BUFF EPIC TRAIL 2016, la Ultra de las Ultras…

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Antonio M. Díaz, durante un momento de la carrera. Foto: Sergio V.

Comenzaré diciendo que esta carrera no es una Ultra Trail más, es la Ultra por excelencia. No lo digo yo, ni sus distancias, 105 km con 16.000 metros de desnivel acumulado, lo dicen todos aquellos corredores, profesionales y no profesionales, que la han sufrido y disfrutado en sus propias carnes. Su recorrido acaricia el Parque Nacional de Aigüestorstes y Estany de San Maurici, situado en el Pirineo catalán. En esta, su tercera edición  (en 2014 solo 17 corredores llegaron a meta y en 2015 fueron 57) era Campeonato del Mundo de Ultra con todo lo que eso conlleva, máxima expectación a nivel periodístico y deportivo, los mejores corredores nacionales e internacionales, todas las marcas de material deportivo dejando ver sus últimas novedades. En definitiva, el marco era incomparable y mi único objetivo era empaparme y saborear cada instante.

No invertiré muchas palabras en la parte deportiva de esta carrera, porque esa parte está al alcance de cualquiera en internet. Me detendré solo en los que para mí fueron el pódium de este Mundial, mis tres compañeros de Club.

Antonio Sánchez del Pino, el capitán general del Club Trailrunner Avanza Jaén, compañero de entrenos, de conversaciones enriquecedoras,  uno de esos amigos que te hacen sentir rico, hizo el carrerón que yo incluso más que él, sabía que podía hacer. Es un portento físico, pero sobre todo, es un portento en capacidad de sacrificio. Solo él sabe lo que ha sufrido en los dos últimos años para tener esta recompensa. Se codeó con los más grandes profesionales durante muchos kilómetros y solo una fuerte caída que le dejo mermada la rodilla izquierda impidió que estuviera más arriba en la clasificación. ¡Enhorabuena jefe!

Antonio Aceituno Azaustre, increíble lo suyo. Hace un mes veía imposible poder participar por un asunto familiar, pero por suerte y gracias a Dios todo ha salido bien y eso le ha hecho más fuerte aún de lo que ya es. Se marcó una carrera perfecta, tiró de experiencia, sabía que no llegaba en su mejor estado de forma y que debía ir dando pequeños pasos en la carrera para poder vencerla. Imborrables los kilómetros que pude compartir con él. Para mí un premio estar durante 70 kilómetros siguiendo sus pasos. ¡Gracias amigo!

Helen Sánchez, la representante femenina del club, se encontraba algo inquieta el día previo a la carrera. Apenas participaba en las conversaciones pre-carrera, buscaba su espacio de soledad… ya estaba en carrera. En la línea de salida estaba con ciertos nervios, pero todos los que la conocemos en este mundillo sabemos que es apostar a caballo ganador. Sabe sacarle el máximo rendimiento a su físico y mentalmente es una roca. Y en esta carrera la cabeza hizo que las piernas le llevaran a meta. ¡Felicidades compañera!

Hablando ya en primera persona, hablaré más de la parte emocional que de la deportiva. De esta última solo decir que me encontraba muy bien, había entrenado muy fuerte en los últimos meses y estaba bastante confiado, pero había algo que me preocupaba. Era la primera vez que iba a hacer una Ultra en alta montaña y no sabía cómo iba a responder. Por otra parte me atemorizaba un poco estar rodeado de los mejores ultra fondistas del mundo. De forma recurrente se me venía a la cabeza la pregunta “¿Qué hago yo aquí…?”.

El caso es que a las 5:45 de la mañana del 23/07, estaba metido en el “corralito”  de la línea de salida del Campeonato del Mundo de Ultra 2016, junto a mis tres compañeros, rodeado de otros 246 corredores y corredoras. Impresionaba ver a esa hora todo el pueblo en la calle, acompañantes de corredores, decenas de fotógrafos y cámaras justo delante de la línea de salida fotografiando a los favoritos para alzarse con el título de Campeón/na del mundo. Los nervios afloraban, últimas miradas de complicidad con los compañeros, empieza a sonar esa canción que llevas meses deseando oír y que antecede al pistoletazo de salida, y a las 6:00 comienza la cuenta atrás para cumplir mi sueño.

Durante la carrera, en mi caso más de 27 horas, son muchas las sensaciones que vienen y van. Durante las 12 primeras horas, la carrera fue perfecta, corría al lado de mi amigo Antonio Aceituno. Disfrutamos de todos los collados por donde pasamos, vistas espectaculares de cascadas que salían de cualquier corte en las brutales montañas que rodeaban los profundos valles por donde transcurría el recorrido, espectaculares lagos donde se reflejaban los picos más altos que te obligaban a pararte si querías admirarlos porque no bastaba con levantar la mirada.

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Antonio M. Díaz y A. Aceituno, en una parada con los ‘Sergio’.

Fue pasado el km 68, Avituallamiento de Spot, donde todo se tornó. A ese avituallamiento llegué pensando en la subida a la que nos íbamos a enfrentar justo después. Digo enfrentar porque a esas alturas ya no se corre, lo que haces es ir luchando contra todos los inconvenientes que una ultra te va poniendo en el camino. En ese kilómetro comenzaba la subida más brutal del recorrido, teníamos que salvar 1.600 metros en unos 8 km. A mitad de la subida me di cuenta de que la cosa no iba bien, la sensación era de flojedad, de estar haciendo un sobreesfuerzo, no lograba tener una respiración fluida… Quizás estar a esas alturas por encima de los 2.300 metros de altitud provocó entre otras cosas que mi cuerpo, digestivamente hablando, dejara de funcionar. Era imposible beber y qué decir de echarse algo sólido a la boca. Ahí, justo antes de coronar, fue la última vez que vi a Antonio. Paramos a abrigarnos, yo tardé un poco más, él no lo sabe, pero lo hice a consciencia para que siguiera el ascenso sin mí. Me dijo: “en el avituallamiento nos vemos compañero…”. Yo en ese momento sabía que ya no volvería a verle en carrera. Mi llegada hasta el refugio, unos 5 km más adelante, fueron una auténtica pesadilla, la sensación de vacío era malísima, no tenía fuerzas, y la cabeza en ese momento solo te invita a retirarte. Una vez llegué al refugio, km 82 de carrera, un juez de carrera me dijo que Antonio había estado esperando, pero que al ver que tardaba, decidió seguir sin mí. Era lo que tocaba, me conoce bien y sabía que al refugio llegaría antes o después.

Llegué al refugio a las 23:30 de la noche. Llevaba en carrera 17:30 horas y allí fue donde empezó mi lucha contra mí mismo. Sabía que a falta de 25 km a meta, y con mucha dificultad aún por salvar, no estaba en condiciones de seguir. Unos minutos detrás mía, llegó Helen. Llegó fuerte, a pesar de haberse caído y tener un fuerte golpe en la espalda que le impedía respirar con fluidez. Hablamos durante unos minutos, me animó a seguir la carrera con ella, pero sabía que en esas condiciones sería un lastre. Le dije que debía seguir su carrera y así lo hizo.

Entonces comenzó mi tortura psicológica, me sentí derrotado, veía cómo iban llegando corredores y pocos minutos después seguían la marcha. Estaba destrozado mentalmente, era angustioso pensar que después de muchos meses de sacrificio, madrugones, horas de descanso, horas que le robas a la familia invertidas (mi mujer e hijos son los sufridores silenciosos de mi locura, os pido perdón) en estar preparado para esta prueba, no iban a servir para nada. El juez de carrera estaba pendiente de la decisión que tomaba para comunicar al chico que actualizaba la situación de carrera mi abandono. Me miraba continuamente y con mi mirada sabía que no podía seguir. Agaché la cabeza y me puse el cortavientos cubriéndola, no quería que me viera llorar, porque lloré desconsoladamente. Fue entonces cuando oí una conversación: “¿qué dorsal es?”, “es el 180”, “ok, abandona”. Al oír abandona, algo me rasgó el alma, me quité el chubasquero de la cabeza y le dije “espera por favor, dame unos minutos…”. En ese momento necesitaba que sucediera algo que me  diera alguna esperanza. Cogí el teléfono y lo que vi me reactivó: muchos mensajes de amigos, compañeros de club, familia, que estaban siguiendo la carrera y estaban preocupados porque mi situación llevaba dos horas sin cambiar. Llamé a mi mujer para tranquilizarla. Como no podía ser de otra forma, me aconsejó que abandonara, que no merecía la pena exponerme. Me comentó que mi hijo mayor no dejaba de preguntarle si papa ya había llegado a meta, eso me estremeció porque a ese enano no le podía fallar. Después llamé a mi cuñado, mi cómplice deportivamente hablando. Le comenté cuál era la situación. Me aconsejó que no me precipitara, que tratara de descansar, incluso que si podía dormir un poco que lo hiciera y que después tomara la decisión. Así lo hice, eran las 01:30 horas y me puse el despertador para que me despertara una hora más tarde. Casi no me dio tiempo a meter el móvil bajo la camiseta térmica, no me fiaba del oído y lo metí ahí para que me despertara al vibrar, y me quedé dormido, dormí profundamente, no me enteré de nada en esa hora. Al despertar, lo primero que hice fue ponerme en pie para ver como reaccionaba el cuerpo. Di varios paseos hasta el baño para comprobar que mis piernas podían andar. No pensaba correr, solo quería llegar a meta aunque fuera andando. Me encontré relativamente bien dada la situación. Empecé a prepararme. Cuando el juez me vio ponerme el gorro térmico, me preguntó: “Antonio, vas a continuar?”. Le dije: “si, lo voy a intentar”. Mientras me abrigaba, eran las 02:30 horas y estábamos a unos 2.000 metros de altitud y me dije: “Antonio, si tienes que arriesgar, tienes que hacerlo en esta carrera, así que mucha fuerza, y mañana nos tomamos una cerveza en meta”. Cuando me disponía a salir, me giré y les dije a todos los que estaban en el refugio, médicos, podólogos, jueces, voluntarios… “Gracias por todo, nos vemos en meta…”.

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Camino de la meta.

Antes de salir del refugio mandé un par de mensajes avisando de que continuaba en carrera. Me quedaban 25 km, pero sabía que si era capaz de recorrer los 10 primeros todo estaría hecho. En esos 10 km tenía que salvar 1.100 metros positivos, y a partir de ahí, todo era una bajada continua de 15 km hasta meta. Esos 10 km fueron los más eternos que he hecho nunca. No dejé de pensar en una persona muy especial para mí, a la que admiro y quiero con toda mi alma. Es mi hermana mayor, mi “tata” Mari. Desde noviembre del 2015, justo cuanto yo empezaba a preparar esta prueba, ella empezaba a combatir un cáncer. Ver con la fuerza y positividad que lo está combatiendo me llenaba de energía. Yo luché con todas mis fuerzas porque esta carrera se la quería dedicar a ella, mi hermana mayor… Ella fue la que me dio fuerzas para clavar los bastones por aquel sendero zigzagueante e interminable que me llevaba hasta la última cumbre. Una vez allí supe que había vencido a la EPIC BUFF. En aquel punto viví otro de los momentos mágicos de esta carrera. Justo en la cumbre, eché la mirada hacia atrás, y durante dos minutos, vi amanecer, perdonad mi arrogancia, pero en ese momento, era el hombre más afortunado del mundo…

Comencé el descenso que me llevaba de nuevo a Barruera un día más tarde desde que dio comienzo la prueba. Solo me quedaban pasar por 2 avituallamientos más y llegar a meta. En el avituallamiento del km 95 viví otro momento que no olvidaré jamás. Eran las 08:00 de la mañana cuando llegué a la carpa. Estaban dos voluntarios y un poco más apartadas sus mujeres junto a una pequeña lumbre para guardarse del frío. Sólo había una persona más, junto a una furgoneta. Era mi amigo Noni. Jamás podré devolverte lo que hiciste por mí. Él no me reconoció en un primer momento porque iba tapado hasta las orejas. Cuando le grité “NONIIIIIIIIII…” se giró y como un descosido salió corriendo hacia mí. En ese momento me deshice, me abracé a él y llore sin consuelo. Fundidos en un abrazo le decía: “Noni tío, que haces aquí… pero por qué has venido…”. Él no decía nada, solo me abrazaba, hasta que con voz temblorosa me dijo: “Antonio, ahora no puedes venirte abajo, así que vamos, sigue adelante…”.

Me acompañó durante unos metros hasta que el recorrido dejaba una carretera y giraba a la izquierda en busca del último pueblo previo a Barruera, Tahul. Esos últimos kilómetros fueron increíbles. Por mi mente posó varias veces todo el recorrido, todas las sensaciones vividas, fueron momentos increíbles. Paradójicamente, a falta de un kilómetro a meta, mi sentimiento era de pena. Sabía que se acababa una experiencia personal irrepetible. A falta de unos 500 metros a meta atisbé a dos personas que saludaban enérgicamente, sinceramente, casi no fui capaz de reconocerlos hasta que casi los tenía encima. Eran Sergio Vázquez, cámara réflex en mano e hijo. ¡Menudo subidón al verlos! Me acompañaron justo hasta llegar a la pasarela de meta. En la pasarela la gente que allí estaba estiraba su brazo para que le chocara la mano como si de Luis Alberto Hernando se tratara. Es una de las grandezas de este deporte, el respeto por el deportista. Justo antes de encarar la meta vi como dos personas se metían en la pasarela para abrazarme. Eran el ‘Jefe’, Antonio Sánchez del Pino, y Noni. Menudo abrazo sincero de amigos nos dimos. También vi a Gerard Morales, subcampeón de la edición del 2015 (un grande este chico, después se acercó a saludarme y a preguntar qué tal estaba).

Ya solo quedaba entrar en meta. Igual exagero, pero yo vi mucha gente aplaudiéndome como si fuera el primer clasificado. Antes de cruzar la línea, me di la vuelta y me incliné agradeciendo al público su reconocimiento… entre con los brazos en alto y con un pensamiento en mi cabeza: “Antonio, estoy orgulloso de ti, hoy te has convertido en un RESILIENTE. Eres el arquitecto de tu propia alegría y tu propio destino”.

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Autor: Antonio Manuel Díaz (Finisher de la Buff Epic Trail Aigüestortes 2016).

Destacada actuación de Raúl Cobo, del Club Trailrunners Avanza Jaén, en el Gran Trail de Peñalara

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Luis Miguel M. Ochoa, Rául Cobo y Rubén M. Ochoa.

Nuestro compañero Raúl Cobo destacó el pasado fin de semana en el Gran Trail Peñalara, con un meritorio 14º puesto en la generación y 4º en categoría senior, con un tiempo de 15 horas y 40 minutos. Sobre una distancia de 120 kilómetros, la prueba salió a las 23,30 horas desde la Plaza de Navacerrada, un reto de más de 12 horas a una altitud media de 2.000 metros, para pasar por cimas icónicas como La Maliciosa, Risco de Claveles y Peñalara.

 
El propio Raúl cuenta su experiencias: “Eran las 23 h, ya estaba todo preparado, quedaba media hora para empezar la aventura: Gran Trail Peñalara, los nervios y la emoción estaban a flor de piel. Había llegado el momento de demostrar y poner en práctica todo lo entrenado. Me encontraba en linea de salida junto con mis compañeros Luismi Ochoa, Ludovic Ducher, Lorenzo Pérez y Antonio Moral. Nada más y nada menos que 120 km por delante. Todo comenzó bien, con fuerza y muchas ganas, la noche iba perfecta, con buen ritmo, y disfrutando del momento. Llegando a Rascafría en sexta posición, pero teniendo presente que quedaba mucho camino por recorrer (subir Reventón, Claveles y Peñalara) y que aún podían cambiar las cosas. De repente, en el km 93, el estómago me falla, no me encuentro bien y no tengo más remedio que disminuir el ritmo y finalmente, a mi pesar, parar a descansar. Había perdido séis posiciones y una hora de carrera. Poco a poco me empiezo a reponer, tomo aire y sigo hacia mi destino, la meta. He de decir que fueron momentos duros y difíciles, se me pasaron por la mente miles de cosas, pero sin duda mi familia y mi novia Olga estaban más que presentes. Cuando quise darme cuenta me quedaban 10km para la meta, pensé ya está hecho!. Y por fin crucé la meta . Es difícil de expresar lo que sentí en ese momento, pero sobre todo felicidad, por hacer lo que me gusta y por superarme a mi mismo de nuevo. Todo esfuerzo y sacrificio tiene su recompensa, catorce en la categoría general y cuarto en senior. Una experiencia inolvidable”.
 
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Raúl Cobo, por la arista de Claveles, muy cerca de Peñalara. Foto: Dariodesnivel (Instagram).

El Club Trailrunners Avanza Jaén colocó otro corredor entre los cincuenta primeros, gracias al 42º puesto en la general y 19º de su categoría conseguido por Luis Miguel Moral Ochoa, con un tiempo de 17 horas y 46 minutos. “A pesar de una caída en el kilómetro 56 y que la rodilla no me dejaba coger ritmos rápidos estoy muy contento por mi posición. Se trata de una carrera dura, pero con unos magníficos voluntarios y organización”, afirma Luis Miguel Moral Ochoa.

 
La representación del club jiennense de trail se completó con la participación de Rubén Moral Ochoa en la prueba de 60 kilómetros, donde obtuvo una 130ª posición , con un tiempo de 9 horas y 16 minutos, acabando con muy buenas sensaciones en su estreno en una prueba de larga distancia.

Zegama: ¿Y si la realidad supera las expectativas?

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Juan Navarro, en primera línea de salida a la derecha, justo antes de dar comienzo la carrera.

Suele pasar que uno se atiborra de información cuando algo le gusta mucho, no lo conoce y cree que nunca lo conocerá. Pero, ¿y si llega la hora de conocerlo? Eso me ha  pasado a mí cuando hace cuatro años y medio me enganché al trail. Desde el primer día, una carrera llamó mi atención. Leí toda la información posible, veía vídeos a mansalva, pregunté y hablé con quien había estado allí… había que ir. Al quinto intento, tengo la suerte de contar con dorsal. Y me suceden hechos muy extraños en mí.

Llega el viernes previo día 20 y hasta que no salí de trabajar no había preparado absolutamente nada, pero nada de nada. Ceno y  preparo la bolsa. Intento  dormir, pero nada, creo que es el único momento de nervios de todo el fin de semana, cosa rara. Dos noches antes, muy extraño en mí.

Me acompañan en esta aventura mis amigos Giova y Rubén, grandes personas y mejores figuras. A las 6.15 salimos de Jaén, carretera y manta.  Gracias a que son dos craks , el viaje se hace ameno, que gran “personajes” son. Llegamos alrededor de las 14.00 horas y nos recibe un gran calor; aún recuerdo el comentario de Giova “pero si está seco, no hay barro”. Ufff, lo veía y me vine un poquito abajo porque yo quería una carrera auténtica, que no perdiera su identidad, uno de los elementos que la habían hecho la mejor CXM del mundo: el barro, su dureza, la humedad (poco me imaginaba en ese momento lo que cambiaría para el día siguiente).

Almorzamos y el ambiente, ver meta, calles, stand… y cientos de corredores allí ya, magnifico. Recogida de dorsales y el ambiente que aún crece más. A media tarde una marabunta de corredores por todos los lados, pabellón lleno, breafing no cabe nadie más y nosotros a esperar los craks; a los que conocemos, porque nos cruzamos con muchos que luego estarían en el top que ni lo asociábamos. De tanto movimiento de gente, me encuentro un poco mareado también del calor del pabellón, pero hay que aguantar.

Vemos a Zaid atendiendo a todo el mundo. De repente Giova salta “Luis Alberto” y lo teníamos a dos metros; vamos rápido por la foto. Pasa el tiempo, más calor y decidimos salir y dar una vuelta. De repente veo venir a Kilian, “ufff”, y se lo digo a Giova y Rubén. Le hago un par de comentarios, le pido una foto, accediendo rápidamente. Al cabo del rato su representante se lo lleva, el acoso es terrible, todos quieren fotografiarse con él;  es un crakc en carrera y atendiendo, y comprendo que se lo llevara, muchos no aguantarían tal acoso, todo el mundo quiere una foto, un comentario con Kilian Jornet…

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Rubén, Juan y Giova, con Kilian Jornet.

El ambiente es impresionante. Corredores por todos lados, gente de montaña, acompañantes, visitantes… los stand de Mercedes, Salomon, Suunto… Volvemos al pabellón y está a rebosar, el breefing continúa lleno, no cabe un garbanzo y eso con el calor que hacía. Vemos a Merillas y a Azahara, más fotos. Somos niños ilusionados con esas figuras.

En esto el cielo se nubla y empieza a llover y al poco a tronar. Cenamos y a nuestro hotel particular 7 estrellas. ¿A ver quién duerme ahora? Aunque cansado, el no dormir de la noche anterior, viaje, ajetreo, etc. y aunque tarde conseguimos cerrar los ojos un poco, pero ahora se acerca lo mejor. ¿No queríamos barro?, pues toma barro. Comienza a tronar y a jarrear agua, literal, jarrear agua y truenos. Nada de lluvia, así toda la noche, con leves paradas, pero lo que se dice jarrear agua.

Antes de que suene la alarma del móvil, 6.30 h, nos levantamos. Acaba de parar de llover y la temperatura no es mala. Buscar bar,  tomar un café. Tras ello, Giova y Rubén me dejan, tienen que coger autobús que lo acerque hasta Sancti Spiritu y subir ellos al Aizkorri porque quieren verla allí.

Me pongo traje de faena y en el vehículo de al lado están los italianos con Pivk Tadei al frente, pues otra foto. Me bajo para la salida, aquello ya casi está a tope y faltan 35 minutos. Ocurre otra vez otra sensación que nunca la había tenido antes de una carrera: no tengo nervios, conociéndome, alucino.

Recordando a Sergio, me coloco en primera línea de salida, ya casi lleno el cajón, veo detrás de mí a Gema Arenas y le digo “tengo hueco”. Los craks tienen costumbre de llegar justos de tiempo.

Increíble, impresionante, alucinante e inenarrable, cómo suenan los altavoces, la música, el speaker, el helicóptero sobrevolándonos (ya tengo la respuesta a por qué no tengo nervios, estoy alucinando, pero lo disimulo).

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Otra imagen de la salida, con Juan Navarro en segunda línea.

Y salida. Me advirtió Sergio de que eran balas, pues como he dicho la realidad supera las expectativas. ¡Eran rayos, qué salida Dios! Con 42.197 Km y 2.725+ por delante. Vuelta al pueblo entre el gentío y giro a la izquierda para subir una terrible cuesta de varios kilómetros, con algunos tramos de desnivel que asustan, pero que con la gran cantidad de público a ambos lados ni te enteras. Sorprendido que no empecé a andar al final de ella. Es en ésta, en su comienzo, lo que marcara el devenir de toda la carrera, la lluvia. No se llevaba kilómetro y medio cuando comenzó a llover. Ya solo breves periodos de tiempo estaríamos sin lluvia. Lluvia que junto al gran viento en la subida a Aratz, sería terrible. Allí se convierte en granizo que con el fuerte viento, hace mucho daño, pero que mucho daño.  Ahí muchos empezaron con síntomas de hipotermia. Ya los senderos son riachuelos, ya no hay barro, es como se dice “gacholeta” que hace escurrirte y caer. Y si te sales del sendero, la hierba mojada es más peligrosa aún. Veo una cosa que nunca la había visto: los que se caen, algunos, no se levantan; ponen su trasero y se deslizan como cuando estas en la nieve y los que no optamos por esa opción, resbalándonos y levantándonos, increíble. Coronas Aratz (estaba helado) y encaras la bajada hacia Sancti Spiritu. Es terreno pedregoso y con la lluvia siguen sucediéndose los resbalones y caídas. He de decir que por todo el trayecto te has encontrado mucha gente, pero conforme te acercas a la cueva de Sancti Spiritu oyes el apoyo del gran gentío que allí se concentra. Lo escuchas un kilómetro antes, impresionante.

Has llegado a la base del Aizkorri, kilómetro 19.7. Te esperan unos 400 metros de una rampa de desnivel brutal, impracticable por la lluvia. La vences porque a un lado y a otro hay cientos y cientos de personas bajo la lluvia, gritándote en la misma oreja. Sientes su aliento y animándote sin parar, es tal el agua que baja por el sendero que hace patinar. Ellos te empujan las espaldas al patinar en esa pendiente, sino no no avanzas. Hablamos de unos 400 metros; la subida al Aizkorri son 2.5 km que salvan 500+. En toda ella te encuentras gente, con lo que llovía, con la temperatura que hacía. Ahí me encuentro a mis dos colegas, Giova y Rubén, que ya no aguantan más el frio arriba y van hacia abajo. Yo aún tengo que coronarla. Vas sintiendo el jaleo de la gente de la cumbre y sus cencerros. Ufff, no piensas en que vas hecho polvo. Una señora no hace nada más que repetir que “queda poco para coronar y que está lleno de gente por vosotros”. Y sí, la verdad es que están allí apoyándote con unas condiciones extremas. Te quedas muerto al coronar con un aire que con la lluvia y la niebla hacen terribles las condiciones. En la cima de Aikorri la lluvia mezclada con la niebla no te dejaba ver más de 20 metros.

A partir de aquí sabía que se terminaba lo bueno (aunque fueran las subidas, las más duras y salvando casi todo el desnivel positivo). Unos dos kilómetros coronando entre las rocas, cresteando (me recuerda cumbre de Mágina pero sin sendero). Peligrosísimo si te caes. Tienes que andar y agarrarte a las rocas. Todo andando resbalas demasiado, hasta llegar al punto más alto de la carrera, el Aitxuri y su terrible, pero terrible, bajada vertical entre rocas. Sin duda lo más duro de la carrera. No sentías nada más que decir a los corredores: “piedras, piedras…”. Los que empezaban a bajar hacían que las piedras rodaran y fueran un verdadero peligro, junto con los resbalones y caídas que ahí hubo. Peligrosísimo por el terreno. Es una bajada que en seco la he intentado practicar muchas veces, si alguien conoce el “Sendero de los Neveros” en la Peña de Jaén en Mágina. Por el estilo pero no haciendo curvillas, sino recto hacia abajo y con algún tramo de sendero que no podías coger por lo resbaladizo. Desde mediados de la bajada veía el avituallamiento abajo y vi hasta tres ambulancias dando viajes. Fue donde más abandonos hubo, por caídas. Cuando conseguí bajar no había ambulancias y si unas tres personas con la manta térmica esperando que la evacuaran. Sin duda alguna lo peor de la carrera. Aquí me mentalicé que tenía que regular y acabar, no caerme más y llegar sano (no lo conseguí, aún me caí varias veces).

Ahora vendrían unos kilómetros muy corribles hasta la subida de Andraitz, la última destacable, para ya enfilar hacia abajo, hacia la meta. Los senderos no eran corribles, ni antes, eran patinaje. Menos mal que tenían una cuarta, sin exagerar, de “gacholeta” y al caerte te embarrabas pero ya está. Impresionantes al meterte en los bosque con la niebla, la nubes y la lluvia junto con su frondosidad que no dejaba pasar la luz. Se te hacía de noche. La “gacholeta” se había mezclado con la gran cantidad de hojas y el pie se te hundía. Todo ello siempre, siempre, con gente. Mucha menos aquí, pero por casi todo el trayecto. Eso es lo que la hace la mejor carrera del mundo.

Últimos kilómetros de pista y senderos, senderos y pista, encharcada esta última, no evacuaba tanta agua. Y llegada al pueblo. No sabría calcular la distancia de entrada hasta meta, pero sí decir que es toda vallada a un lado y otro al estilo de los ciclistas, pero con una anchura de metro y medio más o menos, pues me supongo que esos 250 metros a rebosar de gente golpeando las vallas y gritando, de auténtica locura, yo no hice nada más que a la vez aflojar y aplaudir. No sabía cómo corresponder a esa gente. Admirables, incansables en su apoyo. Por fin sé que me queda una curva a derecha y otra a izquierdas. En esta última empiezo andar. Ahí, en ese momento, interiormente me vine abajo, ahora no quería que terminara.  Y entrada a META, se ha acabado. Cuarta cosa extraña en mí, esta quizás menos: no quería que se acabara.

Luego me lo dice Giova que entré  en meta al estilo de Kilian, dándome la vuelta y entrando de espaldas, agradecido por lo vivido al público, sin palabras.

Es la mejor carrera del mundo no porque vaya Kilian, Luis Alberto… sino por el pueblo. Lo que han conseguido que sea, lo han conseguido ellos, miles de personas que aguantan estoicamente con lluvia, frío, aire, granizo… o si hubiese sol. No son de allí, los de allí participan todos, niños, jóvenes, mayores. Los del pueblo son voluntarios que están trabajando, para que a los corredores ni a sus acompañantes les falte de nada. Podemos dar fe nosotros. Una organización perfecta, ahí no hay sustitución de dorsal, al entrar al cajón tras haberle dejado una fotocopia de tu DNI en color te graban uno a uno con una cámara tu número de dorsal y tu cara, sino llevas cortavientos, no te dejan entrar en cajón de salida.

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Giova, Juan y Rubén, con el perfil de la carrera en sus brazos.

Agradecer inmensamente a Giova y a Rubén que me acompañaran y solo espero y deseo de corazón que ellos y todos aquellos que quieran, puedan algún día vivirla. Esta carrera no se corre, se vive y disfruta. Ya habrá otras carreras para correr. Todo lo que yo diga o ellos digan,  o quien sea, lean o vean, no es comparable con vivirlo desde dentro. Y diría más incluso la experiencia de acudir como espectador. Como dice Kilian Jornet: “ ZEGAMA ES ZEGAMA“.

Algunos números de la edición 2016: 551 corredores/as inscritos/as; finalizaron 391; retirados 129; no presentados 31. Mi actuación: puesto 219; 15 de mi categoría con un tiempo de 6:06:14.

Nota: Giova, Rubén, ya no hablo más de Zegama, ya está bien, qué pesado soy.

Autor: Juan Navarro.

Una historia que no acaba en Ronda

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Sebastián, a la derecha, en un momento de la carrera.

Hace  poco más de tres años que comencé a correr, hasta esos días nunca antes había hecho ningún tipo de deporte. Supongo que comencé por  la moda del running, por quitarme peso, por verme mejor, por postureo…  motivaciones superfluas e inconsistentes. En aquellos días  con dar una vuelta al parque del pueblo ya acababa prácticamente extenuado.

Tengo que decir que poco a poco, dedicando muchas horas a entrenar, a correr primero por las calles y caminos del pueblo, y después  por los senderos de nuestras sierras, he ido evolucionando. He fortalecido mis piernas y mi espíritu de resistencia.  He ido ganando en consistencia como corredor, a pesar de que aún soy,  y me siento,  muy novato.  Pero  hoy  tengo claro  que correr ya no es una moda en mi vida, sino que la vida misma gana sentido con este ejercicio físico que me libera de tensiones,  me aporta seguridad, me ayuda  a descansar la mente y cansar el cuerpo. En definitiva, correr es hoy en día un complemento vital que me ayuda a estar más integrado, más en contacto con las personas y la naturaleza.

Hoy tres años después,  he conseguido superar  lo que para mí era una  prueba casi inalcanzable.  Los 101 km  de Ronda  han sido  mi estreno en larga distancia. A caballo entre el ultrafondo y el ultratrail, esta legendaria prueba  es un reto para muchos de los que nos gusta correr.

En todo este proceso que he relatado, nunca he estado sólo,  he tenido grandes compañeros que me han guiado y me han ido  enseñado lo poco que sé, aunque también tengo que decir que correr es para mí un acto muy íntimo y solitario, donde hago silencio y escucho todo aquello que la vida  me grita en el día a día.

De igual forma, si he podido completar  Los 101 de Ronda,  se lo debo en gran parte a  los compañeros del  Trailrunners Avanza Jaén, que durante más de 30 kilómetros supieron acogerme como uno más del equipo que habían  formado.  Y llegado el momento supieron estimularme para que  me lanzase a completar la carrera en solitario. En esos primeros kilómetros pude sentir el compañerismo, como se apoyaban  y como motivaban al que empezaba a tener dificultades,  como  lo atendían, y casi mimaban, para que lograse vencer esos instantes más bajos. De verdad, que fue una gran lección de equipo.

Pero luego tuve  setenta kilómetros de soledad y de silencio, donde solo escuchaba mi corazón y el ruido de mis pasos al chocar contra los caminos rondeños. Cierto es que me sentía pletórico de fuerzas, que mis piernas respondían como un cañón a los meses de entrenamiento monótono y cansino. De subir cien veces a la sierra y darle vueltas y más vueltas al pueblo por los caminos.  Así fui quemando kilómetros, disfrutando de la  belleza del paisaje y gozando de una climatología que estaba siendo piadosa con los corredores.

Pero no todo podía ser perfecto;  al caer la noche  los caminos se perdieron y comenzaron los senderos de montaña.  El sol dio paso a una fría  luna que nos mostraba la interminable cuesta hacia la ermita;  el ultrafondo pasó a ser ultratrail. En ese último cuarto de carrera, cuando apenas quedan 25 kilómetros  para meta, empiezo a tener serias molestias con mi rodilla derecha. Un dolor que sin ser insoportable en un principio,  si hizo que entendiese que no todo iba a ser bueno en esta prueba.  Un dolor que me incapacitaba para poder bajar las pendientes a un ritmo aceptable. Ya no cabía otra opción más que andar – y muy despacio -si quería completar los 101. Aunque tengo que decir que muy grande hubiese tenido que ser la lesión  para hacerme abandonar. Mi motivación por finalizar la prueba aumentada con cada paso, cada vez que mis pies se hundían en el generoso  barro que hizo presencia en estos últimos kilómetros, con cada cuesta que subía o cada pendiente que bajaba renegando por el dolor de la rodilla.

Así continué esos lentos  kilómetros, con pasito tranquilo y sintiendo cierta envidia de aquellos que antes pude adelantar,  y ahora veía como pasaban corriendo a mi lado.

Llegó la “Cuesta del Cachondeo”.  Ronda se oye, se huele, se siente. Empiezo  a tener sentimientos contradictorios. Quiero acabar ya, pero me da pena que la carrera se acabe. Quiero llegar a meta,  pero siento que llegar a meta es cerrar más de 13 horas de una experiencia vital impresionante. Es apagar  meses de ilusión soñando con  estar ahí, en ese preciso lugar y que tanto me inquietaba.

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Miembros del club, antes de tomar la salida.

Pienso en mis compañeros de club  – Jose, Miguel Ángel, Paco, Oscar, Juan, Víctor –   con los que inicié la carrera. Me hubiese gustado tenerlos cerca y entrar con ellos, compartir estos últimos metros en los que me siento tan feliz pero tan solo.  Y así subo esa interminable rampa;  saco fuerzas donde no las hay,  corro y río, y agradezco al público sus ánimos y sigo corriendo…   Aclamado por cientos de personas que desafiando la noche esperan a sus familiares o simplemente disfrutan de Ronda y de una carrera tan especial.

Entro en meta con una sonrisa sincera que pronto pasa a ser una lágrima de emoción, cuando una  legionaria me impone la medalla.  Y recuerdo que hace tres años no era capaz de correr más de 300 metros. Y pienso que mis hijas deben de seguir corriendo, que entre las cosas que hoy puedo enseñarles, es a correr,  y a amar la vida corriendo con ellas. Y pienso en mi mujer que se queda en casa preocupada porque yo corro mucho, quizás demasiado… Pero, ¿qué mejor  cosa puedo hacer que correr y amar la vida y amarla a ella?

Autor: Sebastián Martínez Pulido.

Las mujeres que corren

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Dora, autora del artículo, durante una carrera.

Escribo este texto sin tratar de ofender a nadie, como reacción a un comentario que he venido oyendo a personalidades diversas en el mundillo trail, del género masculino. Siempre en tono de broma, que conste, pero las bromas que se repiten tienen en mi opinión un trasfondo que merece la pena considerar. El comentario es más o menos de este modo: “Voy a tener que hacerme mujer, así a lo mejor haría podium”. Repito, sin ánimo de ofender, pero con ganas de despacharme a gusto:

Hacerte mujer no te ayudaría a ganar ninguna carrera. Piensas eso porque no eres mujer y porque como hombre de una sociedad patriarcal y machista las mujeres somos “el otro sexo que no es un hombre”. Por eso te parece injusto que una mujer pueda llegar después que un hombre y que ella suba al podium y tú no. Porque estás pensando simplemente en el tiempo que tardamos en llegar, sin pararte a pensar en otras muchas cosas. ¿Verdad que no te cuestionas las categorías por edad?

Voy a abstenerme de explicar las diferencias biológicas entre hombres y mujeres porque son muy aburridas. Podéis mirar algo de eso aquí:

http://www.berunnermyfriend.com/salud/340-diferencias-entre-corredoras-y-corredoresç

Me parece mucho más interesante reflexionar sobre esos obstáculos invisibles, esos kilómetros virtuales que tenemos que correr muchas mujeres cada vez que nos colocamos en la línea de salida.

¿Preparados? ¿Listos? Vamos. A muy pocas de nosotras nos inculcaron el deporte como un valor propio de nuestro género. Ni nuestros padres, ni la televisión, ni la escuela, ni los amigos. Yo tuve la suerte de tener un hermano que me animaba a correr la San Antón y al que veía salir al campo con frecuencia, lo que ciertamente me influyó. Se lo agradezco profundamente (¡gracias, Arturo!).

A las mujeres se nos enseña menos a competir, a disfrutar de estar fuertes, al esfuerzo físico. Es un trauma para cualquier chica ser poco bonita o tener dos kilos de más, pero no pasa nada si no aguantas 5 minutos trotando o no puedes abrir el bote de la mermelada.

Y sin embargo, por algún motivo misterioso, algunas de nosotras nos empeñamos en practicar un deporte como es correr por el monte. Tan exigente, tan trabajoso, tan solitario a veces. Las mujeres que corren son un poco diferentes al prototipo de mujeres al que estamos acostumbrados. Aunque eso no implica que nos parezcamos más a los hombres. Las mujeres que corremos tenemos que consultar nuestro calendario menstrual conjuntamente al calendario de carreras. Y no digamos ya los planning a largo plazo que tenemos que ingeniar si nos decidimos a tener hijos. Ser madre y correr una ultra debe ser como estudiar una doble titulación.

Las que corremos somos unas temerarias porque a veces salimos solas a correr (¡y sin spray antivioladores!). Que un hombre salga solo no suele alarmar a nadie. Normalmente no puedes presumir de ser corredora de trail, porque lo más suave que te van a decir es que estás loca o que vaya ganas de sufrir. Usamos los mismos cacharritos que los hombres para correr. Eso sí, las zapatillas suelen ser rosas o de algún color “bonito” (si no, una mujer no podría usarlas) y eso si hemos tenido la suerte de encontrar zapatillas de mujer en la tienda (no, no son iguales, las de mujer son… ¿rosas?).

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Cuando seleccionas tu talla de camiseta en la inscripción de una carrera nunca sabes cuál poner, porque normalmente las camisetas que regalan son DE HOMBRE. Es decir, que es mejor que te pidas una talla más pequeña. Pero que no te pase como a mí, que una vez me dieron unas BRAGAS (porque si no cubren el cachete son bragas y punto) y un sujetador para correr que además eran muy, muy pequeños. Porque la ropa de correr de mujer, cuanta más piel deje al descubierto, más rápida te hace.

Todas nosotras hemos aprendido desde siempre a sentirnos incluidas en el género masculino, a ser “corredores”, “inscritos”, “clasificados”.

Los artículos que leemos sobre hidratación, entrenamiento, nutrición, etc, no suelen estar hechos a nuestra medida tampoco. Bueno, los del tipo “corre y adelgaza” sí. Todos saben quién es Kilian Jornet,  pero muchos sólo conocen a Noelia Camacho de contar cuentos.

Las mujeres, que nos recogemos el pelo porque es una faena correr y que nos de en la cara o nos haga sudar. Que nos hacemos trenzas, coletas, nos colocamos pañuelos, buffs, diademas, horquillas, pasadores… Que nos embutimos en un top apretado porque el pecho, que tantas mujeres quisieran tener más grande, es molesto para casi todos los deportes. Dejamos en casa el maquillaje, los abalorios, la ropa de moda. Estamos dispuestas a que nuestra piel se endurezca, se arañe, se ensucie. A engrosar los gemelos. Y así nos miramos al espejo. Ésta que escribe, se sonríe siempre.

Marchamos al punto de partida donde seremos minoría, pero tenemos un radar para encontrar a nuestras contrincantes y compañeras (a veces por el rosa).

Vamos al baño antes de empezar, como todos. Pero como hay prisa, los baños de las mujeres se vuelven mixtos. Es difícil que estén limpios. Y nosotras no podemos mear de pie. NUNCA hay papel.

Ocupamos poco sitio en el grupo de salida. Hacemos menos ruido. No nos preocupamos por colocarnos delante. Salimos al mismo tiempo, pero desde el principio debemos centrarnos en nuestro propio ritmo porque el del pelotón nos puede engañar. Sentimos envidia de los que paran a vaciar la vejiga nada más empezar, sin aspavientos, junto al camino. Nosotras nos aguantamos si podemos. Aprendimos a escupir corriendo. Y a sonarnos la nariz tapando el otro agujero. Qué poco femenino. (Me encanta)

Cuando nos adelanta un chico no suele pasar nada. Si es chica, bajamos un puesto en la clasificación general. A veces el público o la organización nos dice en qué posición vamos, porque como somos pocas nos pueden ir contando. “¡Corre, que vas cuarta!” (¿máaaaaaaas?). Cuando adelantamos a los chicos a veces recibimos comentarios de ánimo: “¡venga, máquina!”. Otros se quedan silenciosos y puede que les desanime que les adelante “una chica”.

Antes o después llegaremos a la meta, donde hay un reloj con el tiempo que tardamos. Y sólo marca eso, el tiempo. Algunas suben al podium. Aunque tardaran “más” que otros hombres.  Yo opino que son todas heroínas. De la primera a la última.

En la ducha nos ayudamos a controlar que en la puerta de los vestuarios no asomen los chicos. Ahí nos alegramos de ser menos y no tener que esperar mucho. Hablamos, reímos, compartimos. Aún recuerdo los comentarios, hace años, de las mujeres tras la maratón de Sevilla: como si se conocieran de toda la vida, charlando sobre sus hijos y los esfuerzos que hicieron para estar ahí.

En la crónica, el ganador absoluto de la carrera es sólo uno. El primero. A él le suelen hacer la entrevista. Nosotras estaremos mencionadas en segundo lugar. No solemos salir en la foto principal. Volveremos a casa. Y seguiremos siendo mujeres. Para todo. Por fortuna.

Autora: Adoración Montejo (Dora la Soñadora).

El Club Trailrunners Avanza Jaén participa en el Campeonato de España Ultra 2016

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Componentes del club que participarán en la prueba, junto a Javier de la Casa, en las instalaciones del Grupo Avanza.

Jaén estará presente en el Campeonato de España de Carreras por Montaña Ultra que se celebra este próximo sábado 2 de abril con la disputa de la Ultra Montseny Compressport y que contará con la que probablemente es la mejor participación a nivel nacional en una carrera por montaña ultra.

Los mejores ultrafondistas nacionales se darán cita en esta prueba en la que participarán más de 300 corredores de larga distancia, que afrontarán los 80 kilómetros de recorrido de la prueba, con 4.600 metros de desnivel positivo y 9.170 de desnivel acumulado, sobre un circuito de gran dureza y un perfil muy exigente, como cabía de esperar para una prueba de este nivel.

La competición comenzará a las siete de la mañana en Viladrau (Gerona), en pleno corazón del Parque Natural del Montseny, por donde trascurrirá toda la carrera. De esta manera, compartiendo línea de salida con los mejores corredores de trail de España estarán nueve componentes del Club Trailrunners Avanza Jaén: Helen Sánchez, Antonio Aceituno, Juan Antonio Peragón, Juan Navarro, Luismi Ochoa, Ricardo Otero, Rubén López, Sergio Vázquez y Miguel Ángel Hidalgo. Todos ellos parten a este reto con mucha ilusión y orgullosos de representar al club y su ciudad en un campeonato de España. En este sentido, agradecen el apoyo de sus patrocinadores, en especial de Jacarsa Motor y Grupo Avanza por facilitar el transporte para esta prueba.

La Ultra de Montseny será además la primera prueba puntuable para la Copa de España de Carreras por Montaña Ultra, que tendrá dos capítulos más en el Monduber Trail de Tavernes de la Valldigna (Valencia) y en la Gran Vuelta Valle del Genal, pruebas que también contarán con representación del Club Trailrunners Avanza Jaén.

Superada la pre escolar del trail

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Patricia, entrando a meta.

Todos comenzamos a correr por un motivo. El mío, desconectar de la realidad que me rodeaba durante los minutos que mi cuerpo aguataba  trotando. Y cada vez quieres más. Más minutos, más kilómetros, más rápido… Cada avance por pequeño que fuera era un triunfo.

A los pocos meses, los Trailrunners Jaén organizan una KDD en enero del 2015, con dos recorridos que salen desde el Neveral, por supuesto, por montaña. Nos llega la invitación por parte de algunos componentes del Club a mi cuñado Loren y a mí.  Después de darle muchas vueltas, accedo con mil dudas sobre lo que me voy a encontrar.

En una semana me hago con los complementos necesarios para sobrevivir a los 10k. Bajo la supervisión de Óscar me compro mis primeras zapatillas de trail, después de varias comparativas calidad precio. Hay personas a las que deberían otorgarle un título por toda la información que tienen sobre tacos, drop, pisada, neutro, pronador, horma, modelos, amortiguación, dureza, agarre, sujeción…A mí en ese momento sólo me importaba que fueran monas, cómodas y no matarme.

A los pocos metros de la primera subida, me estaba arrepintiendo. Ni la música de mis cascos me evadía de la dureza a la que me estaba enfrentando. Ese mismo día me alegré que la vergüenza de darme la vuelta ganara el pulso a mi frecuencia cardiaca. Recordé la frase de Paco “en las cuestas camina que ya habrá tiempo de correr en los llanos y hacia abajo”. Y casi sin darme cuenta llegaron. Caminos, senderos, veredas serpenteantes de tierra, con piedras, con plantas, con bajadas, con llanos y subidas. Corrí. A cada paso una posibilidad, cada apoyo diferente al anterior, a cada zancada le seguía otra casi sin pedir permiso a la vista que intentaba evitar el tropiezo, sin dejar de maravillarse por lo que había alrededor. Arbustos, árboles, pasajes por los que tienes que sortear las ramas que se cruzaban. Y miras al horizonte y ves montañas, paisajes para enmarcar, la ciudad a tus pies. Por primera vez soy yo la que está en la cima y no el castillo de Santa Catalina que se queda por debajo. Mis piernas me han llevado allí, mi cuerpo, mi energía, mi capacidad motora.

Quería más, quería pertenecer a ese Club para repetir una y otra vez la experiencia. Pero yo era pequeñita, tenía mis limitaciones, ellos grandes, rápidos y fuertes. Pero les seguí de cerca. Encontré mi pareja perfecta para entrenar, mi Pili y yo su Mili. Después se unieron más, compañeras que te llevaban con la lengua fuera, otras a las que esperar, todas necesarias. Cada salida mejoraba la anterior. Cada vez corría más tiempo cuesta arriba aunque avanzara menos que andando, pero los expertos me decían que eso te hace fuerte.

Y quieres más. Y te retas. Pero esta vez entra en juego la altura. Quieres llegar corriendo más lejos, más kilómetros, correr más tiempo, una hora en montaña se queda corta. Quieres llegar más alto porque sabes que la satisfacción es mayor, las vistas mejores y desde tan alto, eres grande.

Pero no sabes de lo que eres capaz si no compites. No me lo quitaba de la cabeza. Buscaba mini Trail de 10k y poco desnivel, pero enseguida me echaba atrás. Quedaría la última con lo lenta que soy. En las cuestas me vengo abajo.

Pensaba que las carreras de montaña no eran como las de asfalto, que hay atletas de todos los niveles. Los que tenían valor de enfrentarse a una CXM eran rápidos y fuertes como los Trailrunners Jaén. Mientras caminara cuesta arriba no tenía nada que hacer.

Un año después me volvieron a proponer unirme al Club. Aunque seguía sintiéndome inferior, era la mejor forma de mejorar, de intentarlo, de enfrentarme a mis miedos y volverme a retar. Había visto como mi cuñado había crecido durante este tiempo con ellos y yo quería seguir su ejemplo. Entonces te das cuenta que no todo es correr. Que tienes que creer en ti, en tus posibilidades, que por encima de todo tienes que disfrutar, que plantarte debajo del arco de salida ya tiene premio. Que terminar la carrera es un logro y que si consigues el objetivo real que te has planteado, en mi caso terminar con la primera mitad de las mujeres, ya es pura superación personal. Este club es una motivación brutal.

Así que le echo valor y me apunto a la media maratón de Sevilla, porque quiero saber si soy capaz de enfrentarme a distancias largas sin morir en el intento. Sigo los consejos que me dan varios compañeros del club como Carlos Alcázar y supero la media sin sufrir ni un minuto.

Me inscribo en el Trail corto de 16k y 600m de desnivel positivo del Reto Araque de Jamilena, Eva vendrá también y eso me anima.

Pero las ganas me pueden y surge antes el III Trail de Sierra de Huétor, con un mini trail de 14k y +300. Distancia y desnivel perfecto para empezar y convencer para que se estrenen también mi marido, Juan y Eva en CXM. Después de varios entrenos diurnos con nieve y nocturnos con frontales, nos plantamos en Huétor Juli, Eva, Loli, Mimi, Jose, Juan y yo. Algunos para hacer la corta y otros la larga. Los nervios se apoderan de mi estómago como en cada carrera. Recogemos los dorsales y nos cambiamos. Hace una mañana perfecta, así que decidimos ir un poco más frescos.

Aunque mi distancia es poca y tendremos avituallamiento en el km 7, decido llevar la mochila de hidratación para evitar la mala experiencia del Cross Pantano del Víboras que no había agua preparada al pasar por el avituallamiento. Eché una gominola por si acaso que finalmente al igual que los cascos no usé. Después de un buen reportaje fotográfico con salto incluido que no podía faltar, nos situamos en la salida. Nervios fuera y a correr.

Primer kilómetro por carretera y cuesta arriba. Hay mucha gente y no se puede adelantar, eso me viene bien para ir a un ritmo a gusto. La primera mitad de la carrera es subida, eso sí por veredas chulísimas y vistas fantásticas. Efectivamente todos los que alcanzaba a ver subían caminando. Me relajé y no desgasté más de lo necesario. Quería sentirme bien, ya tendría momentos para correr.

En un sendero delicado por su estrechez y precipicio a la izquierda pude correr más pero no se podía adelantar, así que aproveché un ensanchamiento para dejar atrás a los que pudiera por si se volvía a repetir. Durante bastante tiempo corrimos por un camino ancho empedrado pero bastante regular. Pensé que las Salomon Speedcross no habían sido un acierto, creí que habría más barro por las lluvias del día anterior y zonas más técnicas. En ese momento sólo pensaba en la altitud, una y otra vez miraba el reloj para ver qué quedaba para los +300m, entonces empezaría mi carrera. Le dije a mi marido que no me esperara subiendo, le intentaría pillar en la bajada. Al poco del avituallamiento, que bebí un trago de isotónico que me vino de perlas, se separaron los caminos del mini trail y del trail. Giró conmigo un señor al que le dije: “¿Qué necesidad tenemos de más kilómetros verdad?” no sabía que de esa frase surgiría una conversación sobre carreras, lesiones, trail, pasando por “ya debemos ser de los últimos”, que aunque me extrañaba, no me importaba. Pero como no había mirado hacia atrás en todo el recorrido, ni tampoco sabía cuántos harían la corta y cuántos la larga, me lo creí.

Me di cuenta que íbamos a 4,30 min/km y se lo dije. Me propuso bajar el ritmo porque él no podía más, pero yo seguí. Corría sola, quise que mi familia y amigos vieran por mis ojos aquella belleza; saqué el móvil y grabé. Pasé por una zona con muchas piedras grandes, como si fuera un río seco. Me iba fijando muy bien, como me dijo Javi en las señales, aunque en un par de veces me equivoqué, no fue mucho, pero lo suficiente para pillarme el señor que había dejado atrás. En la información de la carrera decían que eran 12,5k pero en el perfil aparecían 14k. Efectivamente llevaba 12k y el pueblo no se veía cerca. Me dicen que quedan 2 km llaneando y a lo lejos veo a Jose, intento pillarlo. Me cruzo con senderistas que me dicen que voy la 7ª. Pienso que si voy de las últimas de la corta seremos pocas.

El último kilómetro de asfalto me mata. Me pongo nerviosa al pensar que estoy llegando y me suben las pulsaciones complicándome el final. Me quito la visera, me pongo el buff en el pelo para salir guapa en la foto y con un salto paso el arco de llegada después de 1:30’26. El señor que me echaba menos edad de la que tengo, estaba equivocado, no éramos de los últimos. Llegué la 6ª de 25 mujeres, 4ª de mi categoría. 59 de la general de 98 participantes. Superé mis expectativas y a mí misma.

Lo sé, el resultado es una mínima parte de lo que viví y continué disfrutando después de la carrera. De los éxitos de mis amigos y compañeros de kilómetros y kilómetros juntos en los entrenamientos. De vivir con mi pareja nuestra primera CXM juntos consiguiendo contagiarle mi emoción por este deporte.

Pre escolar Trail superado. ¡Que comience la Primaria!

Autora: Patricia Huertas Mesa.