La Montaña Blanca

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La arista…, sinuosa, recorre la panza de la mole ya lubricada por los primeros rayos del sol. El cielo, de un denso y homogéneo azul capri, apenas presenta acontecimientos. Una fila interminable de figurillas, en un trajín nervioso y absurdo, recorre en ambos sentidos el pisoteado sendero de nieve que conduce a la cima del Mont Blanc…

J., que se halla encordado a P., se dispone a recorrerla de regreso cuando decide ceder el paso a un grupo de ensimismados excursionistas. Un movimiento erróneo –J. se sienta sobre la superficie tendida de la arista y libera así los crampones del altar del hielo- y, en un instante, ambos ya han sido arrebatados por las impepinables fuerzas del dinamismo…  La cordada se precipita entonces al unísono…y ni el piolet ni los desesperados zarpazos que asestan con las manos contra la pared inasible de hielo consiguen detenerlos; y el abismo los succiona definitivamente…(la arista desciende de forma abrupta desde los 4600 m de altura hasta prácticamente los 2000 m por el glaciar de Bossons). A medida que cae, J. apenas puede mantener la coherencia de sus pensamientos. Un collage desordenado de imágenes se presenta vertiginosamente a sus ojos y apenas encuentra un instante, generalmente para sentir una compasión infinita hacia sí mismo. Llega el primer gran impacto…nota como algún hueso fundamental de la espalda se troncha, sin poder determinar con qué exactamente ha chocado; segundos después siente un dolor inmenso, inasumible, que le recorre todo el cuerpo hasta las puntas de los dedos de pies y manos; en seguida otro tremendo golpe, quizás contra un penitente o alguna otra forma caprichosa del hielo, y entonces todo… su maltrecho y descompuesto cuerpo, su cara abrasada, la inmensa desdicha de sus pensamientos… se funden en un negro profundísimo…

J. despierta en medio de la oscuridad; apenas ha conseguido dormir veinte minutos seguidos. El sueño del abismo no lo ha alterado, más bien se encuentra sereno e incluso disfruta de cierta placidez tumbado sobre el cálido suelo de madera del antiguo y abandonado refugio de Gouter (3.900 m de altitud), al que apenas unas horas antes han accedido sus compañeros y él a través de un ventanuco redondo oportunamente abierto en la parte trasera. A escasos 500 m se encuentra el nuevo refugio; bueno, más bien hotel de Gouter. Se trata de un desconcertante edificio aovado con aspecto de satélite meteorológico que cuelga del balcón de la montaña homónima. Algunas horas antes, el huesudo gabacho que dirige el chiringuito, les ha negado alojamiento con cierto aire de superioridad, pues carecen de reserva fija (ni siquiera se les permite dormir en el suelo de la entrada). Nuestro guía T. (“manijero” le llamábamos por razones que ahora no vienen al caso) nos habla del viejo refugio, y no lo pensamos mucho. En la entrada de este se amontonan un grupo de montañeros, mayormente rusos, a los que parece no afectar el frío, que esperan su oportunidad para deslizarse dentro del mismo. Ispantsy! (“¡Españoles!”) se escucha gritar a uno de ellos.

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Esa misma mañana habíamos ascendido desde el refugio de Teté Rousse por el trepadero de Gouter, con el glaciar Bionassay a la derecha. A la entrada de esta falla que salva 800 m de desnivel, se encuentra el Grand Couloir, o más conocido como el paso de La Bolera, uno de los más accidentados de las distintas rutas que conducen a la cima…Los grupos de montañeros cruzan sus escasos 50 metros por tandas, a trote torpe y ansioso pero ligero, con la esperanza de minimizar así el infortunio del azar geológico: cada tiempo indeterminado, desde la cornisa que se halla en estado de descomposición, se precipitan como proyectiles piedras de distintos tamaños…”Pierre! Pierre!” (¡Piedra! ¡Piedra!) Gritan en ocasiones desde las alturas. La torpeza de algunos excursionistas también contribuye a la ruina de la montaña y los montañeros…Una vez superada la bolera, se inicia una subida por una de las crestas, cuya mayor dificultad, además de un par de pasos de escalada de no mucha, estriba en sortear, una vez más, las oleadas de excursionistas que en ambas direcciones se disponen obsesivamente a la cima o regresan consolados de ella…

La montaña blanca… hasta no hace mucho tiempo era conocida entre los lugareños como la “montaña maldita”, poblada por un mundo de hadas y demonios en el que se celebraban estrafalarias danzas de brujos, y que ejercía con su blancura eternamente presente una influencia decisiva sobre la vida de los ciudadanos del valle…Pensando sobre lo blanco, en medio de su obstinada presencia, releo las extrañísimas palabras que Melville, en su obra MOBY DICK, dedica a este color: “Hay algo elusivo que se guarece en lo más interno de la idea de este color, susceptible de producir más pánico al alma que el rojo de la sangre, que aterra. En esta inaprensible cualidad que hace el pensamiento de la blancura, cuando está disociado de sus más amables disociaciones y adherido a un objeto terrible en sí mismo, eleva el terror a sus más encumbrados límites. El oso blanco de los polos y el tiburón blanco de los trópicos…<la ballena blanca>. ¿Será acaso que por su indefinición contribuya a oscurecer los espacios inertes y las inmensidades del universo, y nos ataca traidoramente con la idea de la aniquilación, cuando contemplamos los blancos abismos de la vía láctea? ¿O será que, en esencia, no siendo tanto el blanco un color, como la ausencia visible de color, y a la vez la concreción de todos los colores, se deba a estas razones que haya tal muda lividez, llena de significación, en un dilatado paisaje de nieves un abigarrado ateísmo sin color, ante el que nos estremecemos?” (“La blancura de la ballena”. Moby Dick. H. Melville).

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Son casi las nueve de la noche en el refugio; suavemente me sumerjo nuevamente en la caverna del sueño. A medianoche comenzamos la ascensión definitiva al Mont Blanc. La luna se hunde ensangrentada en el horizonte transalpino. La noche es marrón y lo oscuro no puede ocultar el blanco de las tres lomas que consecutivamente se interponen entre nosotros y la cima: dome de Gouter (4.304 m), refugio de Vallot (4.362 m) y propiamente la arista y panza del Mont Blanc (4.810 m).

Caminamos resueltos en dos cordadas de tres, aligerados de peso, pero con todos los pertrechos: crampones, piolet, casco, arnés, cuerdas, ropa extra de abrigo, etc. La noche es perfecta; apenas corre viento, pero cuando uno se detiene el frío le posee (esa sensación se irá incrementando con la altura). A partir de los 4.200 m, J. se percata de cierto desbarajuste en su respiración, que si bien no le alarma, si le lleva a intentar ordenarlo de forma consciente. Eso, unido a un leve pero constante dolor de cabeza que el ibuprofeno no ha conseguido eliminar, es el precio que su cuerpo debe pagar por la altura, aceptable, concluye J. Llega un momento en el que seguir subiendo se convierte en algo difícil de explicar… En la noche y sin referencias del valle, subir parece escapar, como si la tierra, con su trasiego y sus cosas, quedará definitivamente atrás; como si hubiéramos alcanzado la frontera del mundo… Hacemos cumbre al amanecer. Ya está dicho por muchos y en muchos sitios: la meta, el objetivo geofísico del viaje, una vez alcanzado, deja una enorme sensación de vacío en el viajero. El grupo entero: T., L., P., J., J., P. y J. reflexiona sobre las montañas. El Mont Blanc es solo una montaña más y su altura no significa nada; incluso degrada a la montaña cuando se traduce en espectáculo o en un simple reto cuantitativo…hay miles y miles de montañas, todas ellas más bajas y desconocidas, donde la pasión del montañero acontece de forma auténtica.

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J., que se halla encordado a P., se dispone a recorrer de regreso la arista que, sinuosa, recorre la panza de la mole ya lubricada por los primeros rayos del sol. El cielo, de un denso y homogéneo azul capri, apenas presenta acontecimientos. Una fila interminable de figurillas, en un trajín nervioso y absurdo, recorre en ambos sentidos el pisoteado sendero de nieve que conduce a la cima del Mont Blanc…J. se hace a un lado para dejar paso e intuitivamente, sujeto por la dragonera, hunde el mango de su piolet hasta la pala en la base del camino, y a él se aferra; siente un miedo inmenso por el vacío que aguarda a sus espaldas y al que en ningún momento mira a los ojos. Se pregunta con angustia: “¿qué hago aquí?” Pero luego comprende que esa pregunta (sin respuesta) da realmente sentido a todo viaje.

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Autor: Javier Hernández (Turbio).

Sierra Nevada: sol y nieve

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Sebastián, a la derecha, junto a Jesús M., compañero del club, en la salida.

Sierra Nevada ha sabido publicitarse durante muchos años por su conjunción perfecta de sol y nieve. Yo durante los ciento dos kilómetros del recorrido de la Ultra Trail Sierra Nevada 2017 nieve no vi, como era previsible en julio,  pero sol tuve para hartarme. Estas  montañas son el paraíso para un esquiador en invierno y  el infierno para un corredor en verano.

Afronté la ultra con cierto temor, o mejor dicho, con mucho respeto. Este respeto  ha sido el que me hizo que semanas antes de la prueba todos mis entrenamientos los hiciese sobre las cinco de la tarde. Justo cuando más desaconsejado está salir a correr. No soy un loco, ni un temerario, por eso los entrenamientos los hacía muy bien hidratado y con muy bajo nivel de intensidad, pero necesitaba saber lo que era correr con calor intenso para que en el ultra no me venciese el sol. Tengo que reconocer que ha sido efectivo. El calor de Sierra Nevada me parecía mucho más soportable que el calor de la canícula en mitad de los olivares de Jaén.  Por eso, si soy totalmente sincero,  no me pareció  que fuese para tanto, a pesar de que en algún momento rozamos los cuarenta y cuatro grados. Reconozco que muchos compañeros no lo pudieron soportar y tuvieron que abandonar porque su cuerpo estaba dando importantes señales de alarma. Yo hubiese hecho igual ante el más mínimo signo que pudiese comprometer mi salud. En los avituallamientos era normal ver algunos corredores mareados, siendo atendidos por el personal sanitario, tomándoles la tensión o con suero puesto, y muchos otros que directamente había tirado la toalla por la sensación asfixiante de calor.

La carrera la afronté de más a menos… Sí, ya sé que debería ser al revés, pero pensé que durante la noche podría correr sin grandes problemas, apretando todo lo que pudiese, para que cuando llegase el sol me pillase lo más cerca posible de meta. Gracias a eso, a las ocho de la mañana, ya había pasado ampliamente el ecuador de la prueba. Creo que fue buena estrategia. Aunque por querer ir más rápido cometiese un grave error que me castigaría el resto de la carrera. Por no perder unos segundos y esperar mi turno en la fila india de corredores que se formó para vadear el primer río que cruza el recorrido, lo atravesé por mitad del agua. No valoré las consecuencias que eso iba a tener: calcetines mojados el resto de la carrera, pies completamente arrugados por tanta humedad, que con el calor se empezaron a cocer en su propio jugo. Eso hizo que me saliesen ampollas en varios puntos de la planta del pie que me condicionarían mucho el resto del ultra cada vez que intentaba apretar más.

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Sebastián, con la medalla de finisher, tras cruzar la meta.

Aunque preveía que mi ritmo descendería al llegar el día, no imaginé que apenas ya podría volver a correr.  Casi los cuarenta kilómetros finales los hice caminando o con un trote muy lento, bien porque eran subidas que no me permitían otra cosa,  bien porque el sol apretaba demasiado como para arriesgarse a un sobreesfuerzo,  o bien porque era  doloroso correr ya con las ampollas.  A pesar de todo no me desanimé. Tuve que borrar de mi cabeza las previsiones de tiempo que había hecho, concentrarme en seguir adelante y caminar sin prisas, parando a la sombra cada vez que me sentía algo más cansado.

Mi objetivo en la segunda parte de la prueba ya no era llegar a la meta, sino llegar hasta el próximo avituallamiento, donde me sentaría tranquilamente con un refresco de cola bien fresco y una buena rodaja de sandía. Así uno, luego otro y otro… cada vez más seguro, cada vez más emocionado porque ya tenía la meta al alcance de la mano. Aunque confieso que en el kilómetro vertical de la subida al Veleta me pareció un mazazo. Cuando llevas noventa kilómetros a la espalda, tener que afrontar una subida de cinco kilómetros con ese desnivel, es una putada. Pero pude  sacar fuerza donde yo pensaba que ya no quedaba nada e incluso logre dejar atrás a algunos compañeros de fatigas.

Así llegué arriba, un último descanso y a correr… Ahora sí. Bajé los seis o siete kilómetros como una bala, despreciando el dolor insoportable de las plantas de los pies, sin importarme nada más que cruzar la línea de meta para disfrutar de la sensación de plenitud que te da el trabajo bien hecho, llamar a mi familia, escribir a los compañeros del club y a aquellos amigos que se han preocupado por mí en las veintiuna horas que he estado corriendo y decirles que estoy bien; que soy feliz.

Autor: Sebastián Martínez Pulido.

Cómo sentirte grande corriendo 5 kilómetros

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Últimamente no tengo tanto tiempo para salir a correr. Que nadie se apiade: es porque tengo un montón de cosas interesantes que hacer. Pero reconozco que a veces me agobio pensando que “voy a ir a menos” en esto del mundillo trail.

El otro día al fin me calcé las zapatillas a pesar de que era un poco tarde ya, pero me dije “doy una vuelta al menos”. Y en un ratito descubrí un carril chulísimo, me crucé con una cabra montesa, cogí renacuajos en una fuente, pasé varios cortijos, vi un criadero de conejos, saludé a Paco el pastor y salté una valla.

Normalmente nos gusta contar los kilómetros que hacemos y, si son muchos, nos sentimos muy orgullosos. Hay mogollón de aplicaciones y cacharritos para atesorar nuestros kilómetros y acumularlos como en una cuenta del banco. Y las carreras de montaña tienen más respeto por lo general cuanto más largas son y más desnivel y dificultad tienen.

Siento un profundo respeto por las grandes hazañas y por quienes las completan. Proponerse correr un ultra implica mucho valor, pero también mucha responsabilidad sobre nuestras capacidades. Se trata de una meta muy soñada para algunos y algunas, lo cual es lógico puesto que despierta mucha admiración por parte de los demás y orgullo hacia nosotros mismos. Abundan por ello las crónicas, los planes de entrenamiento, los seguidores de grandes corredores/as a los que queremos acercarnos.

Pero no siempre disponemos de la posibilidad de entrenar para grandes distancias. A veces, sencillamente, nos falta el tiempo. Y es fácil sentir que “correr un poco” vale menos o no tiene tanto mérito. Empezamos a apuntarnos a “la distancia corta” de las carreras (la de verdad es la larga y la otra, la corta), los minitrail, no aguantamos el ritmo de los compañeros en los entrenamientos.

Puede que hasta dejemos de correr.

Pues no. No lo hagas. Voy a decirte un puñado de verdades acerca de correr poquito que mucha gente ignora. Demos la vuelta a la tortilla.

 

Cosas bonitas de correr poco:

  1. Eres más respetuoso/a con tu cuerpo: corriendo un ratito es muy difícil que te pases de la raya y que te lesiones si no es porque tengas un percance. Además, normalmente saldrás a correr cuando tengas ganas y correrás tanto como te apetezca. No tienes que hacer “x” kilómetros porque tienes un ultra en tres meses y hay que entrenar. Tampoco te marcas un tiempo. Es posible que no te lleves ni el reloj.
  2. Eres más respetuoso/a con tu vida: como corres sólo cuando te viene bien, no necesitas dejar de lado otros planes. Tienes más tiempo para la familia, amigos, otras aficiones. No hace falta hacer malabarismos con tu agenda. No te da apuro el día que no has podido salir a correr. Y cuando sí que sales al monte, disfrutas a cada paso que das.
  3. Pones menos atención en los kilómetros y los minutos y más en todo lo demás: empiezas a ver animalillos por todos lados, a parar en todas las fuentes, a observar cómo cambian las plantas según la estación. Te entretienes en comer moras o un diente de león. Coges un desvío diferente y descubres un lugar nuevo que te encanta. Te paras a mandar un whatsapp con un pensamiento bonito que se te acaba de ocurrir para una persona especial.
  4. No necesitas llevar el kit completo de corredor de montaña: a no ser que sea pleno verano y el ‘lorenzo’ te vaya a dar todo el camino, puedes dejar la mochila, el gps, los geles… si planeas una ruta sencilla de antemano sólo necesitas las zapatillas y la ropa. A veces sólo cojo la llave de casa. Me hace sentir libre y ligera.
  5. Puedes dedicar más tiempo a estirar después: conozco a muchos corredores/as que nunca estiran después de correr. Pueden estar 6 horas en el monte pero no dedican ni 5 minutos a relajarse y mimarse. Es todo un placer. Música suave. Moverse despacio y con plena consciencia. Darle gracias a tu cuerpo por hacerte sentir tan bien.
  6. Gasta menos dinero: no sólo porque las zapatillas te durarán más. Además puede que te baste con un modelo sencillo, más económico. Igual no necesitas el cortavientos más chachi de la tienda. Las carreras “cortas” son siempre más baratas. Y la experiencia es igualmente bonita: los nervios a la hora de salir, la belleza del recorrido, la alegría de llegar a meta (¡el mismo plato de paella!).
  7. Anima a tus compañeros/as: cuando tengas una carrera, como normalmente llegarás antes, puedes disfrutar aplaudiendo en la meta o animando a mitad del recorrido. Puede ser muy emocionante verlos pasar y darles ánimos. Hazles fotos, es de agradecer. Y si no, sé el primero en tomarse algo fresquito y descansar.
  8. Presta atención a la gente que encuentres: cuando no vas a tope te topas con otro tipo de personas. Sobre todo en las carreras. Hace poco corrí un trail en el que fui realmente lenta, acompañando a un amigo que no se encontraba bien. Al principio me costaba un poco, pero luego me relajé. Conocimos a un hombre enfermo de cáncer que había tenido una sesión de quimioterapia dos días antes. A personas que corrían su primera carrera, llenas de ilusión. Se escuchan muchas conversaciones interesantes y divertidas de los grupos de amigos que van juntos. Me pareció impresionante y me lo habría perdido de ir más rápido.
  9. Aprende que las cosas más hermosas no se pueden medir: nadie puede decir que sea mejor correr 30 kilómetros que 4. Ni tardar una hora o dos horas. Cada cual hemos de crearnos nuestras propias metas de manera que encajen con nosotros/as. Déjate guiar por tus deseos y lo que te causa placer. No te compares con nadie. Eres una persona valiosa y única.
  10. Búrlate tranquilamente de los números: escribiendo esto me he acordado de muchos pasajes de “El principito”. Especialmente éste:

<<A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado”, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: “He visto una casa que vale cien mil francos”. Entonces exclaman entusiasmados: “¡Oh, qué preciosa es!” (…) Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir: “Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…” Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.>>

Esta mañana salí a correr. Había dormido bien y el día era espléndido. Descubrí un sendero precioso que recorre la cima de un monte, con Sierra Nevada al fondo, con sus cumbres blancas aunque cada vez menos por el sol de la primavera. Las vacas me miraron durante medio segundo hasta comprender que yo no representaba ningún riesgo y entonces continuaron pastando tranquilas, ignorándome. Me metí entre una espesura de enebro buscando cuidadosamente dónde meter el pie. Hablé en inglés con un francés que estaba de vacaciones. Cuando volví al cortijo donde estoy viviendo, me sentía llena de energía y felicidad.

No sé cuántos kilómetros hice ni el tiempo que estuve. Pero se me ocurrió algo para escribir.

Autora: Adoración Montejo (Dora la Soñadora).

El poder de la mente: mi primera ultra

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Carlos Alcázar.

La verdad, no sé ni cómo empezar esta pequeña crónica. Creo que es un cúmulo de sensaciones tan variadas que las palabras no pueden expresar lo vivido.

Ultra, que bonita palabra y qué lejos la veía hacía un tiempo. Yo que veía a mis compañeros hacer esas grandiosas carreras y esas bonitas hazañas, no al alcance de cualquiera. Yo, que he visto tantos seguimientos de ellos, viendo como con sufrimiento avanzaban y devoraban kilómetros. Hasta que cierto día dije que había llegado mi hora.

Elegí la Ultra Trail Doñana, una carrera de 73 km con salida en Puerta de Jerez (Sevílla) y finalización en la ermita del Rocío. Llanita, con poco desnivel, paisajes increíbles atravesando el Coto de Doñana. La vi ideal para ser mi primera, para adentrarme en el excitante mundo de la ultra distancia.

Dos meses de duro entrenamiento, viniendo de una lesión que me dejó parado dos meses de verano, el tiempo corría en mi contra, pues solo me quedaban dos meses para preparármela. Cuando otro contratiempo apareció, otra lesión, el ligamento del tobillo izquierdo, el cual no me dejaba entrenar en condiciones óptimas. Era mi sueño y tenía que hacerlo. No sabía cómo, pero debía hacerlo aún lesionado. Fueron dos meses de duros entrenamientos, sufriendo en cada tirada, donde a partir del kilómetro 20 empezaban los dolores. La gente me decía que no fuera, que otro año sería, pero mi cabeza decía no, y así fue.

El viernes día 4 me voy para Sevilla muy motivado y mentalizado que sería duro. Ya de por sí la carrera era exigente. Aún más llevando una lesión conmigo. Pero había asimilado que iba a sufrir y mucho para terminarla, pero era mi sueño e iba a hacerlo sin importar nada.

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Carlos, momentos antes de la salida.

Sábado día 5,  6:00 de la mañana. Como si de un ritual se tratara, tranquilo y sin nervios, me voy enfundando en esa camiseta y ese pantalón  que no sé qué tiene pero te llena de energía al llevarla puesta. Reviso cada detalle y compruebo que no falte nada en la mochila y me dirijo a Puerta de Jerez. Hay movimiento de corredores y los nervios van apareciendo; nervios que gustan pues te hacen sentir vivo. Aparece la lluvia, algo con lo que ya se contaba, y dan el pistoletazo de salida, tras el cual, un coche de la organización nos lleva hasta el Puente de San Telmo, donde se retira y empieza la carrera de verdad.

Me vienen a la mente tantos consejos de los compañeros que me decían que tuviera cabeza, que no se me fuera de las manos al principio, y así fue. Pasito a paso vamos avanzando, y al llegar al kilómetro 10 veo en mi reloj que le he sacado 15 min de ventaja a lo que yo había entrenado. Kilómetro 20, otra vez lo mismo… y así hasta el km 40, donde entramos al pueblo de Villamanrique con un fuerte aguacero. La estrategia que había planeado en los dos meses de entrenamiento había funcionado: aprovechar la frescura del comienzo para quitarme los primeros 40 y a partir de ahí relajarme un poco.

Desde ese momento sentía la carga en las piernas y la tirantez, pero aún me dejaban ir trotando a un ritmo constante y cómodo, hasta que en el kilómetro 50 aproximadamente mi lesión me saluda y me da la bienvenida, diciéndome que ella también había venido a fastidiarme este reto. El dolor se va haciendo cada vez más grande, y se junta con una sobrecarga bastante notable de los cuádriceps que me hace pararme y no dejarme ni siquiera caminar. Me asusto, pues el dolor me vencía y no sabía qué hacer, hasta que al paso de dos corredores me ayudan y entre los dos empiezo a dar pequeños pasos y me sugieren que camine un rato hasta que los cuádriceps vuelvan a su sitio. Entre corriendo y andando, vamos atravesando Hinojos, donde el paisaje te hace aliviar el dolor, pero no te deja disfrutar al 100% de la maravilla paisajista de la carrera.

En el kilómetro 55,5 llega un avituallamiento, donde con dolor y mala pisada me acerco a la ambulancia pidiendo asistencia. Me congelan la zona con un spray, me invitan a abandonar, pues me quedaban 13 kilómetros y en mi estado no lo veían con seguridad. Me incorporo y mi cabeza da mil vueltas, me acuerdo de mis compañeros, que en estas carreras y en estas circunstancias la cabeza es la que tira y la que te hace continuar. Decido seguir, no he llegado hasta aquí para abandonar. Me ha costado mucho este sueño, entrenamientos y dedicación para ahora salirme.

Parece que el dolor remite, pero por poco tiempo. El dolor vuelve a aparecer, pero más acusado junto a un pinchazo en el gemelo izquierdo. El ritmo ha bajado y mucho. Los kilómetros se hacen largos. Faltaban 5 km para el próximo y último avituallamiento, lo necesitaba y sabía que debía aprovecharlo y pararme el tiempo necesario, pues no habría más. Cinco kilómetros que se hacían eternos, hasta que por fin aparece. Iba mal, bastante mal. Estaba en el kilómetro 60,7. Estaba cerca, muy cerca de cumplir mi reto, pero mi estado físico era ya lamentable y moralmente muy hundido. Me ponen hielo para desinflamar la zona y mientras repongo líquidos y sólido. No podía pararme demasiado porque si no el arranque sería fatal.

Solo quedaban 10 km, un número muy bajo, pero muy alto para cómo iba físicamente. Intentaba trotar, pero solo alcanzaba dar unos 10 pasos, no podía, iba completamente roto, hasta que me dije: si no quieres llegar pero de lo que estás solo te queda andar. Seis kilómetros andando, los cuales ya apenas podía andar, pasos muy lentos, cojeando. Hasta que por fin veo el puente del Ajolí, entrada de la aldea. Ahora sí, ya si era mía. ¡Venga¡ me decía una y otra vez. ¡Un poco más, el último esfuerzo! Atravesando las calles de la aldea, hundiendo la zapatilla en la arena en cada pisada, diviso la moqueta roja y el arco de meta. ¡Vamos Carlos, lo has conseguido. 200 metros y se acabó! No quería entrar caminando, no quería que la gente viera mi sufrimiento, por lo que sacando fuerzas de no sé dónde, arranco a trotar por última vez esos 100 metros. El público se agolpa en la recta de meta, aplausos, ánimos, las campanas de la Ermita sonando. Piso la alfombra, 50 metros para el arco de meta. La música se mete en mis oídos junto a la voz del speaker. Me giro y dando unos pasos de espaldas miro la Ermita, dando gracias a la Virgen por haberme cuidado y haberme dado fuerzas en los peores momentos para cumplir mi sueño.

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Entrada a meta, en la Aldea de El Rocío.

Subo la rampa y me quedo debajo del arco de meta, parado, mis piernas tiemblan, a la vez que mis ojos. Dos pasos más y me derrumbo. Finisher. ¡Sí, lo has hecho! Había cumplido mi sueño.

Sé que muchos de vosotros conocéis estas sensaciones y con creces, pues esta carrera es nada comparada con muchas de las que hacéis, pero las sensaciones de disfrute y sufrimiento, esa lucha kilómetro a kilómetro, tú y tu mente, superando dolencias y avanzando como medio se puede, son las mismas. La mente es sabia y el comportamiento del cuerpo humano es impredecible. No hay límites, el límite lo pones tú y llegarás donde tú quieras llegar. Este tipo de retos pone a cada uno en su lugar y te hace poner los pies en el suelo. Después de algo así, sientes sensaciones dentro de tu cuerpo no conocidas anteriormente, te sientes más persona, tanto en lo personal como en lo deportivo. Te hace más fuerte para afrontar los retos que vendrán después cada vez más complicados.

Espero haberos transportado a este día de carrera y acercaros a sentir lo que yo sentí.

 

Autor: Carlos Alcázar.

BUFF EPIC TRAIL 2016, la Ultra de las Ultras…

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Antonio M. Díaz, durante un momento de la carrera. Foto: Sergio V.

Comenzaré diciendo que esta carrera no es una Ultra Trail más, es la Ultra por excelencia. No lo digo yo, ni sus distancias, 105 km con 16.000 metros de desnivel acumulado, lo dicen todos aquellos corredores, profesionales y no profesionales, que la han sufrido y disfrutado en sus propias carnes. Su recorrido acaricia el Parque Nacional de Aigüestorstes y Estany de San Maurici, situado en el Pirineo catalán. En esta, su tercera edición  (en 2014 solo 17 corredores llegaron a meta y en 2015 fueron 57) era Campeonato del Mundo de Ultra con todo lo que eso conlleva, máxima expectación a nivel periodístico y deportivo, los mejores corredores nacionales e internacionales, todas las marcas de material deportivo dejando ver sus últimas novedades. En definitiva, el marco era incomparable y mi único objetivo era empaparme y saborear cada instante.

No invertiré muchas palabras en la parte deportiva de esta carrera, porque esa parte está al alcance de cualquiera en internet. Me detendré solo en los que para mí fueron el pódium de este Mundial, mis tres compañeros de Club.

Antonio Sánchez del Pino, el capitán general del Club Trailrunner Avanza Jaén, compañero de entrenos, de conversaciones enriquecedoras,  uno de esos amigos que te hacen sentir rico, hizo el carrerón que yo incluso más que él, sabía que podía hacer. Es un portento físico, pero sobre todo, es un portento en capacidad de sacrificio. Solo él sabe lo que ha sufrido en los dos últimos años para tener esta recompensa. Se codeó con los más grandes profesionales durante muchos kilómetros y solo una fuerte caída que le dejo mermada la rodilla izquierda impidió que estuviera más arriba en la clasificación. ¡Enhorabuena jefe!

Antonio Aceituno Azaustre, increíble lo suyo. Hace un mes veía imposible poder participar por un asunto familiar, pero por suerte y gracias a Dios todo ha salido bien y eso le ha hecho más fuerte aún de lo que ya es. Se marcó una carrera perfecta, tiró de experiencia, sabía que no llegaba en su mejor estado de forma y que debía ir dando pequeños pasos en la carrera para poder vencerla. Imborrables los kilómetros que pude compartir con él. Para mí un premio estar durante 70 kilómetros siguiendo sus pasos. ¡Gracias amigo!

Helen Sánchez, la representante femenina del club, se encontraba algo inquieta el día previo a la carrera. Apenas participaba en las conversaciones pre-carrera, buscaba su espacio de soledad… ya estaba en carrera. En la línea de salida estaba con ciertos nervios, pero todos los que la conocemos en este mundillo sabemos que es apostar a caballo ganador. Sabe sacarle el máximo rendimiento a su físico y mentalmente es una roca. Y en esta carrera la cabeza hizo que las piernas le llevaran a meta. ¡Felicidades compañera!

Hablando ya en primera persona, hablaré más de la parte emocional que de la deportiva. De esta última solo decir que me encontraba muy bien, había entrenado muy fuerte en los últimos meses y estaba bastante confiado, pero había algo que me preocupaba. Era la primera vez que iba a hacer una Ultra en alta montaña y no sabía cómo iba a responder. Por otra parte me atemorizaba un poco estar rodeado de los mejores ultra fondistas del mundo. De forma recurrente se me venía a la cabeza la pregunta “¿Qué hago yo aquí…?”.

El caso es que a las 5:45 de la mañana del 23/07, estaba metido en el “corralito”  de la línea de salida del Campeonato del Mundo de Ultra 2016, junto a mis tres compañeros, rodeado de otros 246 corredores y corredoras. Impresionaba ver a esa hora todo el pueblo en la calle, acompañantes de corredores, decenas de fotógrafos y cámaras justo delante de la línea de salida fotografiando a los favoritos para alzarse con el título de Campeón/na del mundo. Los nervios afloraban, últimas miradas de complicidad con los compañeros, empieza a sonar esa canción que llevas meses deseando oír y que antecede al pistoletazo de salida, y a las 6:00 comienza la cuenta atrás para cumplir mi sueño.

Durante la carrera, en mi caso más de 27 horas, son muchas las sensaciones que vienen y van. Durante las 12 primeras horas, la carrera fue perfecta, corría al lado de mi amigo Antonio Aceituno. Disfrutamos de todos los collados por donde pasamos, vistas espectaculares de cascadas que salían de cualquier corte en las brutales montañas que rodeaban los profundos valles por donde transcurría el recorrido, espectaculares lagos donde se reflejaban los picos más altos que te obligaban a pararte si querías admirarlos porque no bastaba con levantar la mirada.

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Antonio M. Díaz y A. Aceituno, en una parada con los ‘Sergio’.

Fue pasado el km 68, Avituallamiento de Spot, donde todo se tornó. A ese avituallamiento llegué pensando en la subida a la que nos íbamos a enfrentar justo después. Digo enfrentar porque a esas alturas ya no se corre, lo que haces es ir luchando contra todos los inconvenientes que una ultra te va poniendo en el camino. En ese kilómetro comenzaba la subida más brutal del recorrido, teníamos que salvar 1.600 metros en unos 8 km. A mitad de la subida me di cuenta de que la cosa no iba bien, la sensación era de flojedad, de estar haciendo un sobreesfuerzo, no lograba tener una respiración fluida… Quizás estar a esas alturas por encima de los 2.300 metros de altitud provocó entre otras cosas que mi cuerpo, digestivamente hablando, dejara de funcionar. Era imposible beber y qué decir de echarse algo sólido a la boca. Ahí, justo antes de coronar, fue la última vez que vi a Antonio. Paramos a abrigarnos, yo tardé un poco más, él no lo sabe, pero lo hice a consciencia para que siguiera el ascenso sin mí. Me dijo: “en el avituallamiento nos vemos compañero…”. Yo en ese momento sabía que ya no volvería a verle en carrera. Mi llegada hasta el refugio, unos 5 km más adelante, fueron una auténtica pesadilla, la sensación de vacío era malísima, no tenía fuerzas, y la cabeza en ese momento solo te invita a retirarte. Una vez llegué al refugio, km 82 de carrera, un juez de carrera me dijo que Antonio había estado esperando, pero que al ver que tardaba, decidió seguir sin mí. Era lo que tocaba, me conoce bien y sabía que al refugio llegaría antes o después.

Llegué al refugio a las 23:30 de la noche. Llevaba en carrera 17:30 horas y allí fue donde empezó mi lucha contra mí mismo. Sabía que a falta de 25 km a meta, y con mucha dificultad aún por salvar, no estaba en condiciones de seguir. Unos minutos detrás mía, llegó Helen. Llegó fuerte, a pesar de haberse caído y tener un fuerte golpe en la espalda que le impedía respirar con fluidez. Hablamos durante unos minutos, me animó a seguir la carrera con ella, pero sabía que en esas condiciones sería un lastre. Le dije que debía seguir su carrera y así lo hizo.

Entonces comenzó mi tortura psicológica, me sentí derrotado, veía cómo iban llegando corredores y pocos minutos después seguían la marcha. Estaba destrozado mentalmente, era angustioso pensar que después de muchos meses de sacrificio, madrugones, horas de descanso, horas que le robas a la familia invertidas (mi mujer e hijos son los sufridores silenciosos de mi locura, os pido perdón) en estar preparado para esta prueba, no iban a servir para nada. El juez de carrera estaba pendiente de la decisión que tomaba para comunicar al chico que actualizaba la situación de carrera mi abandono. Me miraba continuamente y con mi mirada sabía que no podía seguir. Agaché la cabeza y me puse el cortavientos cubriéndola, no quería que me viera llorar, porque lloré desconsoladamente. Fue entonces cuando oí una conversación: “¿qué dorsal es?”, “es el 180”, “ok, abandona”. Al oír abandona, algo me rasgó el alma, me quité el chubasquero de la cabeza y le dije “espera por favor, dame unos minutos…”. En ese momento necesitaba que sucediera algo que me  diera alguna esperanza. Cogí el teléfono y lo que vi me reactivó: muchos mensajes de amigos, compañeros de club, familia, que estaban siguiendo la carrera y estaban preocupados porque mi situación llevaba dos horas sin cambiar. Llamé a mi mujer para tranquilizarla. Como no podía ser de otra forma, me aconsejó que abandonara, que no merecía la pena exponerme. Me comentó que mi hijo mayor no dejaba de preguntarle si papa ya había llegado a meta, eso me estremeció porque a ese enano no le podía fallar. Después llamé a mi cuñado, mi cómplice deportivamente hablando. Le comenté cuál era la situación. Me aconsejó que no me precipitara, que tratara de descansar, incluso que si podía dormir un poco que lo hiciera y que después tomara la decisión. Así lo hice, eran las 01:30 horas y me puse el despertador para que me despertara una hora más tarde. Casi no me dio tiempo a meter el móvil bajo la camiseta térmica, no me fiaba del oído y lo metí ahí para que me despertara al vibrar, y me quedé dormido, dormí profundamente, no me enteré de nada en esa hora. Al despertar, lo primero que hice fue ponerme en pie para ver como reaccionaba el cuerpo. Di varios paseos hasta el baño para comprobar que mis piernas podían andar. No pensaba correr, solo quería llegar a meta aunque fuera andando. Me encontré relativamente bien dada la situación. Empecé a prepararme. Cuando el juez me vio ponerme el gorro térmico, me preguntó: “Antonio, vas a continuar?”. Le dije: “si, lo voy a intentar”. Mientras me abrigaba, eran las 02:30 horas y estábamos a unos 2.000 metros de altitud y me dije: “Antonio, si tienes que arriesgar, tienes que hacerlo en esta carrera, así que mucha fuerza, y mañana nos tomamos una cerveza en meta”. Cuando me disponía a salir, me giré y les dije a todos los que estaban en el refugio, médicos, podólogos, jueces, voluntarios… “Gracias por todo, nos vemos en meta…”.

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Camino de la meta.

Antes de salir del refugio mandé un par de mensajes avisando de que continuaba en carrera. Me quedaban 25 km, pero sabía que si era capaz de recorrer los 10 primeros todo estaría hecho. En esos 10 km tenía que salvar 1.100 metros positivos, y a partir de ahí, todo era una bajada continua de 15 km hasta meta. Esos 10 km fueron los más eternos que he hecho nunca. No dejé de pensar en una persona muy especial para mí, a la que admiro y quiero con toda mi alma. Es mi hermana mayor, mi “tata” Mari. Desde noviembre del 2015, justo cuanto yo empezaba a preparar esta prueba, ella empezaba a combatir un cáncer. Ver con la fuerza y positividad que lo está combatiendo me llenaba de energía. Yo luché con todas mis fuerzas porque esta carrera se la quería dedicar a ella, mi hermana mayor… Ella fue la que me dio fuerzas para clavar los bastones por aquel sendero zigzagueante e interminable que me llevaba hasta la última cumbre. Una vez allí supe que había vencido a la EPIC BUFF. En aquel punto viví otro de los momentos mágicos de esta carrera. Justo en la cumbre, eché la mirada hacia atrás, y durante dos minutos, vi amanecer, perdonad mi arrogancia, pero en ese momento, era el hombre más afortunado del mundo…

Comencé el descenso que me llevaba de nuevo a Barruera un día más tarde desde que dio comienzo la prueba. Solo me quedaban pasar por 2 avituallamientos más y llegar a meta. En el avituallamiento del km 95 viví otro momento que no olvidaré jamás. Eran las 08:00 de la mañana cuando llegué a la carpa. Estaban dos voluntarios y un poco más apartadas sus mujeres junto a una pequeña lumbre para guardarse del frío. Sólo había una persona más, junto a una furgoneta. Era mi amigo Noni. Jamás podré devolverte lo que hiciste por mí. Él no me reconoció en un primer momento porque iba tapado hasta las orejas. Cuando le grité “NONIIIIIIIIII…” se giró y como un descosido salió corriendo hacia mí. En ese momento me deshice, me abracé a él y llore sin consuelo. Fundidos en un abrazo le decía: “Noni tío, que haces aquí… pero por qué has venido…”. Él no decía nada, solo me abrazaba, hasta que con voz temblorosa me dijo: “Antonio, ahora no puedes venirte abajo, así que vamos, sigue adelante…”.

Me acompañó durante unos metros hasta que el recorrido dejaba una carretera y giraba a la izquierda en busca del último pueblo previo a Barruera, Tahul. Esos últimos kilómetros fueron increíbles. Por mi mente posó varias veces todo el recorrido, todas las sensaciones vividas, fueron momentos increíbles. Paradójicamente, a falta de un kilómetro a meta, mi sentimiento era de pena. Sabía que se acababa una experiencia personal irrepetible. A falta de unos 500 metros a meta atisbé a dos personas que saludaban enérgicamente, sinceramente, casi no fui capaz de reconocerlos hasta que casi los tenía encima. Eran Sergio Vázquez, cámara réflex en mano e hijo. ¡Menudo subidón al verlos! Me acompañaron justo hasta llegar a la pasarela de meta. En la pasarela la gente que allí estaba estiraba su brazo para que le chocara la mano como si de Luis Alberto Hernando se tratara. Es una de las grandezas de este deporte, el respeto por el deportista. Justo antes de encarar la meta vi como dos personas se metían en la pasarela para abrazarme. Eran el ‘Jefe’, Antonio Sánchez del Pino, y Noni. Menudo abrazo sincero de amigos nos dimos. También vi a Gerard Morales, subcampeón de la edición del 2015 (un grande este chico, después se acercó a saludarme y a preguntar qué tal estaba).

Ya solo quedaba entrar en meta. Igual exagero, pero yo vi mucha gente aplaudiéndome como si fuera el primer clasificado. Antes de cruzar la línea, me di la vuelta y me incliné agradeciendo al público su reconocimiento… entre con los brazos en alto y con un pensamiento en mi cabeza: “Antonio, estoy orgulloso de ti, hoy te has convertido en un RESILIENTE. Eres el arquitecto de tu propia alegría y tu propio destino”.

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Autor: Antonio Manuel Díaz (Finisher de la Buff Epic Trail Aigüestortes 2016).

Destacada actuación de Raúl Cobo, del Club Trailrunners Avanza Jaén, en el Gran Trail de Peñalara

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Luis Miguel M. Ochoa, Rául Cobo y Rubén M. Ochoa.

Nuestro compañero Raúl Cobo destacó el pasado fin de semana en el Gran Trail Peñalara, con un meritorio 14º puesto en la generación y 4º en categoría senior, con un tiempo de 15 horas y 40 minutos. Sobre una distancia de 120 kilómetros, la prueba salió a las 23,30 horas desde la Plaza de Navacerrada, un reto de más de 12 horas a una altitud media de 2.000 metros, para pasar por cimas icónicas como La Maliciosa, Risco de Claveles y Peñalara.

 
El propio Raúl cuenta su experiencias: “Eran las 23 h, ya estaba todo preparado, quedaba media hora para empezar la aventura: Gran Trail Peñalara, los nervios y la emoción estaban a flor de piel. Había llegado el momento de demostrar y poner en práctica todo lo entrenado. Me encontraba en linea de salida junto con mis compañeros Luismi Ochoa, Ludovic Ducher, Lorenzo Pérez y Antonio Moral. Nada más y nada menos que 120 km por delante. Todo comenzó bien, con fuerza y muchas ganas, la noche iba perfecta, con buen ritmo, y disfrutando del momento. Llegando a Rascafría en sexta posición, pero teniendo presente que quedaba mucho camino por recorrer (subir Reventón, Claveles y Peñalara) y que aún podían cambiar las cosas. De repente, en el km 93, el estómago me falla, no me encuentro bien y no tengo más remedio que disminuir el ritmo y finalmente, a mi pesar, parar a descansar. Había perdido séis posiciones y una hora de carrera. Poco a poco me empiezo a reponer, tomo aire y sigo hacia mi destino, la meta. He de decir que fueron momentos duros y difíciles, se me pasaron por la mente miles de cosas, pero sin duda mi familia y mi novia Olga estaban más que presentes. Cuando quise darme cuenta me quedaban 10km para la meta, pensé ya está hecho!. Y por fin crucé la meta . Es difícil de expresar lo que sentí en ese momento, pero sobre todo felicidad, por hacer lo que me gusta y por superarme a mi mismo de nuevo. Todo esfuerzo y sacrificio tiene su recompensa, catorce en la categoría general y cuarto en senior. Una experiencia inolvidable”.
 
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Raúl Cobo, por la arista de Claveles, muy cerca de Peñalara. Foto: Dariodesnivel (Instagram).

El Club Trailrunners Avanza Jaén colocó otro corredor entre los cincuenta primeros, gracias al 42º puesto en la general y 19º de su categoría conseguido por Luis Miguel Moral Ochoa, con un tiempo de 17 horas y 46 minutos. “A pesar de una caída en el kilómetro 56 y que la rodilla no me dejaba coger ritmos rápidos estoy muy contento por mi posición. Se trata de una carrera dura, pero con unos magníficos voluntarios y organización”, afirma Luis Miguel Moral Ochoa.

 
La representación del club jiennense de trail se completó con la participación de Rubén Moral Ochoa en la prueba de 60 kilómetros, donde obtuvo una 130ª posición , con un tiempo de 9 horas y 16 minutos, acabando con muy buenas sensaciones en su estreno en una prueba de larga distancia.

Zegama: ¿Y si la realidad supera las expectativas?

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Juan Navarro, en primera línea de salida a la derecha, justo antes de dar comienzo la carrera.

Suele pasar que uno se atiborra de información cuando algo le gusta mucho, no lo conoce y cree que nunca lo conocerá. Pero, ¿y si llega la hora de conocerlo? Eso me ha  pasado a mí cuando hace cuatro años y medio me enganché al trail. Desde el primer día, una carrera llamó mi atención. Leí toda la información posible, veía vídeos a mansalva, pregunté y hablé con quien había estado allí… había que ir. Al quinto intento, tengo la suerte de contar con dorsal. Y me suceden hechos muy extraños en mí.

Llega el viernes previo día 20 y hasta que no salí de trabajar no había preparado absolutamente nada, pero nada de nada. Ceno y  preparo la bolsa. Intento  dormir, pero nada, creo que es el único momento de nervios de todo el fin de semana, cosa rara. Dos noches antes, muy extraño en mí.

Me acompañan en esta aventura mis amigos Giova y Rubén, grandes personas y mejores figuras. A las 6.15 salimos de Jaén, carretera y manta.  Gracias a que son dos craks , el viaje se hace ameno, que gran “personajes” son. Llegamos alrededor de las 14.00 horas y nos recibe un gran calor; aún recuerdo el comentario de Giova “pero si está seco, no hay barro”. Ufff, lo veía y me vine un poquito abajo porque yo quería una carrera auténtica, que no perdiera su identidad, uno de los elementos que la habían hecho la mejor CXM del mundo: el barro, su dureza, la humedad (poco me imaginaba en ese momento lo que cambiaría para el día siguiente).

Almorzamos y el ambiente, ver meta, calles, stand… y cientos de corredores allí ya, magnifico. Recogida de dorsales y el ambiente que aún crece más. A media tarde una marabunta de corredores por todos los lados, pabellón lleno, breafing no cabe nadie más y nosotros a esperar los craks; a los que conocemos, porque nos cruzamos con muchos que luego estarían en el top que ni lo asociábamos. De tanto movimiento de gente, me encuentro un poco mareado también del calor del pabellón, pero hay que aguantar.

Vemos a Zaid atendiendo a todo el mundo. De repente Giova salta “Luis Alberto” y lo teníamos a dos metros; vamos rápido por la foto. Pasa el tiempo, más calor y decidimos salir y dar una vuelta. De repente veo venir a Kilian, “ufff”, y se lo digo a Giova y Rubén. Le hago un par de comentarios, le pido una foto, accediendo rápidamente. Al cabo del rato su representante se lo lleva, el acoso es terrible, todos quieren fotografiarse con él;  es un crakc en carrera y atendiendo, y comprendo que se lo llevara, muchos no aguantarían tal acoso, todo el mundo quiere una foto, un comentario con Kilian Jornet…

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Rubén, Juan y Giova, con Kilian Jornet.

El ambiente es impresionante. Corredores por todos lados, gente de montaña, acompañantes, visitantes… los stand de Mercedes, Salomon, Suunto… Volvemos al pabellón y está a rebosar, el breefing continúa lleno, no cabe un garbanzo y eso con el calor que hacía. Vemos a Merillas y a Azahara, más fotos. Somos niños ilusionados con esas figuras.

En esto el cielo se nubla y empieza a llover y al poco a tronar. Cenamos y a nuestro hotel particular 7 estrellas. ¿A ver quién duerme ahora? Aunque cansado, el no dormir de la noche anterior, viaje, ajetreo, etc. y aunque tarde conseguimos cerrar los ojos un poco, pero ahora se acerca lo mejor. ¿No queríamos barro?, pues toma barro. Comienza a tronar y a jarrear agua, literal, jarrear agua y truenos. Nada de lluvia, así toda la noche, con leves paradas, pero lo que se dice jarrear agua.

Antes de que suene la alarma del móvil, 6.30 h, nos levantamos. Acaba de parar de llover y la temperatura no es mala. Buscar bar,  tomar un café. Tras ello, Giova y Rubén me dejan, tienen que coger autobús que lo acerque hasta Sancti Spiritu y subir ellos al Aizkorri porque quieren verla allí.

Me pongo traje de faena y en el vehículo de al lado están los italianos con Pivk Tadei al frente, pues otra foto. Me bajo para la salida, aquello ya casi está a tope y faltan 35 minutos. Ocurre otra vez otra sensación que nunca la había tenido antes de una carrera: no tengo nervios, conociéndome, alucino.

Recordando a Sergio, me coloco en primera línea de salida, ya casi lleno el cajón, veo detrás de mí a Gema Arenas y le digo “tengo hueco”. Los craks tienen costumbre de llegar justos de tiempo.

Increíble, impresionante, alucinante e inenarrable, cómo suenan los altavoces, la música, el speaker, el helicóptero sobrevolándonos (ya tengo la respuesta a por qué no tengo nervios, estoy alucinando, pero lo disimulo).

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Otra imagen de la salida, con Juan Navarro en segunda línea.

Y salida. Me advirtió Sergio de que eran balas, pues como he dicho la realidad supera las expectativas. ¡Eran rayos, qué salida Dios! Con 42.197 Km y 2.725+ por delante. Vuelta al pueblo entre el gentío y giro a la izquierda para subir una terrible cuesta de varios kilómetros, con algunos tramos de desnivel que asustan, pero que con la gran cantidad de público a ambos lados ni te enteras. Sorprendido que no empecé a andar al final de ella. Es en ésta, en su comienzo, lo que marcara el devenir de toda la carrera, la lluvia. No se llevaba kilómetro y medio cuando comenzó a llover. Ya solo breves periodos de tiempo estaríamos sin lluvia. Lluvia que junto al gran viento en la subida a Aratz, sería terrible. Allí se convierte en granizo que con el fuerte viento, hace mucho daño, pero que mucho daño.  Ahí muchos empezaron con síntomas de hipotermia. Ya los senderos son riachuelos, ya no hay barro, es como se dice “gacholeta” que hace escurrirte y caer. Y si te sales del sendero, la hierba mojada es más peligrosa aún. Veo una cosa que nunca la había visto: los que se caen, algunos, no se levantan; ponen su trasero y se deslizan como cuando estas en la nieve y los que no optamos por esa opción, resbalándonos y levantándonos, increíble. Coronas Aratz (estaba helado) y encaras la bajada hacia Sancti Spiritu. Es terreno pedregoso y con la lluvia siguen sucediéndose los resbalones y caídas. He de decir que por todo el trayecto te has encontrado mucha gente, pero conforme te acercas a la cueva de Sancti Spiritu oyes el apoyo del gran gentío que allí se concentra. Lo escuchas un kilómetro antes, impresionante.

Has llegado a la base del Aizkorri, kilómetro 19.7. Te esperan unos 400 metros de una rampa de desnivel brutal, impracticable por la lluvia. La vences porque a un lado y a otro hay cientos y cientos de personas bajo la lluvia, gritándote en la misma oreja. Sientes su aliento y animándote sin parar, es tal el agua que baja por el sendero que hace patinar. Ellos te empujan las espaldas al patinar en esa pendiente, sino no no avanzas. Hablamos de unos 400 metros; la subida al Aizkorri son 2.5 km que salvan 500+. En toda ella te encuentras gente, con lo que llovía, con la temperatura que hacía. Ahí me encuentro a mis dos colegas, Giova y Rubén, que ya no aguantan más el frio arriba y van hacia abajo. Yo aún tengo que coronarla. Vas sintiendo el jaleo de la gente de la cumbre y sus cencerros. Ufff, no piensas en que vas hecho polvo. Una señora no hace nada más que repetir que “queda poco para coronar y que está lleno de gente por vosotros”. Y sí, la verdad es que están allí apoyándote con unas condiciones extremas. Te quedas muerto al coronar con un aire que con la lluvia y la niebla hacen terribles las condiciones. En la cima de Aikorri la lluvia mezclada con la niebla no te dejaba ver más de 20 metros.

A partir de aquí sabía que se terminaba lo bueno (aunque fueran las subidas, las más duras y salvando casi todo el desnivel positivo). Unos dos kilómetros coronando entre las rocas, cresteando (me recuerda cumbre de Mágina pero sin sendero). Peligrosísimo si te caes. Tienes que andar y agarrarte a las rocas. Todo andando resbalas demasiado, hasta llegar al punto más alto de la carrera, el Aitxuri y su terrible, pero terrible, bajada vertical entre rocas. Sin duda lo más duro de la carrera. No sentías nada más que decir a los corredores: “piedras, piedras…”. Los que empezaban a bajar hacían que las piedras rodaran y fueran un verdadero peligro, junto con los resbalones y caídas que ahí hubo. Peligrosísimo por el terreno. Es una bajada que en seco la he intentado practicar muchas veces, si alguien conoce el “Sendero de los Neveros” en la Peña de Jaén en Mágina. Por el estilo pero no haciendo curvillas, sino recto hacia abajo y con algún tramo de sendero que no podías coger por lo resbaladizo. Desde mediados de la bajada veía el avituallamiento abajo y vi hasta tres ambulancias dando viajes. Fue donde más abandonos hubo, por caídas. Cuando conseguí bajar no había ambulancias y si unas tres personas con la manta térmica esperando que la evacuaran. Sin duda alguna lo peor de la carrera. Aquí me mentalicé que tenía que regular y acabar, no caerme más y llegar sano (no lo conseguí, aún me caí varias veces).

Ahora vendrían unos kilómetros muy corribles hasta la subida de Andraitz, la última destacable, para ya enfilar hacia abajo, hacia la meta. Los senderos no eran corribles, ni antes, eran patinaje. Menos mal que tenían una cuarta, sin exagerar, de “gacholeta” y al caerte te embarrabas pero ya está. Impresionantes al meterte en los bosque con la niebla, la nubes y la lluvia junto con su frondosidad que no dejaba pasar la luz. Se te hacía de noche. La “gacholeta” se había mezclado con la gran cantidad de hojas y el pie se te hundía. Todo ello siempre, siempre, con gente. Mucha menos aquí, pero por casi todo el trayecto. Eso es lo que la hace la mejor carrera del mundo.

Últimos kilómetros de pista y senderos, senderos y pista, encharcada esta última, no evacuaba tanta agua. Y llegada al pueblo. No sabría calcular la distancia de entrada hasta meta, pero sí decir que es toda vallada a un lado y otro al estilo de los ciclistas, pero con una anchura de metro y medio más o menos, pues me supongo que esos 250 metros a rebosar de gente golpeando las vallas y gritando, de auténtica locura, yo no hice nada más que a la vez aflojar y aplaudir. No sabía cómo corresponder a esa gente. Admirables, incansables en su apoyo. Por fin sé que me queda una curva a derecha y otra a izquierdas. En esta última empiezo andar. Ahí, en ese momento, interiormente me vine abajo, ahora no quería que terminara.  Y entrada a META, se ha acabado. Cuarta cosa extraña en mí, esta quizás menos: no quería que se acabara.

Luego me lo dice Giova que entré  en meta al estilo de Kilian, dándome la vuelta y entrando de espaldas, agradecido por lo vivido al público, sin palabras.

Es la mejor carrera del mundo no porque vaya Kilian, Luis Alberto… sino por el pueblo. Lo que han conseguido que sea, lo han conseguido ellos, miles de personas que aguantan estoicamente con lluvia, frío, aire, granizo… o si hubiese sol. No son de allí, los de allí participan todos, niños, jóvenes, mayores. Los del pueblo son voluntarios que están trabajando, para que a los corredores ni a sus acompañantes les falte de nada. Podemos dar fe nosotros. Una organización perfecta, ahí no hay sustitución de dorsal, al entrar al cajón tras haberle dejado una fotocopia de tu DNI en color te graban uno a uno con una cámara tu número de dorsal y tu cara, sino llevas cortavientos, no te dejan entrar en cajón de salida.

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Giova, Juan y Rubén, con el perfil de la carrera en sus brazos.

Agradecer inmensamente a Giova y a Rubén que me acompañaran y solo espero y deseo de corazón que ellos y todos aquellos que quieran, puedan algún día vivirla. Esta carrera no se corre, se vive y disfruta. Ya habrá otras carreras para correr. Todo lo que yo diga o ellos digan,  o quien sea, lean o vean, no es comparable con vivirlo desde dentro. Y diría más incluso la experiencia de acudir como espectador. Como dice Kilian Jornet: “ ZEGAMA ES ZEGAMA“.

Algunos números de la edición 2016: 551 corredores/as inscritos/as; finalizaron 391; retirados 129; no presentados 31. Mi actuación: puesto 219; 15 de mi categoría con un tiempo de 6:06:14.

Nota: Giova, Rubén, ya no hablo más de Zegama, ya está bien, qué pesado soy.

Autor: Juan Navarro.