

Espero haberos transportado a este día de carrera y acercaros a sentir lo que yo sentí.

 

Autor: Carlos Alcázar.

BUFF EPIC TRAIL 2016, la Ultra de las Ultras…

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Antonio M. Díaz, durante un momento de la carrera. Foto: Sergio V.

Comenzaré diciendo que esta carrera no es una Ultra Trail más, es la Ultra por excelencia. No lo digo yo, ni sus distancias, 105 km con 16.000 metros de desnivel acumulado, lo dicen todos aquellos corredores, profesionales y no profesionales, que la han sufrido y disfrutado en sus propias carnes. Su recorrido acaricia el Parque Nacional de Aigüestorstes y Estany de San Maurici, situado en el Pirineo catalán. En esta, su tercera edición  (en 2014 solo 17 corredores llegaron a meta y en 2015 fueron 57) era Campeonato del Mundo de Ultra con todo lo que eso conlleva, máxima expectación a nivel periodístico y deportivo, los mejores corredores nacionales e internacionales, todas las marcas de material deportivo dejando ver sus últimas novedades. En definitiva, el marco era incomparable y mi único objetivo era empaparme y saborear cada instante.

No invertiré muchas palabras en la parte deportiva de esta carrera, porque esa parte está al alcance de cualquiera en internet. Me detendré solo en los que para mí fueron el pódium de este Mundial, mis tres compañeros de Club.

Antonio Sánchez del Pino, el capitán general del Club Trailrunner Avanza Jaén, compañero de entrenos, de conversaciones enriquecedoras,  uno de esos amigos que te hacen sentir rico, hizo el carrerón que yo incluso más que él, sabía que podía hacer. Es un portento físico, pero sobre todo, es un portento en capacidad de sacrificio. Solo él sabe lo que ha sufrido en los dos últimos años para tener esta recompensa. Se codeó con los más grandes profesionales durante muchos kilómetros y solo una fuerte caída que le dejo mermada la rodilla izquierda impidió que estuviera más arriba en la clasificación. ¡Enhorabuena jefe!

Antonio Aceituno Azaustre, increíble lo suyo. Hace un mes veía imposible poder participar por un asunto familiar, pero por suerte y gracias a Dios todo ha salido bien y eso le ha hecho más fuerte aún de lo que ya es. Se marcó una carrera perfecta, tiró de experiencia, sabía que no llegaba en su mejor estado de forma y que debía ir dando pequeños pasos en la carrera para poder vencerla. Imborrables los kilómetros que pude compartir con él. Para mí un premio estar durante 70 kilómetros siguiendo sus pasos. ¡Gracias amigo!

Helen Sánchez, la representante femenina del club, se encontraba algo inquieta el día previo a la carrera. Apenas participaba en las conversaciones pre-carrera, buscaba su espacio de soledad… ya estaba en carrera. En la línea de salida estaba con ciertos nervios, pero todos los que la conocemos en este mundillo sabemos que es apostar a caballo ganador. Sabe sacarle el máximo rendimiento a su físico y mentalmente es una roca. Y en esta carrera la cabeza hizo que las piernas le llevaran a meta. ¡Felicidades compañera!

Hablando ya en primera persona, hablaré más de la parte emocional que de la deportiva. De esta última solo decir que me encontraba muy bien, había entrenado muy fuerte en los últimos meses y estaba bastante confiado, pero había algo que me preocupaba. Era la primera vez que iba a hacer una Ultra en alta montaña y no sabía cómo iba a responder. Por otra parte me atemorizaba un poco estar rodeado de los mejores ultra fondistas del mundo. De forma recurrente se me venía a la cabeza la pregunta “¿Qué hago yo aquí…?”.

El caso es que a las 5:45 de la mañana del 23/07, estaba metido en el “corralito”  de la línea de salida del Campeonato del Mundo de Ultra 2016, junto a mis tres compañeros, rodeado de otros 246 corredores y corredoras. Impresionaba ver a esa hora todo el pueblo en la calle, acompañantes de corredores, decenas de fotógrafos y cámaras justo delante de la línea de salida fotografiando a los favoritos para alzarse con el título de Campeón/na del mundo. Los nervios afloraban, últimas miradas de complicidad con los compañeros, empieza a sonar esa canción que llevas meses deseando oír y que antecede al pistoletazo de salida, y a las 6:00 comienza la cuenta atrás para cumplir mi sueño.

Durante la carrera, en mi caso más de 27 horas, son muchas las sensaciones que vienen y van. Durante las 12 primeras horas, la carrera fue perfecta, corría al lado de mi amigo Antonio Aceituno. Disfrutamos de todos los collados por donde pasamos, vistas espectaculares de cascadas que salían de cualquier corte en las brutales montañas que rodeaban los profundos valles por donde transcurría el recorrido, espectaculares lagos donde se reflejaban los picos más altos que te obligaban a pararte si querías admirarlos porque no bastaba con levantar la mirada.

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Antonio M. Díaz y A. Aceituno, en una parada con los ‘Sergio’.

Fue pasado el km 68, Avituallamiento de Spot, donde todo se tornó. A ese avituallamiento llegué pensando en la subida a la que nos íbamos a enfrentar justo después. Digo enfrentar porque a esas alturas ya no se corre, lo que haces es ir luchando contra todos los inconvenientes que una ultra te va poniendo en el camino. En ese kilómetro comenzaba la subida más brutal del recorrido, teníamos que salvar 1.600 metros en unos 8 km. A mitad de la subida me di cuenta de que la cosa no iba bien, la sensación era de flojedad, de estar haciendo un sobreesfuerzo, no lograba tener una respiración fluida… Quizás estar a esas alturas por encima de los 2.300 metros de altitud provocó entre otras cosas que mi cuerpo, digestivamente hablando, dejara de funcionar. Era imposible beber y qué decir de echarse algo sólido a la boca. Ahí, justo antes de coronar, fue la última vez que vi a Antonio. Paramos a abrigarnos, yo tardé un poco más, él no lo sabe, pero lo hice a consciencia para que siguiera el ascenso sin mí. Me dijo: “en el avituallamiento nos vemos compañero…”. Yo en ese momento sabía que ya no volvería a verle en carrera. Mi llegada hasta el refugio, unos 5 km más adelante, fueron una auténtica pesadilla, la sensación de vacío era malísima, no tenía fuerzas, y la cabeza en ese momento solo te invita a retirarte. Una vez llegué al refugio, km 82 de carrera, un juez de carrera me dijo que Antonio había estado esperando, pero que al ver que tardaba, decidió seguir sin mí. Era lo que tocaba, me conoce bien y sabía que al refugio llegaría antes o después.

Llegué al refugio a las 23:30 de la noche. Llevaba en carrera 17:30 horas y allí fue donde empezó mi lucha contra mí mismo. Sabía que a falta de 25 km a meta, y con mucha dificultad aún por salvar, no estaba en condiciones de seguir. Unos minutos detrás mía, llegó Helen. Llegó fuerte, a pesar de haberse caído y tener un fuerte golpe en la espalda que le impedía respirar con fluidez. Hablamos durante unos minutos, me animó a seguir la carrera con ella, pero sabía que en esas condiciones sería un lastre. Le dije que debía seguir su carrera y así lo hizo.

Entonces comenzó mi tortura psicológica, me sentí derrotado, veía cómo iban llegando corredores y pocos minutos después seguían la marcha. Estaba destrozado mentalmente, era angustioso pensar que después de muchos meses de sacrificio, madrugones, horas de descanso, horas que le robas a la familia invertidas (mi mujer e hijos son los sufridores silenciosos de mi locura, os pido perdón) en estar preparado para esta prueba, no iban a servir para nada. El juez de carrera estaba pendiente de la decisión que tomaba para comunicar al chico que actualizaba la situación de carrera mi abandono. Me miraba continuamente y con mi mirada sabía que no podía seguir. Agaché la cabeza y me puse el cortavientos cubriéndola, no quería que me viera llorar, porque lloré desconsoladamente. Fue entonces cuando oí una conversación: “¿qué dorsal es?”, “es el 180”, “ok, abandona”. Al oír abandona, algo me rasgó el alma, me quité el chubasquero de la cabeza y le dije “espera por favor, dame unos minutos…”. En ese momento necesitaba que sucediera algo que me  diera alguna esperanza. Cogí el teléfono y lo que vi me reactivó: muchos mensajes de amigos, compañeros de club, familia, que estaban siguiendo la carrera y estaban preocupados porque mi situación llevaba dos horas sin cambiar. Llamé a mi mujer para tranquilizarla. Como no podía ser de otra forma, me aconsejó que abandonara, que no merecía la pena exponerme. Me comentó que mi hijo mayor no dejaba de preguntarle si papa ya había llegado a meta, eso me estremeció porque a ese enano no le podía fallar. Después llamé a mi cuñado, mi cómplice deportivamente hablando. Le comenté cuál era la situación. Me aconsejó que no me precipitara, que tratara de descansar, incluso que si podía dormir un poco que lo hiciera y que después tomara la decisión. Así lo hice, eran las 01:30 horas y me puse el despertador para que me despertara una hora más tarde. Casi no me dio tiempo a meter el móvil bajo la camiseta térmica, no me fiaba del oído y lo metí ahí para que me despertara al vibrar, y me quedé dormido, dormí profundamente, no me enteré de nada en esa hora. Al despertar, lo primero que hice fue ponerme en pie para ver como reaccionaba el cuerpo. Di varios paseos hasta el baño para comprobar que mis piernas podían andar. No pensaba correr, solo quería llegar a meta aunque fuera andando. Me encontré relativamente bien dada la situación. Empecé a prepararme. Cuando el juez me vio ponerme el gorro térmico, me preguntó: “Antonio, vas a continuar?”. Le dije: “si, lo voy a intentar”. Mientras me abrigaba, eran las 02:30 horas y estábamos a unos 2.000 metros de altitud y me dije: “Antonio, si tienes que arriesgar, tienes que hacerlo en esta carrera, así que mucha fuerza, y mañana nos tomamos una cerveza en meta”. Cuando me disponía a salir, me giré y les dije a todos los que estaban en el refugio, médicos, podólogos, jueces, voluntarios… “Gracias por todo, nos vemos en meta…”.

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Camino de la meta.

Antes de salir del refugio mandé un par de mensajes avisando de que continuaba en carrera. Me quedaban 25 km, pero sabía que si era capaz de recorrer los 10 primeros todo estaría hecho. En esos 10 km tenía que salvar 1.100 metros positivos, y a partir de ahí, todo era una bajada continua de 15 km hasta meta. Esos 10 km fueron los más eternos que he hecho nunca. No dejé de pensar en una persona muy especial para mí, a la que admiro y quiero con toda mi alma. Es mi hermana mayor, mi “tata” Mari. Desde noviembre del 2015, justo cuanto yo empezaba a preparar esta prueba, ella empezaba a combatir un cáncer. Ver con la fuerza y positividad que lo está combatiendo me llenaba de energía. Yo luché con todas mis fuerzas porque esta carrera se la quería dedicar a ella, mi hermana mayor… Ella fue la que me dio fuerzas para clavar los bastones por aquel sendero zigzagueante e interminable que me llevaba hasta la última cumbre. Una vez allí supe que había vencido a la EPIC BUFF. En aquel punto viví otro de los momentos mágicos de esta carrera. Justo en la cumbre, eché la mirada hacia atrás, y durante dos minutos, vi amanecer, perdonad mi arrogancia, pero en ese momento, era el hombre más afortunado del mundo…

Comencé el descenso que me llevaba de nuevo a Barruera un día más tarde desde que dio comienzo la prueba. Solo me quedaban pasar por 2 avituallamientos más y llegar a meta. En el avituallamiento del km 95 viví otro momento que no olvidaré jamás. Eran las 08:00 de la mañana cuando llegué a la carpa. Estaban dos voluntarios y un poco más apartadas sus mujeres junto a una pequeña lumbre para guardarse del frío. Sólo había una persona más, junto a una furgoneta. Era mi amigo Noni. Jamás podré devolverte lo que hiciste por mí. Él no me reconoció en un primer momento porque iba tapado hasta las orejas. Cuando le grité “NONIIIIIIIIII…” se giró y como un descosido salió corriendo hacia mí. En ese momento me deshice, me abracé a él y llore sin consuelo. Fundidos en un abrazo le decía: “Noni tío, que haces aquí… pero por qué has venido…”. Él no decía nada, solo me abrazaba, hasta que con voz temblorosa me dijo: “Antonio, ahora no puedes venirte abajo, así que vamos, sigue adelante…”.

Me acompañó durante unos metros hasta que el recorrido dejaba una carretera y giraba a la izquierda en busca del último pueblo previo a Barruera, Tahul. Esos últimos kilómetros fueron increíbles. Por mi mente posó varias veces todo el recorrido, todas las sensaciones vividas, fueron momentos increíbles. Paradójicamente, a falta de un kilómetro a meta, mi sentimiento era de pena. Sabía que se acababa una experiencia personal irrepetible. A falta de unos 500 metros a meta atisbé a dos personas que saludaban enérgicamente, sinceramente, casi no fui capaz de reconocerlos hasta que casi los tenía encima. Eran Sergio Vázquez, cámara réflex en mano e hijo. ¡Menudo subidón al verlos! Me acompañaron justo hasta llegar a la pasarela de meta. En la pasarela la gente que allí estaba estiraba su brazo para que le chocara la mano como si de Luis Alberto Hernando se tratara. Es una de las grandezas de este deporte, el respeto por el deportista. Justo antes de encarar la meta vi como dos personas se metían en la pasarela para abrazarme. Eran el ‘Jefe’, Antonio Sánchez del Pino, y Noni. Menudo abrazo sincero de amigos nos dimos. También vi a Gerard Morales, subcampeón de la edición del 2015 (un grande este chico, después se acercó a saludarme y a preguntar qué tal estaba).

Ya solo quedaba entrar en meta. Igual exagero, pero yo vi mucha gente aplaudiéndome como si fuera el primer clasificado. Antes de cruzar la línea, me di la vuelta y me incliné agradeciendo al público su reconocimiento… entre con los brazos en alto y con un pensamiento en mi cabeza: “Antonio, estoy orgulloso de ti, hoy te has convertido en un RESILIENTE. Eres el arquitecto de tu propia alegría y tu propio destino”.

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Autor: Antonio Manuel Díaz (Finisher de la Buff Epic Trail Aigüestortes 2016).

Destacada actuación de Raúl Cobo, del Club Trailrunners Avanza Jaén, en el Gran Trail de Peñalara

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Luis Miguel M. Ochoa, Rául Cobo y Rubén M. Ochoa.

Nuestro compañero Raúl Cobo destacó el pasado fin de semana en el Gran Trail Peñalara, con un meritorio 14º puesto en la generación y 4º en categoría senior, con un tiempo de 15 horas y 40 minutos. Sobre una distancia de 120 kilómetros, la prueba salió a las 23,30 horas desde la Plaza de Navacerrada, un reto de más de 12 horas a una altitud media de 2.000 metros, para pasar por cimas icónicas como La Maliciosa, Risco de Claveles y Peñalara.

 
El propio Raúl cuenta su experiencias: “Eran las 23 h, ya estaba todo preparado, quedaba media hora para empezar la aventura: Gran Trail Peñalara, los nervios y la emoción estaban a flor de piel. Había llegado el momento de demostrar y poner en práctica todo lo entrenado. Me encontraba en linea de salida junto con mis compañeros Luismi Ochoa, Ludovic Ducher, Lorenzo Pérez y Antonio Moral. Nada más y nada menos que 120 km por delante. Todo comenzó bien, con fuerza y muchas ganas, la noche iba perfecta, con buen ritmo, y disfrutando del momento. Llegando a Rascafría en sexta posición, pero teniendo presente que quedaba mucho camino por recorrer (subir Reventón, Claveles y Peñalara) y que aún podían cambiar las cosas. De repente, en el km 93, el estómago me falla, no me encuentro bien y no tengo más remedio que disminuir el ritmo y finalmente, a mi pesar, parar a descansar. Había perdido séis posiciones y una hora de carrera. Poco a poco me empiezo a reponer, tomo aire y sigo hacia mi destino, la meta. He de decir que fueron momentos duros y difíciles, se me pasaron por la mente miles de cosas, pero sin duda mi familia y mi novia Olga estaban más que presentes. Cuando quise darme cuenta me quedaban 10km para la meta, pensé ya está hecho!. Y por fin crucé la meta . Es difícil de expresar lo que sentí en ese momento, pero sobre todo felicidad, por hacer lo que me gusta y por superarme a mi mismo de nuevo. Todo esfuerzo y sacrificio tiene su recompensa, catorce en la categoría general y cuarto en senior. Una experiencia inolvidable”.
 
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Raúl Cobo, por la arista de Claveles, muy cerca de Peñalara. Foto: Dariodesnivel (Instagram).

El Club Trailrunners Avanza Jaén colocó otro corredor entre los cincuenta primeros, gracias al 42º puesto en la general y 19º de su categoría conseguido por Luis Miguel Moral Ochoa, con un tiempo de 17 horas y 46 minutos. “A pesar de una caída en el kilómetro 56 y que la rodilla no me dejaba coger ritmos rápidos estoy muy contento por mi posición. Se trata de una carrera dura, pero con unos magníficos voluntarios y organización”, afirma Luis Miguel Moral Ochoa.

 
La representación del club jiennense de trail se completó con la participación de Rubén Moral Ochoa en la prueba de 60 kilómetros, donde obtuvo una 130ª posición , con un tiempo de 9 horas y 16 minutos, acabando con muy buenas sensaciones en su estreno en una prueba de larga distancia.