Mi experiencia en Ultra Mágina Top Trail

foto_JuanSierra4

Juan Sierra, autor del artículo.

Soy Juan Sierra López, soy un Trailrunners Avanza Jaén y un gran aficionado a la montaña. Os cuento mi paso por la prueba en la modalidad de Ultra Trail en Mágina Top Trail,  prueba del Campeonato de Andalucía de ultras disputada el pasado 5 de mayo en Cambil (Jaén).

Bueno, soy un corredor de esos que se denominan del montón, pero disfruto mucho con lo que hago e intento transmitirlo, así me aseguro siempre una victoria. A  pesar de ir con ideas de acabar la prueba,  esta no es fácil para mí ya que no entreno para preparar algo específico, salgo a hacer deporte, disfrutar de la sierra y de la compañía. Sin más me presento en este pueblo nervioso por no hacer estas distancias ni desniveles normalmente , inquieto por ir solo aunque seamos muchos y algunos compañeros, y un poco decaído por dejar a Crono, mi perro, en casa que es el que me acompaña en todas mis salidas.

foto_JuanSierra3

Salida de la prueba, en Cambil.

Pistoletazo de salida. Salgo con ganas pero expectante a todo lo que nos queda  todavía. Sin luz del día comenzamos la primera subida y salida del pueblo todo en muy riguroso silencio, escuchando solo el paso del personal. Empiezo a hacer kilómetros  muy bien, alegre y hablador como siempre, he incluso me arranco con alguna cancioncilla. Entre unos y otros llego a compañeros como Helen y Antonio que te animan. He de decir que de la ultra salimos cinco compañeros, Helen, Antonio, Sebas, Navarro y yo. A todos éstos no hay quien los pille (recordar que soy del montón).

Seguimos pasando kilómetros. Todos los avituallamientos son una fiesta para mí. Me acuerdo de un amigo que en su primera carrera se paraba como si dieran jamón de once dedos y cerveza fresca  (echaba un jornal, jajajaja), cuando ahora no para ni a coger agua. Estos recuerdos me aportan felicidad y risas y con esto sigo con mi carrera. De fondo escucho una cuenta atrás; es Chito, dando la salida a la maratón y empiezo a apretar para ver si pillo a algún otro compañero que salía más tarde, pero ya me doy cuenta de lo que me queda y bajo el pistón.

Paso por el avituallamiento de Mata Bejid  (km 25) y me animan y saludan algunos corredores de la siguiente prueba. Seguimos con ganas y con alguna molestia, pero nada que no solucione un ibuprofeno. Animándome a mí mismo llego al km 30, encuentro otro avituallamiento con gente agradable y alegre dando siempre ánimos. Estos ánimos y pensamientos me los echo en la mochila, relleno agua y a seguir. Kilómetro 35,  me encuentro a mi paisano y compañero Juan Navarro de vuelta. Iba con muchas molestias y se retira. Intento animarlo y le ofrezco el ibuprofeno, pero cuando dice no es no (también empezaba a ser hora de la cervecilla, jejeje… bueno un poco cabizbajo porque ya no lo podía pillar…). Sigo corriendo,  aunque no me gusta dejar a nadie solo.

Comienza la bajada de la cuerda del milagro y éstas son las mías. Bajo bien y con ganas de enfrentarme al Gargantón. Llego a otro avituallamiento (km 40) y me encuentro otro compañero retirado del maratón por ampollas. Me ayuda a recargar agua, como un poco y sigo (gracias Manolo). Empiezo la subida muy bonita y dura. Me refresco en el río y seguimos sumando. Llego a la Fuentezuela y nos quedan las Morras, venditas Morras; pensé en  retirarme así como 20 veces, pero si me retiraba allí tenía que seguir para adelante o para atrás, allí no me podían recoger. Cogí de la mochila los ánimos anteriores y llegué hasta Miramundos,  avituallamiento y refugio (km 45). Pillo asiento, como, bebo y pido un poco de Réflex. Por cierto, me dieron bálsamo oriental y va muy muy bien. Reflexiono en las alturas, ya que aquí me encuentro siempre más cerca de los que nos faltan. Y con el pensamiento de retirarme, veo que allí tampoco me pueden recoger. Por lo tanto decido crestear a Mágina y bajar los neveros, que es lo mío. Me pongo el reto de llegar a la ‘Bolsa de vida’, en el avituallamiento km 55.

foto_JuanSierra1

Juan Sierra, en un momento de la prueba.

Disfruto de paisajes y alguna que otra cabra y comienzo la bajada. Llego a un pequeño refrigerio y encauzo la pista hasta el km 55. ¡Qué larga se me hizo! También empezaron a descuadrarme kilómetros y no a mi favor. Esto desmoraliza, pero llegamos a la ‘Bolsa de vida’, me cambio de calcetines, zapatillas, camiseta y busco algo salado en el avituallamiento y me encuentro  con medios  sándwiches  y me como uno. Tuve que darle cuello como los pavos de lo ahogadizo que se me hizo. ¡Qué rato más malo pasé, pero me sentó bien! Cambiado y recién comido, pillo pista para abajo. Volvemos a ilusionarnos y mi objetivo es llegar al avituallamiento de Fuenmayor.   Con pasos agigantados, llego al Cortijo los Paleros, paso por la Era del Lobo y la Cascada del Zurreón y llego al km 62 (Fuenmayor). Cambio el objetivo hasta el Bercho. Empiezo la subida, me coloco mi mp3 y empieza a lloverme he incluso a granizarme. Total, ya me da igual. Para mi había comenzado la cuenta atrás.

foto_JuanSierra5

Con su hija, en meta.

Empiezo a animarme. Me encuentro con otro chaval  y dándonos ánimos mutuamente nos ponemos al día y llegamos al avituallamiento km 72 (Bercho). Lo que hubiese dado por una cerveza allí… Pero nada seguimos buscado el último refrigerio (km 79) y se nos hace eterno. Pero ya eso no era nada después de lo que llevábamos. De aquí nos quedaban 3 km al pueblo que se pasaron volados, sabiendo que allí me esperaban mis compañeros Joaquín y su mujer Mª Ángeles,  mi amigo Jose ( que también es compañero ), que al entrar me dijo una frase que me gustó bastante. Sorpresa por los ánimos y un abrazo también de Antonio Díaz al entrar al pueblo y colofón final encontrarme a mi hija, a mi mujer y a otro amigo más, Antonio, haciéndome sentir GRANDE….

Recordar que yo soy  del montón  y lo que más me gusta es  alzar la cabeza  y disfrutar  de lo que hago.

Autor: Juan Sierra.

 

Anuncios

Épica

28685463_833734266819067_7944791746355920896_n

Sebastián, a la derecha, en la salida de la prueba.

Unos días después de finalizar el Ultra Trail Sierras del Bandolero, con las emociones aún trastocadas, los tobillos doloridos y los pies hinchados, quiero poner por escrito mis reflexiones sobre esta carrera de montaña.

Muchos corredores han  calificado esta prueba con el adjetivo de “épica”.  Yo, sinceramente, no sé bien qué significa esta palabra.  De hecho he tenido que mirar en el diccionario su significado. En su cuarta acepción  dice “Grandioso, fuera de lo común”.  Una vez que ya tengo claro el concepto, apoyo la afirmación de mis compañeros: ciertamente Bandoleros 2018 ha sido una carrera épica. La grandiosidad se la dio la propia montaña de Grazalema y las personas voluntarias de la organización que se desvivieron por ayudarnos. Lo de “fuera de lo común”  se lo otorgó  las condiciones  meteorológicas de los días previos y durante la propia ultra. Sabemos que estas montañas son el lugar de España con mayor índice pluviométrico.  Y hasta ahí llegaban mis conocimientos. Lo que no intuía es que íbamos a tener tal cantidad de agua, para ser exactos, 358,8 litros por metro cuadrado (según la AEMET). Los propios habitantes de la zona estaban asombrados de lo que estaba cayendo.

Y fue el agua la que condicionó todo.  Y aquí es donde ya empiezan a faltarme palabras para poder describir hasta qué punto  hizo de esta prueba algo insólito. Mi historial de corredor por montaña aún es muy limitado, y seguro que habrá corredores veteranos que sientan que no fue para tanto. Pero yo nunca he vivido experiencias en la montaña tan extremas como este día.  Nunca me había tenido que meter en plena noche, para continuar el trazado de una carrera, en un río embravecido, sabiendo que un mal paso y la corriente me arrastraría. Nunca había corrido horas y horas por senderos que se habían convertido en arroyos. Nunca había caminado cientos de metros sobre terrenos embarrados en los que  casi te quedabas clavado. Nunca me había azotado el viento y el agua con la fuerza que lo hizo esa noche. Nunca había temblado de frio de la forma que lo hice al  salir del refugio entre Montejaque y Villaluenga.

28795275_2104319479593318_8611082512429142905_n

Sebastián, en un momento de la carrera. Foto: Rafael Calero Gil.

¿Exagero? Quizás.  O tal vez me quedo corto. No lo sé, porque todo puede ser relativo. Pero mis sensaciones y las de muchos de los compañeros con los que compartí la prueba,  eran de estar al límite.

Lo que también debo de decir, para ser honesto, es que no me faltaron las fuerzas, que mi cuerpo y mi mente estaban al cien por cien. Que  a pesar del cansancio y de  todo lo que estaba viviendo, no me sentía desfallecer. Al contrario, me sentía más vivo que nunca. Eso me hizo esforzarme cada vez más. Correr  con determinación donde muchos ya sólo podían caminar con dificultad.

Ha sido una carrera que ha exigido una concentración total. No podías bajar la guardia en ningún instante. En cada pisada debías de tener claro dónde apoyabas el pie, porque  todo estaba mojado y resbaladizo. A esto hay que sumar que es un trazado con zonas muy técnicas, con mucha roca y piedra suelta. Milagrosamente sólo resbalé una vez, pero con los esfuerzos por evitar la caída se me montó el gemelo izquierdo. Un dolor insoportable que duró  apenas unos segundos, ya que los  compañeros que venían detrás de mí me ayudaron con una técnica de fisioterapia que me colocó el músculo instantáneamente y pude continuar sin molestia alguna.

Los 166 km que tenía la prueba en su trazado inicial tuvieron que ser recortados en varias ocasiones, hasta quedarse en algo más de 120 km,  porque la lluvia iba haciendo impracticables ciertos tramos. Por fortuna, la organización fue sensata y priorizó la seguridad del corredor, aunque eso le ocasionase ciertas críticas. Por mi parte los apoyo y reconozco su esfuerzo. Aunque en el último tramo de la carrera, cuando la intensa lluvia  que estaba cayendo, hizo  que  el río Majaceite se  desbordase  y ya no se reconocieran caminos, ni senderos, sino que todo era un torrente. Me sentí muy enfadado con ellos y estaba deseando llegar a meta para pedirles que neutralizaran la carrera, porque era una auténtica temeridad que los muchos  corredores que aún quedaban detrás, pasasen por ese tramo. Afortunadamente, nuestro compañero Luismi Ochoa, que iba por delante de mí,  ya había informado a las personas responsables de la prueba, y a partir de Benamahoma o El Bosque ya no permitieron continuar al resto de corredores.

foto_podium.jpg

Sebastián, en el podium como segundo de su categoría.

Cerrando esta crónica, yo mismo me pregunto si merece la pena tanta fatiga, si el conseguir esa segunda posición de mi categoría de edad en el Ultra Trail Sierras del Bandolero  merece tanto esfuerzo. No digo sufrimiento, porque a pesar de todo, no sufrí.  Ciertamente no tengo clara la respuesta, porque creo que una vez que la montaña te ha seducido, te enamora y hace que siempre estés deseando volver a ella, con su hermosura y pureza, pero con su fuerza indómita, que a veces te arrastra y vapulea y te hace sentir lo frágil que eres y lo fuerte que es ella.

Autor: Sebastián Martínez Pulido.

Tirarse dos veces

foto_Dora

Dora, participando en una prueba.

(Escribí este texto hace un mes, pero no conseguía encontrar el ritmo adecuado. Hoy, al fin, rompió la ola en mi mente)

Hace poco hemos terminado un año y cada cual lo ha hecho a su manera. En el mundo de los ‘trotamontañas’ es habitual apuntarse a alguna carrera los últimos días de diciembre, al estilo San Silvestre, para celebrar junto a otros corredores que hemos completado otra vuelta al sol atándonos las zapatillas de deporte. Para volver a casa y a la bandeja de mantecados diciéndonos por dentro “este 2018, más”.

30 de diciembre. CxM Alhambra Sacromonte. Dorsal repescado de un compañero que no puede ir por trabajo y que la empresa de cronometraje pone, amablemente, a mi nombre. Mi plan era despedir el año como una campeona. El plan de la vida era que una gastroenteritis se apoderara de mis entrañas la noche antes de la carrera.

Estaba ilusionada con colgarme el dorsal, ponerme la camiseta del club y reencontrarme con mis compañeros. Tanto que, a pesar de haber pasado la noche vomitando y con diarrea, igualmente me levanté temprano. Con la tripa hecha trizas, dolor de cabeza y bastante débil. Tardé un rato largo en comerme un plátano, sin gana alguna. La que es cabezona, es cabezona. “Tiraré flojito. Igual hasta me sienta bien correr”. Y así nos vamos, este cuerpo mío y yo, al lugar de la salida.

Es genial ver a mis compañeros de Trailrunners Avanza Jaén con las pilas tan bien puestas como siempre. El ambiente de todos los corredores esperando bajo el arco hinchable, las manos a los relojes cuando empezamos a movernos, los aplausos de quienes vinieron a animar, la voz del speaker infundiendo energías.

No hace un día precisamente bueno, más bien frío y nublado, gris. Al poco de comenzar a trotar se forma un tapón para entrar en una vereda estrecha y más de una nos echamos las manos a la cabeza. Junto con otras chicas me pongo a bromear “mis amigos se creyeron que venía a correr”, “creo que podríamos haber hecho esto en pijama”, “y con las pantuflas”. Luego cogemos un sendero bonito entre árboles y, a pesar del mal cuerpo, siento que estoy disfrutando. Entro en calor subiendo alguna cuesta y es agradable sentir el contraste entre la energía que irradia mi movimiento y el fresco de la mañana. El sol sale por un momento cuando cresteamos una primera cumbre y la luz es preciosa sobre el paisaje. Llega al fin una bajada larga, no es muy técnica y sé que puedo lanzarme y disfrutar, así que tomo aire y sonrío.

Espera. Aquí pasa algo. No puedo disfrutar. Siento dentro que algo se queja con cada impacto en cada zancada. “Hoy no puedo”. Me dice. Es mi cuerpo.

Bajo el ritmo, trato de pisar suave. El tiempo vuelve a nublarse. Me duele mucho la tripa, realmente. Dejo paso a todos los corredores que me van alcanzando. Centro la atención en mi respiración, procurando relajarme. Cerca del primer avituallamiento un chico me dice alegremente: “¡Venga, que ahora viene lo más bonito de la carrera”. Yo sé que es verdad porque ya la he corrido antes y es la parte que más me gusta.

Entonces me vienen muchas cosas a la cabeza. Las carreras que termino a pesar de llevar mucho tiempo sin salir a trotar. La maratón que corrí este año en Italia con el tobillo tocado, sin terminar lesionada. Llegar la primera en la subida al santuario de la Virgen de la Cabeza. Caerme de bruces durante la Mamocu y poder seguir corriendo como si nada. Por estas cosas y por otras muchas a veces hablo con mis piernas y les doy las gracias. Me llevan tan lejos. Me acercan a mí. Me ayudan a tener un cuerpo fuerte y sano.

Pero puedo probar a seguir un poco más… ¿Y que el dolor tenga que obligarme a parar? ¿Eso es todo lo que he aprendido? No quiero escribir una crónica de cómo tuvieron que ir a recogerme los de Protección Civil. La experiencia también ha de servir para saber detenernos a tiempo y, aún más, saber hacerlo con cariño hacia nosotras. Sin reprocharle nada a nuestro cuerpo.

(Me detengo un momento en esta parte del relato. Algunos compañeros tienen historias admirables sobre carreras que terminaron a pesar del dolor o cualquier otro percance, con escenas en las que llegan cojeando a meta y cosas así. No estoy juzgando tal determinación. Pero se escriben muy poquitas cosas sobre el fracaso y siento que esta es mi oportunidad para aportar algo sincero al respecto. Yo decidí no seguir corriendo).

 “Está bien”, le digo a mi cuerpo. “Mereces descansar y que te cuide”. Continúo caminando y es extraño cómo empiezo a observarlo todo desde fuera: el camino, las señales, los otros corredores. Es bonito ver llegar a los demás al avituallamiento, como un río de colores alborotados que fluye sin cesar. Tomo a sorbitos un poquito de bebida isotónica que se queda atascada en alguna parte de mi tubo digestivo, uniéndose a la protesta general. Agradezco igual el trabajo de los voluntarios, que no paran de llenar vasos y dar buenos consejos. Les indico que voy a tomar el desvío siguiente en la dirección opuesta a la señalada para regresar a la salida, porque no me encuentro bien. Me retiro. Me re-tiro.

Prefijo re-: “movimiento hacia atrás”, “acción repetida”.

Dos significados completamente opuestos. Siento que es lo segundo, porque no estoy echándome hacia atrás. Me estoy tirando por segunda vez. La primera fue al atreverme a colocarme en la línea salida. La segunda es tener el valor y la humildad de aceptar mis limitaciones, respetándome. Agradecer los cinco kilómetros que he podido correr hasta aquí, a pesar de todo. Y todos los kilómetros que aún me esperan bajo los pies. Sin reproches, con el orgullo hinchado, mi cuerpo y yo recorremos el camino de vuelta. Pensando en todo lo bonito que nos espera el año que viene.

Lanjarón_Trail

Dora, junto a compañeros del club, en Lanjarón.

6 de febrero. Un par de semanas después pasé una mañana maravillosa en la Lanjarón Cañón Trail. Luego corrí la San Antón, que siempre es una fiesta, en compañía de mi pareja, a quien estoy intentando seducir con este deporte. Quisiera que ambos me duraran toda mi vida.

Autora: Adoración Montejo Ráez, Dora la Soñadora.

Porque no solo corres con tus piernas

FOTO7

Antonio Díaz, entrando a meta en Chamonix.

Cruzar el arco de meta de la Ultra Trail do Mont Blanc 2017 ha sido alcanzar un sueño que me ha mantenido despierto los últimos tres años… “Tienes que ponerte un objetivo lo antes posible…”, esas fueron las palabras con las que empezó todo, Antonio Sanchez del Pino, que en 2014 era alguien desconocido para mí, me las dijo durante un entrenamiento en el que coincidimos al comentarle que venía de hacer un Ironman y que no sabía que iba a hacer una vez finalizado. Esas palabras fueron el inicio de esta aventura.

Desde esas palabras hasta el pasado día 3/09 a las 10:07 h. han pasado 3 años llenos de vivencias, experiencias y momentos en su mayoría fabulosos, algún mal trago también, pero de esos sería una torpeza acordarme. Casi sin pedir permiso, me subí a un barco que no me pertenecía, un barco tripulado por el Sr. Antonio Aceituno Azaustre y comandado por Sr. Antonio Sanchez del Pino. Ellos tenían un sueño y yo simplemente lo hice mío. Desde aquí os doy las gracias por dejarme subir y acogerme como el tercer elemento. Ellos soñaban con hacer juntos esta carrera, pero el destino y la fortuna quiso que en 2015 no pudieran compartirla y quedara emplazada para más adelante.

En esta edición 2017, a mediados de enero, tuve la suerte de que el sorteo les favoreciera y entraran en la lista de inscritos en la que yo ya estaba previamente debido a que era mi tercer año consecutivo optando a realizarla. Sinceramente, el año ha sido muy complicado, porque cuando te planteas un objetivo de estos, siendo deportista amateur como lo somos el 95% de los corredores que las hacemos, sabes que se van a dar situaciones muy difíciles de gestionar y que en ocasiones te ponen en la tesitura de pensar si merece la pena o no seguir adelante, para hacerse una idea, esta es la prueba de mayor nivel de esta disciplina y encajar su preparación cuando el deporte en mi vida puede ocupar 3º o 4º escalón dentro de mis prioridades es una tarea más que complicada. Hay que sacar tiempo de donde no lo hay y no te queda otra que acostumbrarte a dormir menos y a sacrificar horas de descanso.

Justo cuando el reloj marcaba las 18:20 h. del 01/09, a diez minutos de que comenzáramos a descontar kms para alcanzar la línea de meta, Aceituno nos dijo una frase que en aquel momento parecía banal, pero que estaba llena de razón: “chicos, lo difícil lo hemos hecho ya, estar en la línea de salida es lo más complicado de la UTMB, ahora solo queda disfrutar”. Cuando oyes esas palabras, se te vienen a la cabeza los 170 km que te quedan por recorrer, los 10.000 m de desnivel positivo que harán que tus piernas se rompan muscularmente, las 40 horas que te quedan por delante con sus dos noches sin descanso. Pero él sabía lo que decía, él ya había estado en esa situación en 2015 y sabía de lo que hablaba.

Hablando de la parte más complicada de esta carrera, la preparación previa, no merece la pena destacar el nº de km entrenados, ni las horas tirado por el monte, ni los entrenamientos eternos a deshoras, eso es algo recurrente en el mundo amateur. Muchas subidas a Jabalcuz, el Mont Blanc jaenero, entrenos a las 6 de la mañana, entrenos justo después de comer o de cenar, pero bueno, todos lo que tenemos este gusano metido en el cuerpo sabemos que o estás preparado mentalmente para esto, o más vale que no te plantees estas locura. Lo más complicado es encajar todo lo anterior con tu vida familiar, el trabajo, situaciones diarias que te trastocan esa hora que tenías planificada para entrenar y que al final se complica y no puedes. Eso es lo realmente complicado. Cuántas veces no nos hemos cruzado con compañeros por el monte y nos hemos despedido diciendo…”yo tiro ya para abajo deprisa que hoy voy a comer arroz con voces…”.

Pues sí, eso es lo más complicado, ponerte en la línea de salida con ciertas garantías de poder alcanzar el objetivo. Pero esa parte complicada tiene su parte positivísima y es compartirla con otros dos locos que entienden tu locura como propia, Pino y Aceituno, Aceituno y Pino. Dicen que los amigos de verdad son los de la infancia y que perduran en el tiempo y puede que sea así. Pero yo he tenido la fortuna de ampliar mis amistades “de verdad” con estos dos señores, distintos entre sí, pero igual de enriquecedora su compañía. Muchos han sido los momentos complicados por los que hemos pasado, problemas de trabajo, familiares etc. que como si de un gabinete psicológico eran tratados durante los entrenamientos y que de alguna u otra forma éramos capaces de relativizarlos y ponerles solución. Porque para eso también sirve el deporte, para armonizar el estado emocional y poder verle a todo una solución más sencilla de lo que a priori puede tener.

FOTO1

De izquierda a derecha, A. Aceituno, A. Díaz y A. Pino, en uno de sus entrenamientos.

En esta parte preparatoria, no me podría olvidar de otros compañeros que desde el principio me han ayudado en toda la preparación, con los que he compartido entrenamientos, me han dado aliento y animado a no desistir para que siguiera adelante con mi empeño. Seguro que es injusto nombrarlos por que alguno me dejaré, pero claves en todo esto han sido: Noni, mi papá deportivamente hablando porque me cuida y mima como nadie, Josepe, un amigo que con sus palabras de ánimo y alabanza siempre me hacen mantenerme psicológicamente a tope; Andrés Valle, él es el “psicoanalista”, el que me pone los pies en el suelo y me calma en momentos de euforia; Juan Pulido, un compañero y amigo que ha sufrido y disfrutado a la par mía. Y como no, a todos los miembros de mi club, Trailrunners AVANZA Jaén, que han sido esa fuerza intangible que desde la lejanía de los kilómetros, nos han empujado hasta conseguir pasar por el arco de meta.

La UTMB empiezas a correrla 10-11 meses antes del día de la prueba, desde que te ves en la lista de inscritos. Es imposible sacar de tu cabeza cuanto deseas que llegue ese momento. Cuántos vídeos, crónicas, resúmenes del trazado no habré visto durante este tiempo, me han ayudado a visualizar donde me iba a ver meses después, a prepararme mentalmente para verme en una situación que iba a ser nueva para mí a nivel deportivo. Nunca había hecho una prueba de más de 125 km. Ese trabajo mental ha ido paralelo al trabajo físico como si de unas vías de tren se tratara, el de la derecha es la preparación física, el de la izquierda el mental, y he tratado que las dos fueran de manera uniforme creciendo para poder alcanzar esa línea de meta tan ansiada.

Dos semanas antes de la carrera comienzan los nervios. Recurrente es el pensamiento que se te viene a la cabeza sobre si has entrenado bien, si has entrenado lo suficiente, si los desniveles que has salvado en los entrenamientos serán suficientes como para afrontar las brutales e interminables subidas de la UTMB. Todos esos pensamientos, puedo asegurar, que son además de inevitables, una gran tontería, porque amigos, ¿cómo se entrena una carrera en la que vas a estar dos noches sin dormir, en la que sabes que antes o después te llegará ese momento de vacío total que no te permitirá ni trotar cuesta abajo? Esta carrera es imposible de entrenar. Es tan bestial a todos los niveles, que nunca harás los kilómetros suficientes, no harás el desnivel suficiente ni habrás entrenado con la calidad que esta prueba precisa. Pero lo que si me tranquilizaba, era tener la paz interior de que había hecho todo lo posible por estar en las mejores condiciones físicas y mentales para afrontarla.

El jueves 31/08 fue el día elegido para viajar. Llegamos a Chamonix el día antes de la carrera, y la verdad es que el viaje fue bien hasta que nos enteramos vía SMS de la organización, que debido a las condiciones meteorológicas adversa que se presentaban, el recorrido podría ser modificado, o que incluso la carrera podría ser neutralizada en algún punto si las condiciones no garantizaban la seguridad de los corredores. Eso la verdad es que era una muy mala noticia, porque una vez que estas allí, quieres recorrer todos y cada uno de los kilómetros. Finalmente, el mismo viernes por la mañana, horas antes de la salida, nos confirmaron que el horario de salida se retrasaba media hora y que el recorrido fue variado en dos puntos, pero que tanto la distancia como el desnivel serían los mismos.

FOTO2

La ‘triple A’, con la pancarta del Club Trailrunners Jaén, en Chamonix.

Las horas previas a la carrera fueron interminables. Comimos pronto para intentar dormir un rato en la siesta, aunque yo no conseguí pegar ojo,ya estaba haciendo mentalmente mis primeros kilómetros. Mientras tanto, Aceituno sí que dormía, era el más tranquilo de los tres. La experiencia es un grado y él sabía a lo que se iba a enfrentar. Desde aquí decirle que esta carrera es una locura, pero que hacerla por segunda vez sabiendo donde te metes, es de inconscientes, jajaja… Pero él sabía que tenía que estar allí para cumplir el sueño de hacerla junto a su querido Pino. Antonio Pino, creo que también consiguió dormir, aunque se le notaba más intranquilo. Se movía mucho en la cama, le vi un par de veces mirar su reloj fetiche. Fetiche porque es con el que hace todas las carreras. No es un gps de última generación. La única información que te da es la hora del día, pero para él es el mejor reloj con el que puede correr, es el reloj de su hija Patricia, que seguro que cada vez que lo mirara durante la carrera le iba a dar un plus de motivación, en la otra muñeca también llevaba pulseritas a modo de amuleto de sus otros tres hijos.

Y es que esta carrera es tan monstruosa que tienes que tener atado hasta el más mínimo detalle, y el psicológico aquí tiene un valor extra. Yo también llevaba mis propios amuletos. Mi hijo Antonio, el que más sufre conmigo, el que los días antes de la carrera estaba serio, casi os podría decir que estaba enfadado conmigo porque no quería que me fuera de casa. Se había montado su propia película y tenía miedo porque me pudiera pasar algo. De él siempre llevo una pequeña copita de juguete metida en el bolsillo de la mochila con la que corro. Me la dio hace años cuando finalicé el Ironman. Al acabar aquella prueba, me preguntó si había ganado. Jajaja, el pobre ve en mi un héroe. Le dije que no, que  otros triatletas habían entrado delante mía, pero eso a él le dio igual, cogió su copita de juguete y me la dio diciéndome que para él, yo era el ganador…

De Paola llevaba un collar con su piedrecita de la suerte que no debía tocar para que su magia no se rompiera. En varias ocasiones me lo recordó antes de despedirse de mí insistiendo en esto. De mi mujer también quise llevar nuestra alianza para que me ayudara en los momentos complicados, y a última hora del miércoles antes de viajar, mi madre también quiso darme una medallita para que me protegiera. Los que tenemos hijos sabemos lo que sufre una madre por un hijo. Todos esos amuletos formaban parte de mi material obligatorio de carrera. La organización de la UTMB no me obligaba a llevarlos, pero yo sabía que eran impresionables para mí.

A las 17:00 h., una hora y media antes de la carrera, sonó el despertador. Nos levantamos como un resorte, esos minutos que tardas en vestirte, prepararte, revisar que todo estuviera en su sitio…. esos minutos son muy emotivos. En una habitación de no mas de 8 metros cuadrados estábamos tres amigos, con tres historias distintas pero con un mismo objetivo, cada uno por un lado, en silencio, concentrados, momentos mágicos por todo lo que se dice sin abrir la boca, cruce de miradas cómplices llenas de incertidumbre y adrenalina. La tensión se podía cortar y ese silencio sepulcral no se rompió hasta que una vez estábamos listos, dije: “bueno amigos, estamos donde queremos estar, con quien queremos estar, qué más podemos pedir…ahora solo queda acabar esta puta carrera y disfrutarla al máximo….”. Nos dimos un abrazo justo antes de salir de la habitación y nos dirigimos a la línea de salida.

Llegamos a las 18:00 h. con 30 minutos de antelación. Esos minutos son increíbles. Estás en medio de la plaza donde llevas años soñando estar, rodeado de otros 2.500 corredores venidos de 93 países distintos. Estás donde cualquier corredor de Ultra distancia quisiera, a poco menos de media hora para enfrentarte a ese enemigo que tanto amas. En las pantallas gigantes enfocaban a los corredores Pro más importantes de este mundillo. Acojona verte en el mismo sitio que ellos, pero es una de las grandes cosas que te permite practicar este deporte. Te permite estar al lado de los mejores. Sobre las 18:15 h., la directora de carrera, a través de la megafonía, hizo un pequeño briefing para comentarnos las pequeñas modificaciones del trazado y las condiciones meteorológicas con las que nos íbamos a encontrar, insistió en que no escatimáramos en la ropa de abrigo porque en los collados más altos íbamos a tener una sensación térmica de -9º centígrados, con fuerte viento y riesgo de nevadas.

Si la carrera de por sí ya es complicada, estas condiciones hacían que el respeto y la prudencia para afrontarla fueran aún mayor. A las 18:23 h. os puedo decir que me deshice. Tuve que coger al unísono la mano de Pino y el brazo de Aceituno, me aferré a ellos como un niño chico, noté como mi cara se desencajaba y mis ojos se cristalizaban, pasé miedo, pero mis compañeros me ayudaron a superarlo. Pino me apretaba la mano con fuerza y me miraba dándome confianza. Aceituno por su parte me acariciaba la mano. Esos gestos me tranquilizaron, me transmitieron que allí no estaba solo y que aunque íbamos a afrontar la carrera de forma individual, mentalmente la haríamos en equipo.

Ya solo quedaba esperar a que sonara esa canción mágica previa a la salida, “la conquista del paraíso”. Esos momentos son indescriptibles, no eres capaz de asimilar que estas en el lugar soñado…

FOTO3

Aceituno, Díaz y Pino, preparados para afrontar la carrera.

Sobre la carrera en sí, a día de hoy, aún se me vienen momentos nuevos que poco a poco van dando forma a los 170 km y las 39:37 h. que invertí en hacerla. Mi planteamiento de carrera fue como no podía ser de otra forma muy conservador, con el único objetivo de conseguir acabarla. Una vez pasados los 8 primeros km. totalmente llanos que acordamos hacerlos los tres juntos, cada uno cogimos nuestro ritmo.  Pino iba súper y si no le pasaba nada, como así fue, iba a hacer un carrerón. Yo le auguré que estaría entre las 30 y 32 horas y no fallé. Hizo 30:30 h. y porque tuvo mala suerte al final con su frontal. Si no seguro que habría bajado de las 30 h., que para que os hagáis una idea, es estar en el top 100 de los mejores corredores del mundo. Lo de este hombre es impresionante y nos deja con la boca abierta a todos los que lo conocemos. Por su parte Aceituno, iba más conservador porque su preparación no fue todo lo buena que hubiera querido, pero su experiencia iba a suplir esa falta de km terminando con un tiempazo de 37 h. Por mí parte, para alcanzar la meta final, me puse tres objetivos a conseguir de forma paulatina a lo largo de la carrera. En primer lugar quería que los puntos de corte que había a lo largo del trazado no me supusieran un estrés extra. Por suerte, la primera parte de la carrera la hice muy bien, a buen ritmo y mejorando mis previsiones previas. Esto me hizo llegar al Courmayeur, km 80, con ese objetivo más que superado, lo que hizo que mi confianza aumentara exponencialmente. Mi segundo objetivo era ir cumpliendo mi planificación de tiempos, que en ese punto también lo estaba consiguiendo. La segunda parte de carrera, ya en zona de Alpes Italianos, nos llevaba por los refugios de Bertone, Bonatti  hasta llegar al Gran Col de Ferret. En ese punto, a unos 2.800 metros de altitud, dejábamos atrás Italia y entrabamos en tierras Suizas. Ahí pasé uno de los momentos más complicados de la carrera. Ya nos lo advirtieron justo en el avituallamiento previo a la subida a Ferret, era obligatorio ponerse toda la ropa de abrigo incluido el sobre pantalón impermeable si queríamos seguir en carrera. Las condiciones arriba eran de ventisca con nieve y no se equivocaron. A medida que ibas ascendiendo, la situación se complicaba. El viento, el frio y la nieve me machacaron. La nieve me golpeaba en la cara como si de alfileres se tratara. He de decir que aunque la situación era extrema, disfruté luchando contra aquello. Una vez arriba, los voluntarios que allí se encontraban, gran mérito el suyo, no nos permitieron permanecer arriba ni un segundo, nos obligaron a descender para que el frio no nos hiciera presos y provocara males mayores. Dada aquella situación, se me vino a la cabeza que la organización pudiera neutralizar la carrera ya que las condiciones iban a peor, pero por suerte no fue así y todos los corredores pudieron pasar por aquel punto.

Hubo un momento clave emocionalmente en la carrera, llegado al km 110, La Fouly. La organización había dado la posibilidad de que los participantes tuviéramos un video de ánimo de familiares y amigos, y la verdad, es que cuando llevas casi 23 horas corriendo, ver la cara de tu familia en una pantalla dándote ánimos para que sigas adelante es un subidón de adrenalina brutal. Después me dijo mi mujer que para hacerlo, hicieron falta varios intentos, porque Antonio era incapaz de hablar sin que se le saltaran las lágrimas. También vi en la pantalla a mi querido cuñado, José Carlos Cámara, jejejeje. Su mensaje tenía guasa, me invitaba a que me dejara de sentimentalismos y que me pusiera a correr que para eso estaba allí..

Desde ese km hasta Champex-Lac, el terreno era llevadero con tan solo una pequeña subida que te llevaba a este pueblo. Allí nos poníamos en el km 123, y por delante faltaban los 47 km más brutales de la carrera. Nos faltaban tres subidas interminables, que sumadas a que empezaba la segunda noche y que a esas alturas las fuerzas ya brillaban por su ausencia, todo iba a ser cuestión de cabeza. En ese punto es donde sale el entrenamiento mental previo a la carrera. Tener claro que ese momento iba a llegar,  tenerlo asumido y asimilado, eso es lo que en ese punto te hace seguir adelante o desistir. Champex-Lac es el punto de control donde mayor número de corredores abandona. Yo lo tenía muy claro y además me encontraba con mucho ánimo y confianza, así que ni siquiera le di la oportunidad a la cabeza a que la idea de abandonar apareciera.

Lo de la segunda noche es una locura. Había oído hablar que el cansancio, el sueño, el vacío fisiológico podía provocar tener visiones y he de decir que lo comprobé en mis propias carnes. Es increíble como la cabeza te hace ver cosas que no están. Veía carpas de avituallamientos a cada curva, las ramas de los árboles se convertían en animales inexistentes. Como anécdota, Noelia Camacho, increíble corredora de montaña, me comentó al día siguiente de la carrera que ella veía tales visiones, que incluso tenía que palpar con la mano por donde pasaba para darse cuenta que era un visión.

Entre visiones, paso de las horas, subidas y bajadas interminables, me fue amaneciendo. Ya en tierras francesas, sobre las 08:30 h. de la mañana del domingo, llegué al último avituallamiento antes de dirigirme por fin a Chamonix, y dar por finalizada esta vuelta al macizo del Mont Blanc. En ese punto me di cuenta que había vencido a esta monstruosa carrera y no solo me  alegre por mí, me alegre especialmente por mis dos compañeros de aventura. Sin haberlo hablado, los tres sabíamos que era alto complicado que los tres acabáramos, porque el porcentaje de abandono de esta prueba está por encima del 35% y eso significa que uno de cada tres corredores no concluye, y de los tres, yo era quizás el que más papeletas tenía para hacerlo. Pero no me dejé vencer…

No solo corría con mis piernas, corría con el compromiso personal de llegar a meta para que la alegría de mis compañeros fuera plena. El abandono de cualquiera de los tres supondría que esta experiencia no fuera plena y completamente feliz, necesitaba acabar por mí y por ellos…

FOTO5

Un momento de la prueba.

Ya solo me quedaban 8 km de bajada a meta, no tuve prisa en acabarlos. Quise disfrutarlos, repasar la carrera, los momentos complicados y bonitos por los que había pasado. Me emocioné al pensar que habría mucha gente en España esperando que mi muñequito que recorre el perfil de la prueba en el seguimiento en directo apareciera en Chamonix con la palabra FINISHER debajo de él. Fueron minutos muy intensos. Te cruzabas con personas que iban haciendo senderismo o corriendo en dirección contraria que se paraban para animarte y darte la enhorabuena. Fue mi momento de disfrutar por todo lo que había sufrido.

Ya en las calles de Chamonix, a escasos 500 m de la línea de meta, la primera cara conocida que vi fue la de Lorenzo Pérez Barajas, un señor de la montaña que no había participado en esta edición pero que llevaba sin dormir dos noches, haciendo km de avituallamiento en avituallamiento dando apoyo a su pareja Noelia. Allí estaba para recibirme. Sus palabras de apoyo y alabanza no las olvidaré nunca. Un poco más adelante, a dos curvas de encarar la tan ansiada línea de meta, se encontraba Aceituno con la bandera de Jaén en la mano para entregármela. Nos fundimos en un abrazo increíble, ya con la bandera de mi Jaén rodeándome y cubriendo mi cuerpo. Había soñado muchas veces con ese momento, cruzar la línea de menta de la carrera más bonita del mundo portando mi bandera. Encaré esa recta final, con ese arco de meta tan precioso, y que el día de antes había evitado cruzar por simple superstición. En esa recta me esperaba mi amigo, mi compañero, el jefe de los Trailrunners Jaén, Antonio Sánchez del Pino. Esos últimos 50 metros son increíbles, es el momento por el que tres años atrás, hice caso a Pino y me puse esta prueba por objetivo. En esos 50 metros le das sentido a todo lo invertido, al esfuerzo, a los malos momentos, a los sin sabores que durante tres años se padecen para colocarte ahí, a escasos segundos de despertar del sueño en el que entré tres años atrás… Y del sueño desperté cuando Pino me abrazó recién cruzada esa mágica línea de meta…

FOTO8.jpg

La ‘triple A’, finishers de la UTMB 2017.

No solo corrí con mis piernas, corrí con las de todas las personas a las que quiero y me quieren.  “Antonio, estoy orgulloso de ti, sigues siendo un  RESILIENTE, soy el arquitecto de mi propia alegría y mi propio destino”. VAMOSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS……

Autor: Antonio Manuel Díaz García.

La Montaña Blanca

foto1

La arista…, sinuosa, recorre la panza de la mole ya lubricada por los primeros rayos del sol. El cielo, de un denso y homogéneo azul capri, apenas presenta acontecimientos. Una fila interminable de figurillas, en un trajín nervioso y absurdo, recorre en ambos sentidos el pisoteado sendero de nieve que conduce a la cima del Mont Blanc…

J., que se halla encordado a P., se dispone a recorrerla de regreso cuando decide ceder el paso a un grupo de ensimismados excursionistas. Un movimiento erróneo –J. se sienta sobre la superficie tendida de la arista y libera así los crampones del altar del hielo- y, en un instante, ambos ya han sido arrebatados por las impepinables fuerzas del dinamismo…  La cordada se precipita entonces al unísono…y ni el piolet ni los desesperados zarpazos que asestan con las manos contra la pared inasible de hielo consiguen detenerlos; y el abismo los succiona definitivamente…(la arista desciende de forma abrupta desde los 4600 m de altura hasta prácticamente los 2000 m por el glaciar de Bossons). A medida que cae, J. apenas puede mantener la coherencia de sus pensamientos. Un collage desordenado de imágenes se presenta vertiginosamente a sus ojos y apenas encuentra un instante, generalmente para sentir una compasión infinita hacia sí mismo. Llega el primer gran impacto…nota como algún hueso fundamental de la espalda se troncha, sin poder determinar con qué exactamente ha chocado; segundos después siente un dolor inmenso, inasumible, que le recorre todo el cuerpo hasta las puntas de los dedos de pies y manos; en seguida otro tremendo golpe, quizás contra un penitente o alguna otra forma caprichosa del hielo, y entonces todo… su maltrecho y descompuesto cuerpo, su cara abrasada, la inmensa desdicha de sus pensamientos… se funden en un negro profundísimo…

J. despierta en medio de la oscuridad; apenas ha conseguido dormir veinte minutos seguidos. El sueño del abismo no lo ha alterado, más bien se encuentra sereno e incluso disfruta de cierta placidez tumbado sobre el cálido suelo de madera del antiguo y abandonado refugio de Gouter (3.900 m de altitud), al que apenas unas horas antes han accedido sus compañeros y él a través de un ventanuco redondo oportunamente abierto en la parte trasera. A escasos 500 m se encuentra el nuevo refugio; bueno, más bien hotel de Gouter. Se trata de un desconcertante edificio aovado con aspecto de satélite meteorológico que cuelga del balcón de la montaña homónima. Algunas horas antes, el huesudo gabacho que dirige el chiringuito, les ha negado alojamiento con cierto aire de superioridad, pues carecen de reserva fija (ni siquiera se les permite dormir en el suelo de la entrada). Nuestro guía T. (“manijero” le llamábamos por razones que ahora no vienen al caso) nos habla del viejo refugio, y no lo pensamos mucho. En la entrada de este se amontonan un grupo de montañeros, mayormente rusos, a los que parece no afectar el frío, que esperan su oportunidad para deslizarse dentro del mismo. Ispantsy! (“¡Españoles!”) se escucha gritar a uno de ellos.

foto2

Esa misma mañana habíamos ascendido desde el refugio de Teté Rousse por el trepadero de Gouter, con el glaciar Bionassay a la derecha. A la entrada de esta falla que salva 800 m de desnivel, se encuentra el Grand Couloir, o más conocido como el paso de La Bolera, uno de los más accidentados de las distintas rutas que conducen a la cima…Los grupos de montañeros cruzan sus escasos 50 metros por tandas, a trote torpe y ansioso pero ligero, con la esperanza de minimizar así el infortunio del azar geológico: cada tiempo indeterminado, desde la cornisa que se halla en estado de descomposición, se precipitan como proyectiles piedras de distintos tamaños…”Pierre! Pierre!” (¡Piedra! ¡Piedra!) Gritan en ocasiones desde las alturas. La torpeza de algunos excursionistas también contribuye a la ruina de la montaña y los montañeros…Una vez superada la bolera, se inicia una subida por una de las crestas, cuya mayor dificultad, además de un par de pasos de escalada de no mucha, estriba en sortear, una vez más, las oleadas de excursionistas que en ambas direcciones se disponen obsesivamente a la cima o regresan consolados de ella…

La montaña blanca… hasta no hace mucho tiempo era conocida entre los lugareños como la “montaña maldita”, poblada por un mundo de hadas y demonios en el que se celebraban estrafalarias danzas de brujos, y que ejercía con su blancura eternamente presente una influencia decisiva sobre la vida de los ciudadanos del valle…Pensando sobre lo blanco, en medio de su obstinada presencia, releo las extrañísimas palabras que Melville, en su obra MOBY DICK, dedica a este color: “Hay algo elusivo que se guarece en lo más interno de la idea de este color, susceptible de producir más pánico al alma que el rojo de la sangre, que aterra. En esta inaprensible cualidad que hace el pensamiento de la blancura, cuando está disociado de sus más amables disociaciones y adherido a un objeto terrible en sí mismo, eleva el terror a sus más encumbrados límites. El oso blanco de los polos y el tiburón blanco de los trópicos…<la ballena blanca>. ¿Será acaso que por su indefinición contribuya a oscurecer los espacios inertes y las inmensidades del universo, y nos ataca traidoramente con la idea de la aniquilación, cuando contemplamos los blancos abismos de la vía láctea? ¿O será que, en esencia, no siendo tanto el blanco un color, como la ausencia visible de color, y a la vez la concreción de todos los colores, se deba a estas razones que haya tal muda lividez, llena de significación, en un dilatado paisaje de nieves un abigarrado ateísmo sin color, ante el que nos estremecemos?” (“La blancura de la ballena”. Moby Dick. H. Melville).

foto3

Son casi las nueve de la noche en el refugio; suavemente me sumerjo nuevamente en la caverna del sueño. A medianoche comenzamos la ascensión definitiva al Mont Blanc. La luna se hunde ensangrentada en el horizonte transalpino. La noche es marrón y lo oscuro no puede ocultar el blanco de las tres lomas que consecutivamente se interponen entre nosotros y la cima: dome de Gouter (4.304 m), refugio de Vallot (4.362 m) y propiamente la arista y panza del Mont Blanc (4.810 m).

Caminamos resueltos en dos cordadas de tres, aligerados de peso, pero con todos los pertrechos: crampones, piolet, casco, arnés, cuerdas, ropa extra de abrigo, etc. La noche es perfecta; apenas corre viento, pero cuando uno se detiene el frío le posee (esa sensación se irá incrementando con la altura). A partir de los 4.200 m, J. se percata de cierto desbarajuste en su respiración, que si bien no le alarma, si le lleva a intentar ordenarlo de forma consciente. Eso, unido a un leve pero constante dolor de cabeza que el ibuprofeno no ha conseguido eliminar, es el precio que su cuerpo debe pagar por la altura, aceptable, concluye J. Llega un momento en el que seguir subiendo se convierte en algo difícil de explicar… En la noche y sin referencias del valle, subir parece escapar, como si la tierra, con su trasiego y sus cosas, quedará definitivamente atrás; como si hubiéramos alcanzado la frontera del mundo… Hacemos cumbre al amanecer. Ya está dicho por muchos y en muchos sitios: la meta, el objetivo geofísico del viaje, una vez alcanzado, deja una enorme sensación de vacío en el viajero. El grupo entero: T., L., P., J., J., P. y J. reflexiona sobre las montañas. El Mont Blanc es solo una montaña más y su altura no significa nada; incluso degrada a la montaña cuando se traduce en espectáculo o en un simple reto cuantitativo…hay miles y miles de montañas, todas ellas más bajas y desconocidas, donde la pasión del montañero acontece de forma auténtica.

foto5

J., que se halla encordado a P., se dispone a recorrer de regreso la arista que, sinuosa, recorre la panza de la mole ya lubricada por los primeros rayos del sol. El cielo, de un denso y homogéneo azul capri, apenas presenta acontecimientos. Una fila interminable de figurillas, en un trajín nervioso y absurdo, recorre en ambos sentidos el pisoteado sendero de nieve que conduce a la cima del Mont Blanc…J. se hace a un lado para dejar paso e intuitivamente, sujeto por la dragonera, hunde el mango de su piolet hasta la pala en la base del camino, y a él se aferra; siente un miedo inmenso por el vacío que aguarda a sus espaldas y al que en ningún momento mira a los ojos. Se pregunta con angustia: “¿qué hago aquí?” Pero luego comprende que esa pregunta (sin respuesta) da realmente sentido a todo viaje.

foto6

Autor: Javier Hernández (Turbio).

Sierra Nevada: sol y nieve

20032010_1591016784276637_7244300903908003963_n

Sebastián, a la derecha, junto a Jesús M., compañero del club, en la salida.

Sierra Nevada ha sabido publicitarse durante muchos años por su conjunción perfecta de sol y nieve. Yo durante los ciento dos kilómetros del recorrido de la Ultra Trail Sierra Nevada 2017 nieve no vi, como era previsible en julio,  pero sol tuve para hartarme. Estas  montañas son el paraíso para un esquiador en invierno y  el infierno para un corredor en verano.

Afronté la ultra con cierto temor, o mejor dicho, con mucho respeto. Este respeto  ha sido el que me hizo que semanas antes de la prueba todos mis entrenamientos los hiciese sobre las cinco de la tarde. Justo cuando más desaconsejado está salir a correr. No soy un loco, ni un temerario, por eso los entrenamientos los hacía muy bien hidratado y con muy bajo nivel de intensidad, pero necesitaba saber lo que era correr con calor intenso para que en el ultra no me venciese el sol. Tengo que reconocer que ha sido efectivo. El calor de Sierra Nevada me parecía mucho más soportable que el calor de la canícula en mitad de los olivares de Jaén.  Por eso, si soy totalmente sincero,  no me pareció  que fuese para tanto, a pesar de que en algún momento rozamos los cuarenta y cuatro grados. Reconozco que muchos compañeros no lo pudieron soportar y tuvieron que abandonar porque su cuerpo estaba dando importantes señales de alarma. Yo hubiese hecho igual ante el más mínimo signo que pudiese comprometer mi salud. En los avituallamientos era normal ver algunos corredores mareados, siendo atendidos por el personal sanitario, tomándoles la tensión o con suero puesto, y muchos otros que directamente había tirado la toalla por la sensación asfixiante de calor.

La carrera la afronté de más a menos… Sí, ya sé que debería ser al revés, pero pensé que durante la noche podría correr sin grandes problemas, apretando todo lo que pudiese, para que cuando llegase el sol me pillase lo más cerca posible de meta. Gracias a eso, a las ocho de la mañana, ya había pasado ampliamente el ecuador de la prueba. Creo que fue buena estrategia. Aunque por querer ir más rápido cometiese un grave error que me castigaría el resto de la carrera. Por no perder unos segundos y esperar mi turno en la fila india de corredores que se formó para vadear el primer río que cruza el recorrido, lo atravesé por mitad del agua. No valoré las consecuencias que eso iba a tener: calcetines mojados el resto de la carrera, pies completamente arrugados por tanta humedad, que con el calor se empezaron a cocer en su propio jugo. Eso hizo que me saliesen ampollas en varios puntos de la planta del pie que me condicionarían mucho el resto del ultra cada vez que intentaba apretar más.

20117134_1591861564192159_5948089127100841385_o.jpg

Sebastián, con la medalla de finisher, tras cruzar la meta.

Aunque preveía que mi ritmo descendería al llegar el día, no imaginé que apenas ya podría volver a correr.  Casi los cuarenta kilómetros finales los hice caminando o con un trote muy lento, bien porque eran subidas que no me permitían otra cosa,  bien porque el sol apretaba demasiado como para arriesgarse a un sobreesfuerzo,  o bien porque era  doloroso correr ya con las ampollas.  A pesar de todo no me desanimé. Tuve que borrar de mi cabeza las previsiones de tiempo que había hecho, concentrarme en seguir adelante y caminar sin prisas, parando a la sombra cada vez que me sentía algo más cansado.

Mi objetivo en la segunda parte de la prueba ya no era llegar a la meta, sino llegar hasta el próximo avituallamiento, donde me sentaría tranquilamente con un refresco de cola bien fresco y una buena rodaja de sandía. Así uno, luego otro y otro… cada vez más seguro, cada vez más emocionado porque ya tenía la meta al alcance de la mano. Aunque confieso que en el kilómetro vertical de la subida al Veleta me pareció un mazazo. Cuando llevas noventa kilómetros a la espalda, tener que afrontar una subida de cinco kilómetros con ese desnivel, es una putada. Pero pude  sacar fuerza donde yo pensaba que ya no quedaba nada e incluso logre dejar atrás a algunos compañeros de fatigas.

Así llegué arriba, un último descanso y a correr… Ahora sí. Bajé los seis o siete kilómetros como una bala, despreciando el dolor insoportable de las plantas de los pies, sin importarme nada más que cruzar la línea de meta para disfrutar de la sensación de plenitud que te da el trabajo bien hecho, llamar a mi familia, escribir a los compañeros del club y a aquellos amigos que se han preocupado por mí en las veintiuna horas que he estado corriendo y decirles que estoy bien; que soy feliz.

Autor: Sebastián Martínez Pulido.

Cómo sentirte grande corriendo 5 kilómetros

foto_artículo_Dora

Últimamente no tengo tanto tiempo para salir a correr. Que nadie se apiade: es porque tengo un montón de cosas interesantes que hacer. Pero reconozco que a veces me agobio pensando que “voy a ir a menos” en esto del mundillo trail.

El otro día al fin me calcé las zapatillas a pesar de que era un poco tarde ya, pero me dije “doy una vuelta al menos”. Y en un ratito descubrí un carril chulísimo, me crucé con una cabra montesa, cogí renacuajos en una fuente, pasé varios cortijos, vi un criadero de conejos, saludé a Paco el pastor y salté una valla.

Normalmente nos gusta contar los kilómetros que hacemos y, si son muchos, nos sentimos muy orgullosos. Hay mogollón de aplicaciones y cacharritos para atesorar nuestros kilómetros y acumularlos como en una cuenta del banco. Y las carreras de montaña tienen más respeto por lo general cuanto más largas son y más desnivel y dificultad tienen.

Siento un profundo respeto por las grandes hazañas y por quienes las completan. Proponerse correr un ultra implica mucho valor, pero también mucha responsabilidad sobre nuestras capacidades. Se trata de una meta muy soñada para algunos y algunas, lo cual es lógico puesto que despierta mucha admiración por parte de los demás y orgullo hacia nosotros mismos. Abundan por ello las crónicas, los planes de entrenamiento, los seguidores de grandes corredores/as a los que queremos acercarnos.

Pero no siempre disponemos de la posibilidad de entrenar para grandes distancias. A veces, sencillamente, nos falta el tiempo. Y es fácil sentir que “correr un poco” vale menos o no tiene tanto mérito. Empezamos a apuntarnos a “la distancia corta” de las carreras (la de verdad es la larga y la otra, la corta), los minitrail, no aguantamos el ritmo de los compañeros en los entrenamientos.

Puede que hasta dejemos de correr.

Pues no. No lo hagas. Voy a decirte un puñado de verdades acerca de correr poquito que mucha gente ignora. Demos la vuelta a la tortilla.

 

Cosas bonitas de correr poco:

  1. Eres más respetuoso/a con tu cuerpo: corriendo un ratito es muy difícil que te pases de la raya y que te lesiones si no es porque tengas un percance. Además, normalmente saldrás a correr cuando tengas ganas y correrás tanto como te apetezca. No tienes que hacer “x” kilómetros porque tienes un ultra en tres meses y hay que entrenar. Tampoco te marcas un tiempo. Es posible que no te lleves ni el reloj.
  2. Eres más respetuoso/a con tu vida: como corres sólo cuando te viene bien, no necesitas dejar de lado otros planes. Tienes más tiempo para la familia, amigos, otras aficiones. No hace falta hacer malabarismos con tu agenda. No te da apuro el día que no has podido salir a correr. Y cuando sí que sales al monte, disfrutas a cada paso que das.
  3. Pones menos atención en los kilómetros y los minutos y más en todo lo demás: empiezas a ver animalillos por todos lados, a parar en todas las fuentes, a observar cómo cambian las plantas según la estación. Te entretienes en comer moras o un diente de león. Coges un desvío diferente y descubres un lugar nuevo que te encanta. Te paras a mandar un whatsapp con un pensamiento bonito que se te acaba de ocurrir para una persona especial.
  4. No necesitas llevar el kit completo de corredor de montaña: a no ser que sea pleno verano y el ‘lorenzo’ te vaya a dar todo el camino, puedes dejar la mochila, el gps, los geles… si planeas una ruta sencilla de antemano sólo necesitas las zapatillas y la ropa. A veces sólo cojo la llave de casa. Me hace sentir libre y ligera.
  5. Puedes dedicar más tiempo a estirar después: conozco a muchos corredores/as que nunca estiran después de correr. Pueden estar 6 horas en el monte pero no dedican ni 5 minutos a relajarse y mimarse. Es todo un placer. Música suave. Moverse despacio y con plena consciencia. Darle gracias a tu cuerpo por hacerte sentir tan bien.
  6. Gasta menos dinero: no sólo porque las zapatillas te durarán más. Además puede que te baste con un modelo sencillo, más económico. Igual no necesitas el cortavientos más chachi de la tienda. Las carreras “cortas” son siempre más baratas. Y la experiencia es igualmente bonita: los nervios a la hora de salir, la belleza del recorrido, la alegría de llegar a meta (¡el mismo plato de paella!).
  7. Anima a tus compañeros/as: cuando tengas una carrera, como normalmente llegarás antes, puedes disfrutar aplaudiendo en la meta o animando a mitad del recorrido. Puede ser muy emocionante verlos pasar y darles ánimos. Hazles fotos, es de agradecer. Y si no, sé el primero en tomarse algo fresquito y descansar.
  8. Presta atención a la gente que encuentres: cuando no vas a tope te topas con otro tipo de personas. Sobre todo en las carreras. Hace poco corrí un trail en el que fui realmente lenta, acompañando a un amigo que no se encontraba bien. Al principio me costaba un poco, pero luego me relajé. Conocimos a un hombre enfermo de cáncer que había tenido una sesión de quimioterapia dos días antes. A personas que corrían su primera carrera, llenas de ilusión. Se escuchan muchas conversaciones interesantes y divertidas de los grupos de amigos que van juntos. Me pareció impresionante y me lo habría perdido de ir más rápido.
  9. Aprende que las cosas más hermosas no se pueden medir: nadie puede decir que sea mejor correr 30 kilómetros que 4. Ni tardar una hora o dos horas. Cada cual hemos de crearnos nuestras propias metas de manera que encajen con nosotros/as. Déjate guiar por tus deseos y lo que te causa placer. No te compares con nadie. Eres una persona valiosa y única.
  10. Búrlate tranquilamente de los números: escribiendo esto me he acordado de muchos pasajes de “El principito”. Especialmente éste:

<<A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado”, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: “He visto una casa que vale cien mil francos”. Entonces exclaman entusiasmados: “¡Oh, qué preciosa es!” (…) Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir: “Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…” Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.>>

Esta mañana salí a correr. Había dormido bien y el día era espléndido. Descubrí un sendero precioso que recorre la cima de un monte, con Sierra Nevada al fondo, con sus cumbres blancas aunque cada vez menos por el sol de la primavera. Las vacas me miraron durante medio segundo hasta comprender que yo no representaba ningún riesgo y entonces continuaron pastando tranquilas, ignorándome. Me metí entre una espesura de enebro buscando cuidadosamente dónde meter el pie. Hablé en inglés con un francés que estaba de vacaciones. Cuando volví al cortijo donde estoy viviendo, me sentía llena de energía y felicidad.

No sé cuántos kilómetros hice ni el tiempo que estuve. Pero se me ocurrió algo para escribir.

Autora: Adoración Montejo (Dora la Soñadora).