Cómo sentirte grande corriendo 5 kilómetros

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Últimamente no tengo tanto tiempo para salir a correr. Que nadie se apiade: es porque tengo un montón de cosas interesantes que hacer. Pero reconozco que a veces me agobio pensando que “voy a ir a menos” en esto del mundillo trail.

El otro día al fin me calcé las zapatillas a pesar de que era un poco tarde ya, pero me dije “doy una vuelta al menos”. Y en un ratito descubrí un carril chulísimo, me crucé con una cabra montesa, cogí renacuajos en una fuente, pasé varios cortijos, vi un criadero de conejos, saludé a Paco el pastor y salté una valla.

Normalmente nos gusta contar los kilómetros que hacemos y, si son muchos, nos sentimos muy orgullosos. Hay mogollón de aplicaciones y cacharritos para atesorar nuestros kilómetros y acumularlos como en una cuenta del banco. Y las carreras de montaña tienen más respeto por lo general cuanto más largas son y más desnivel y dificultad tienen.

Siento un profundo respeto por las grandes hazañas y por quienes las completan. Proponerse correr un ultra implica mucho valor, pero también mucha responsabilidad sobre nuestras capacidades. Se trata de una meta muy soñada para algunos y algunas, lo cual es lógico puesto que despierta mucha admiración por parte de los demás y orgullo hacia nosotros mismos. Abundan por ello las crónicas, los planes de entrenamiento, los seguidores de grandes corredores/as a los que queremos acercarnos.

Pero no siempre disponemos de la posibilidad de entrenar para grandes distancias. A veces, sencillamente, nos falta el tiempo. Y es fácil sentir que “correr un poco” vale menos o no tiene tanto mérito. Empezamos a apuntarnos a “la distancia corta” de las carreras (la de verdad es la larga y la otra, la corta), los minitrail, no aguantamos el ritmo de los compañeros en los entrenamientos.

Puede que hasta dejemos de correr.

Pues no. No lo hagas. Voy a decirte un puñado de verdades acerca de correr poquito que mucha gente ignora. Demos la vuelta a la tortilla.

 

Cosas bonitas de correr poco:

  1. Eres más respetuoso/a con tu cuerpo: corriendo un ratito es muy difícil que te pases de la raya y que te lesiones si no es porque tengas un percance. Además, normalmente saldrás a correr cuando tengas ganas y correrás tanto como te apetezca. No tienes que hacer “x” kilómetros porque tienes un ultra en tres meses y hay que entrenar. Tampoco te marcas un tiempo. Es posible que no te lleves ni el reloj.
  2. Eres más respetuoso/a con tu vida: como corres sólo cuando te viene bien, no necesitas dejar de lado otros planes. Tienes más tiempo para la familia, amigos, otras aficiones. No hace falta hacer malabarismos con tu agenda. No te da apuro el día que no has podido salir a correr. Y cuando sí que sales al monte, disfrutas a cada paso que das.
  3. Pones menos atención en los kilómetros y los minutos y más en todo lo demás: empiezas a ver animalillos por todos lados, a parar en todas las fuentes, a observar cómo cambian las plantas según la estación. Te entretienes en comer moras o un diente de león. Coges un desvío diferente y descubres un lugar nuevo que te encanta. Te paras a mandar un whatsapp con un pensamiento bonito que se te acaba de ocurrir para una persona especial.
  4. No necesitas llevar el kit completo de corredor de montaña: a no ser que sea pleno verano y el ‘lorenzo’ te vaya a dar todo el camino, puedes dejar la mochila, el gps, los geles… si planeas una ruta sencilla de antemano sólo necesitas las zapatillas y la ropa. A veces sólo cojo la llave de casa. Me hace sentir libre y ligera.
  5. Puedes dedicar más tiempo a estirar después: conozco a muchos corredores/as que nunca estiran después de correr. Pueden estar 6 horas en el monte pero no dedican ni 5 minutos a relajarse y mimarse. Es todo un placer. Música suave. Moverse despacio y con plena consciencia. Darle gracias a tu cuerpo por hacerte sentir tan bien.
  6. Gasta menos dinero: no sólo porque las zapatillas te durarán más. Además puede que te baste con un modelo sencillo, más económico. Igual no necesitas el cortavientos más chachi de la tienda. Las carreras “cortas” son siempre más baratas. Y la experiencia es igualmente bonita: los nervios a la hora de salir, la belleza del recorrido, la alegría de llegar a meta (¡el mismo plato de paella!).
  7. Anima a tus compañeros/as: cuando tengas una carrera, como normalmente llegarás antes, puedes disfrutar aplaudiendo en la meta o animando a mitad del recorrido. Puede ser muy emocionante verlos pasar y darles ánimos. Hazles fotos, es de agradecer. Y si no, sé el primero en tomarse algo fresquito y descansar.
  8. Presta atención a la gente que encuentres: cuando no vas a tope te topas con otro tipo de personas. Sobre todo en las carreras. Hace poco corrí un trail en el que fui realmente lenta, acompañando a un amigo que no se encontraba bien. Al principio me costaba un poco, pero luego me relajé. Conocimos a un hombre enfermo de cáncer que había tenido una sesión de quimioterapia dos días antes. A personas que corrían su primera carrera, llenas de ilusión. Se escuchan muchas conversaciones interesantes y divertidas de los grupos de amigos que van juntos. Me pareció impresionante y me lo habría perdido de ir más rápido.
  9. Aprende que las cosas más hermosas no se pueden medir: nadie puede decir que sea mejor correr 30 kilómetros que 4. Ni tardar una hora o dos horas. Cada cual hemos de crearnos nuestras propias metas de manera que encajen con nosotros/as. Déjate guiar por tus deseos y lo que te causa placer. No te compares con nadie. Eres una persona valiosa y única.
  10. Búrlate tranquilamente de los números: escribiendo esto me he acordado de muchos pasajes de “El principito”. Especialmente éste:

<<A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: “¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?” Pero en cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: “He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado”, jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: “He visto una casa que vale cien mil francos”. Entonces exclaman entusiasmados: “¡Oh, qué preciosa es!” (…) Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir: “Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…” Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.>>

Esta mañana salí a correr. Había dormido bien y el día era espléndido. Descubrí un sendero precioso que recorre la cima de un monte, con Sierra Nevada al fondo, con sus cumbres blancas aunque cada vez menos por el sol de la primavera. Las vacas me miraron durante medio segundo hasta comprender que yo no representaba ningún riesgo y entonces continuaron pastando tranquilas, ignorándome. Me metí entre una espesura de enebro buscando cuidadosamente dónde meter el pie. Hablé en inglés con un francés que estaba de vacaciones. Cuando volví al cortijo donde estoy viviendo, me sentía llena de energía y felicidad.

No sé cuántos kilómetros hice ni el tiempo que estuve. Pero se me ocurrió algo para escribir.

Autora: Adoración Montejo (Dora la Soñadora).

El poder de la mente: mi primera ultra

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Carlos Alcázar.

La verdad, no sé ni cómo empezar esta pequeña crónica. Creo que es un cúmulo de sensaciones tan variadas que las palabras no pueden expresar lo vivido.

Ultra, que bonita palabra y qué lejos la veía hacía un tiempo. Yo que veía a mis compañeros hacer esas grandiosas carreras y esas bonitas hazañas, no al alcance de cualquiera. Yo, que he visto tantos seguimientos de ellos, viendo como con sufrimiento avanzaban y devoraban kilómetros. Hasta que cierto día dije que había llegado mi hora.

Elegí la Ultra Trail Doñana, una carrera de 73 km con salida en Puerta de Jerez (Sevílla) y finalización en la ermita del Rocío. Llanita, con poco desnivel, paisajes increíbles atravesando el Coto de Doñana. La vi ideal para ser mi primera, para adentrarme en el excitante mundo de la ultra distancia.

Dos meses de duro entrenamiento, viniendo de una lesión que me dejó parado dos meses de verano, el tiempo corría en mi contra, pues solo me quedaban dos meses para preparármela. Cuando otro contratiempo apareció, otra lesión, el ligamento del tobillo izquierdo, el cual no me dejaba entrenar en condiciones óptimas. Era mi sueño y tenía que hacerlo. No sabía cómo, pero debía hacerlo aún lesionado. Fueron dos meses de duros entrenamientos, sufriendo en cada tirada, donde a partir del kilómetro 20 empezaban los dolores. La gente me decía que no fuera, que otro año sería, pero mi cabeza decía no, y así fue.

El viernes día 4 me voy para Sevilla muy motivado y mentalizado que sería duro. Ya de por sí la carrera era exigente. Aún más llevando una lesión conmigo. Pero había asimilado que iba a sufrir y mucho para terminarla, pero era mi sueño e iba a hacerlo sin importar nada.

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Carlos, momentos antes de la salida.

Sábado día 5,  6:00 de la mañana. Como si de un ritual se tratara, tranquilo y sin nervios, me voy enfundando en esa camiseta y ese pantalón  que no sé qué tiene pero te llena de energía al llevarla puesta. Reviso cada detalle y compruebo que no falte nada en la mochila y me dirijo a Puerta de Jerez. Hay movimiento de corredores y los nervios van apareciendo; nervios que gustan pues te hacen sentir vivo. Aparece la lluvia, algo con lo que ya se contaba, y dan el pistoletazo de salida, tras el cual, un coche de la organización nos lleva hasta el Puente de San Telmo, donde se retira y empieza la carrera de verdad.

Me vienen a la mente tantos consejos de los compañeros que me decían que tuviera cabeza, que no se me fuera de las manos al principio, y así fue. Pasito a paso vamos avanzando, y al llegar al kilómetro 10 veo en mi reloj que le he sacado 15 min de ventaja a lo que yo había entrenado. Kilómetro 20, otra vez lo mismo… y así hasta el km 40, donde entramos al pueblo de Villamanrique con un fuerte aguacero. La estrategia que había planeado en los dos meses de entrenamiento había funcionado: aprovechar la frescura del comienzo para quitarme los primeros 40 y a partir de ahí relajarme un poco.

Desde ese momento sentía la carga en las piernas y la tirantez, pero aún me dejaban ir trotando a un ritmo constante y cómodo, hasta que en el kilómetro 50 aproximadamente mi lesión me saluda y me da la bienvenida, diciéndome que ella también había venido a fastidiarme este reto. El dolor se va haciendo cada vez más grande, y se junta con una sobrecarga bastante notable de los cuádriceps que me hace pararme y no dejarme ni siquiera caminar. Me asusto, pues el dolor me vencía y no sabía qué hacer, hasta que al paso de dos corredores me ayudan y entre los dos empiezo a dar pequeños pasos y me sugieren que camine un rato hasta que los cuádriceps vuelvan a su sitio. Entre corriendo y andando, vamos atravesando Hinojos, donde el paisaje te hace aliviar el dolor, pero no te deja disfrutar al 100% de la maravilla paisajista de la carrera.

En el kilómetro 55,5 llega un avituallamiento, donde con dolor y mala pisada me acerco a la ambulancia pidiendo asistencia. Me congelan la zona con un spray, me invitan a abandonar, pues me quedaban 13 kilómetros y en mi estado no lo veían con seguridad. Me incorporo y mi cabeza da mil vueltas, me acuerdo de mis compañeros, que en estas carreras y en estas circunstancias la cabeza es la que tira y la que te hace continuar. Decido seguir, no he llegado hasta aquí para abandonar. Me ha costado mucho este sueño, entrenamientos y dedicación para ahora salirme.

Parece que el dolor remite, pero por poco tiempo. El dolor vuelve a aparecer, pero más acusado junto a un pinchazo en el gemelo izquierdo. El ritmo ha bajado y mucho. Los kilómetros se hacen largos. Faltaban 5 km para el próximo y último avituallamiento, lo necesitaba y sabía que debía aprovecharlo y pararme el tiempo necesario, pues no habría más. Cinco kilómetros que se hacían eternos, hasta que por fin aparece. Iba mal, bastante mal. Estaba en el kilómetro 60,7. Estaba cerca, muy cerca de cumplir mi reto, pero mi estado físico era ya lamentable y moralmente muy hundido. Me ponen hielo para desinflamar la zona y mientras repongo líquidos y sólido. No podía pararme demasiado porque si no el arranque sería fatal.

Solo quedaban 10 km, un número muy bajo, pero muy alto para cómo iba físicamente. Intentaba trotar, pero solo alcanzaba dar unos 10 pasos, no podía, iba completamente roto, hasta que me dije: si no quieres llegar pero de lo que estás solo te queda andar. Seis kilómetros andando, los cuales ya apenas podía andar, pasos muy lentos, cojeando. Hasta que por fin veo el puente del Ajolí, entrada de la aldea. Ahora sí, ya si era mía. ¡Venga¡ me decía una y otra vez. ¡Un poco más, el último esfuerzo! Atravesando las calles de la aldea, hundiendo la zapatilla en la arena en cada pisada, diviso la moqueta roja y el arco de meta. ¡Vamos Carlos, lo has conseguido. 200 metros y se acabó! No quería entrar caminando, no quería que la gente viera mi sufrimiento, por lo que sacando fuerzas de no sé dónde, arranco a trotar por última vez esos 100 metros. El público se agolpa en la recta de meta, aplausos, ánimos, las campanas de la Ermita sonando. Piso la alfombra, 50 metros para el arco de meta. La música se mete en mis oídos junto a la voz del speaker. Me giro y dando unos pasos de espaldas miro la Ermita, dando gracias a la Virgen por haberme cuidado y haberme dado fuerzas en los peores momentos para cumplir mi sueño.

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Entrada a meta, en la Aldea de El Rocío.

Subo la rampa y me quedo debajo del arco de meta, parado, mis piernas tiemblan, a la vez que mis ojos. Dos pasos más y me derrumbo. Finisher. ¡Sí, lo has hecho! Había cumplido mi sueño.

Sé que muchos de vosotros conocéis estas sensaciones y con creces, pues esta carrera es nada comparada con muchas de las que hacéis, pero las sensaciones de disfrute y sufrimiento, esa lucha kilómetro a kilómetro, tú y tu mente, superando dolencias y avanzando como medio se puede, son las mismas. La mente es sabia y el comportamiento del cuerpo humano es impredecible. No hay límites, el límite lo pones tú y llegarás donde tú quieras llegar. Este tipo de retos pone a cada uno en su lugar y te hace poner los pies en el suelo. Después de algo así, sientes sensaciones dentro de tu cuerpo no conocidas anteriormente, te sientes más persona, tanto en lo personal como en lo deportivo. Te hace más fuerte para afrontar los retos que vendrán después cada vez más complicados.

Espero haberos transportado a este día de carrera y acercaros a sentir lo que yo sentí.

 

Autor: Carlos Alcázar.

BUFF EPIC TRAIL 2016, la Ultra de las Ultras…

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Antonio M. Díaz, durante un momento de la carrera. Foto: Sergio V.

Comenzaré diciendo que esta carrera no es una Ultra Trail más, es la Ultra por excelencia. No lo digo yo, ni sus distancias, 105 km con 16.000 metros de desnivel acumulado, lo dicen todos aquellos corredores, profesionales y no profesionales, que la han sufrido y disfrutado en sus propias carnes. Su recorrido acaricia el Parque Nacional de Aigüestorstes y Estany de San Maurici, situado en el Pirineo catalán. En esta, su tercera edición  (en 2014 solo 17 corredores llegaron a meta y en 2015 fueron 57) era Campeonato del Mundo de Ultra con todo lo que eso conlleva, máxima expectación a nivel periodístico y deportivo, los mejores corredores nacionales e internacionales, todas las marcas de material deportivo dejando ver sus últimas novedades. En definitiva, el marco era incomparable y mi único objetivo era empaparme y saborear cada instante.

No invertiré muchas palabras en la parte deportiva de esta carrera, porque esa parte está al alcance de cualquiera en internet. Me detendré solo en los que para mí fueron el pódium de este Mundial, mis tres compañeros de Club.

Antonio Sánchez del Pino, el capitán general del Club Trailrunner Avanza Jaén, compañero de entrenos, de conversaciones enriquecedoras,  uno de esos amigos que te hacen sentir rico, hizo el carrerón que yo incluso más que él, sabía que podía hacer. Es un portento físico, pero sobre todo, es un portento en capacidad de sacrificio. Solo él sabe lo que ha sufrido en los dos últimos años para tener esta recompensa. Se codeó con los más grandes profesionales durante muchos kilómetros y solo una fuerte caída que le dejo mermada la rodilla izquierda impidió que estuviera más arriba en la clasificación. ¡Enhorabuena jefe!

Antonio Aceituno Azaustre, increíble lo suyo. Hace un mes veía imposible poder participar por un asunto familiar, pero por suerte y gracias a Dios todo ha salido bien y eso le ha hecho más fuerte aún de lo que ya es. Se marcó una carrera perfecta, tiró de experiencia, sabía que no llegaba en su mejor estado de forma y que debía ir dando pequeños pasos en la carrera para poder vencerla. Imborrables los kilómetros que pude compartir con él. Para mí un premio estar durante 70 kilómetros siguiendo sus pasos. ¡Gracias amigo!

Helen Sánchez, la representante femenina del club, se encontraba algo inquieta el día previo a la carrera. Apenas participaba en las conversaciones pre-carrera, buscaba su espacio de soledad… ya estaba en carrera. En la línea de salida estaba con ciertos nervios, pero todos los que la conocemos en este mundillo sabemos que es apostar a caballo ganador. Sabe sacarle el máximo rendimiento a su físico y mentalmente es una roca. Y en esta carrera la cabeza hizo que las piernas le llevaran a meta. ¡Felicidades compañera!

Hablando ya en primera persona, hablaré más de la parte emocional que de la deportiva. De esta última solo decir que me encontraba muy bien, había entrenado muy fuerte en los últimos meses y estaba bastante confiado, pero había algo que me preocupaba. Era la primera vez que iba a hacer una Ultra en alta montaña y no sabía cómo iba a responder. Por otra parte me atemorizaba un poco estar rodeado de los mejores ultra fondistas del mundo. De forma recurrente se me venía a la cabeza la pregunta “¿Qué hago yo aquí…?”.

El caso es que a las 5:45 de la mañana del 23/07, estaba metido en el “corralito”  de la línea de salida del Campeonato del Mundo de Ultra 2016, junto a mis tres compañeros, rodeado de otros 246 corredores y corredoras. Impresionaba ver a esa hora todo el pueblo en la calle, acompañantes de corredores, decenas de fotógrafos y cámaras justo delante de la línea de salida fotografiando a los favoritos para alzarse con el título de Campeón/na del mundo. Los nervios afloraban, últimas miradas de complicidad con los compañeros, empieza a sonar esa canción que llevas meses deseando oír y que antecede al pistoletazo de salida, y a las 6:00 comienza la cuenta atrás para cumplir mi sueño.

Durante la carrera, en mi caso más de 27 horas, son muchas las sensaciones que vienen y van. Durante las 12 primeras horas, la carrera fue perfecta, corría al lado de mi amigo Antonio Aceituno. Disfrutamos de todos los collados por donde pasamos, vistas espectaculares de cascadas que salían de cualquier corte en las brutales montañas que rodeaban los profundos valles por donde transcurría el recorrido, espectaculares lagos donde se reflejaban los picos más altos que te obligaban a pararte si querías admirarlos porque no bastaba con levantar la mirada.

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Antonio M. Díaz y A. Aceituno, en una parada con los ‘Sergio’.

Fue pasado el km 68, Avituallamiento de Spot, donde todo se tornó. A ese avituallamiento llegué pensando en la subida a la que nos íbamos a enfrentar justo después. Digo enfrentar porque a esas alturas ya no se corre, lo que haces es ir luchando contra todos los inconvenientes que una ultra te va poniendo en el camino. En ese kilómetro comenzaba la subida más brutal del recorrido, teníamos que salvar 1.600 metros en unos 8 km. A mitad de la subida me di cuenta de que la cosa no iba bien, la sensación era de flojedad, de estar haciendo un sobreesfuerzo, no lograba tener una respiración fluida… Quizás estar a esas alturas por encima de los 2.300 metros de altitud provocó entre otras cosas que mi cuerpo, digestivamente hablando, dejara de funcionar. Era imposible beber y qué decir de echarse algo sólido a la boca. Ahí, justo antes de coronar, fue la última vez que vi a Antonio. Paramos a abrigarnos, yo tardé un poco más, él no lo sabe, pero lo hice a consciencia para que siguiera el ascenso sin mí. Me dijo: “en el avituallamiento nos vemos compañero…”. Yo en ese momento sabía que ya no volvería a verle en carrera. Mi llegada hasta el refugio, unos 5 km más adelante, fueron una auténtica pesadilla, la sensación de vacío era malísima, no tenía fuerzas, y la cabeza en ese momento solo te invita a retirarte. Una vez llegué al refugio, km 82 de carrera, un juez de carrera me dijo que Antonio había estado esperando, pero que al ver que tardaba, decidió seguir sin mí. Era lo que tocaba, me conoce bien y sabía que al refugio llegaría antes o después.

Llegué al refugio a las 23:30 de la noche. Llevaba en carrera 17:30 horas y allí fue donde empezó mi lucha contra mí mismo. Sabía que a falta de 25 km a meta, y con mucha dificultad aún por salvar, no estaba en condiciones de seguir. Unos minutos detrás mía, llegó Helen. Llegó fuerte, a pesar de haberse caído y tener un fuerte golpe en la espalda que le impedía respirar con fluidez. Hablamos durante unos minutos, me animó a seguir la carrera con ella, pero sabía que en esas condiciones sería un lastre. Le dije que debía seguir su carrera y así lo hizo.

Entonces comenzó mi tortura psicológica, me sentí derrotado, veía cómo iban llegando corredores y pocos minutos después seguían la marcha. Estaba destrozado mentalmente, era angustioso pensar que después de muchos meses de sacrificio, madrugones, horas de descanso, horas que le robas a la familia invertidas (mi mujer e hijos son los sufridores silenciosos de mi locura, os pido perdón) en estar preparado para esta prueba, no iban a servir para nada. El juez de carrera estaba pendiente de la decisión que tomaba para comunicar al chico que actualizaba la situación de carrera mi abandono. Me miraba continuamente y con mi mirada sabía que no podía seguir. Agaché la cabeza y me puse el cortavientos cubriéndola, no quería que me viera llorar, porque lloré desconsoladamente. Fue entonces cuando oí una conversación: “¿qué dorsal es?”, “es el 180”, “ok, abandona”. Al oír abandona, algo me rasgó el alma, me quité el chubasquero de la cabeza y le dije “espera por favor, dame unos minutos…”. En ese momento necesitaba que sucediera algo que me  diera alguna esperanza. Cogí el teléfono y lo que vi me reactivó: muchos mensajes de amigos, compañeros de club, familia, que estaban siguiendo la carrera y estaban preocupados porque mi situación llevaba dos horas sin cambiar. Llamé a mi mujer para tranquilizarla. Como no podía ser de otra forma, me aconsejó que abandonara, que no merecía la pena exponerme. Me comentó que mi hijo mayor no dejaba de preguntarle si papa ya había llegado a meta, eso me estremeció porque a ese enano no le podía fallar. Después llamé a mi cuñado, mi cómplice deportivamente hablando. Le comenté cuál era la situación. Me aconsejó que no me precipitara, que tratara de descansar, incluso que si podía dormir un poco que lo hiciera y que después tomara la decisión. Así lo hice, eran las 01:30 horas y me puse el despertador para que me despertara una hora más tarde. Casi no me dio tiempo a meter el móvil bajo la camiseta térmica, no me fiaba del oído y lo metí ahí para que me despertara al vibrar, y me quedé dormido, dormí profundamente, no me enteré de nada en esa hora. Al despertar, lo primero que hice fue ponerme en pie para ver como reaccionaba el cuerpo. Di varios paseos hasta el baño para comprobar que mis piernas podían andar. No pensaba correr, solo quería llegar a meta aunque fuera andando. Me encontré relativamente bien dada la situación. Empecé a prepararme. Cuando el juez me vio ponerme el gorro térmico, me preguntó: “Antonio, vas a continuar?”. Le dije: “si, lo voy a intentar”. Mientras me abrigaba, eran las 02:30 horas y estábamos a unos 2.000 metros de altitud y me dije: “Antonio, si tienes que arriesgar, tienes que hacerlo en esta carrera, así que mucha fuerza, y mañana nos tomamos una cerveza en meta”. Cuando me disponía a salir, me giré y les dije a todos los que estaban en el refugio, médicos, podólogos, jueces, voluntarios… “Gracias por todo, nos vemos en meta…”.

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Camino de la meta.

Antes de salir del refugio mandé un par de mensajes avisando de que continuaba en carrera. Me quedaban 25 km, pero sabía que si era capaz de recorrer los 10 primeros todo estaría hecho. En esos 10 km tenía que salvar 1.100 metros positivos, y a partir de ahí, todo era una bajada continua de 15 km hasta meta. Esos 10 km fueron los más eternos que he hecho nunca. No dejé de pensar en una persona muy especial para mí, a la que admiro y quiero con toda mi alma. Es mi hermana mayor, mi “tata” Mari. Desde noviembre del 2015, justo cuanto yo empezaba a preparar esta prueba, ella empezaba a combatir un cáncer. Ver con la fuerza y positividad que lo está combatiendo me llenaba de energía. Yo luché con todas mis fuerzas porque esta carrera se la quería dedicar a ella, mi hermana mayor… Ella fue la que me dio fuerzas para clavar los bastones por aquel sendero zigzagueante e interminable que me llevaba hasta la última cumbre. Una vez allí supe que había vencido a la EPIC BUFF. En aquel punto viví otro de los momentos mágicos de esta carrera. Justo en la cumbre, eché la mirada hacia atrás, y durante dos minutos, vi amanecer, perdonad mi arrogancia, pero en ese momento, era el hombre más afortunado del mundo…

Comencé el descenso que me llevaba de nuevo a Barruera un día más tarde desde que dio comienzo la prueba. Solo me quedaban pasar por 2 avituallamientos más y llegar a meta. En el avituallamiento del km 95 viví otro momento que no olvidaré jamás. Eran las 08:00 de la mañana cuando llegué a la carpa. Estaban dos voluntarios y un poco más apartadas sus mujeres junto a una pequeña lumbre para guardarse del frío. Sólo había una persona más, junto a una furgoneta. Era mi amigo Noni. Jamás podré devolverte lo que hiciste por mí. Él no me reconoció en un primer momento porque iba tapado hasta las orejas. Cuando le grité “NONIIIIIIIIII…” se giró y como un descosido salió corriendo hacia mí. En ese momento me deshice, me abracé a él y llore sin consuelo. Fundidos en un abrazo le decía: “Noni tío, que haces aquí… pero por qué has venido…”. Él no decía nada, solo me abrazaba, hasta que con voz temblorosa me dijo: “Antonio, ahora no puedes venirte abajo, así que vamos, sigue adelante…”.

Me acompañó durante unos metros hasta que el recorrido dejaba una carretera y giraba a la izquierda en busca del último pueblo previo a Barruera, Tahul. Esos últimos kilómetros fueron increíbles. Por mi mente posó varias veces todo el recorrido, todas las sensaciones vividas, fueron momentos increíbles. Paradójicamente, a falta de un kilómetro a meta, mi sentimiento era de pena. Sabía que se acababa una experiencia personal irrepetible. A falta de unos 500 metros a meta atisbé a dos personas que saludaban enérgicamente, sinceramente, casi no fui capaz de reconocerlos hasta que casi los tenía encima. Eran Sergio Vázquez, cámara réflex en mano e hijo. ¡Menudo subidón al verlos! Me acompañaron justo hasta llegar a la pasarela de meta. En la pasarela la gente que allí estaba estiraba su brazo para que le chocara la mano como si de Luis Alberto Hernando se tratara. Es una de las grandezas de este deporte, el respeto por el deportista. Justo antes de encarar la meta vi como dos personas se metían en la pasarela para abrazarme. Eran el ‘Jefe’, Antonio Sánchez del Pino, y Noni. Menudo abrazo sincero de amigos nos dimos. También vi a Gerard Morales, subcampeón de la edición del 2015 (un grande este chico, después se acercó a saludarme y a preguntar qué tal estaba).

Ya solo quedaba entrar en meta. Igual exagero, pero yo vi mucha gente aplaudiéndome como si fuera el primer clasificado. Antes de cruzar la línea, me di la vuelta y me incliné agradeciendo al público su reconocimiento… entre con los brazos en alto y con un pensamiento en mi cabeza: “Antonio, estoy orgulloso de ti, hoy te has convertido en un RESILIENTE. Eres el arquitecto de tu propia alegría y tu propio destino”.

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Autor: Antonio Manuel Díaz (Finisher de la Buff Epic Trail Aigüestortes 2016).

Destacada actuación de Raúl Cobo, del Club Trailrunners Avanza Jaén, en el Gran Trail de Peñalara

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Luis Miguel M. Ochoa, Rául Cobo y Rubén M. Ochoa.

Nuestro compañero Raúl Cobo destacó el pasado fin de semana en el Gran Trail Peñalara, con un meritorio 14º puesto en la generación y 4º en categoría senior, con un tiempo de 15 horas y 40 minutos. Sobre una distancia de 120 kilómetros, la prueba salió a las 23,30 horas desde la Plaza de Navacerrada, un reto de más de 12 horas a una altitud media de 2.000 metros, para pasar por cimas icónicas como La Maliciosa, Risco de Claveles y Peñalara.

 
El propio Raúl cuenta su experiencias: “Eran las 23 h, ya estaba todo preparado, quedaba media hora para empezar la aventura: Gran Trail Peñalara, los nervios y la emoción estaban a flor de piel. Había llegado el momento de demostrar y poner en práctica todo lo entrenado. Me encontraba en linea de salida junto con mis compañeros Luismi Ochoa, Ludovic Ducher, Lorenzo Pérez y Antonio Moral. Nada más y nada menos que 120 km por delante. Todo comenzó bien, con fuerza y muchas ganas, la noche iba perfecta, con buen ritmo, y disfrutando del momento. Llegando a Rascafría en sexta posición, pero teniendo presente que quedaba mucho camino por recorrer (subir Reventón, Claveles y Peñalara) y que aún podían cambiar las cosas. De repente, en el km 93, el estómago me falla, no me encuentro bien y no tengo más remedio que disminuir el ritmo y finalmente, a mi pesar, parar a descansar. Había perdido séis posiciones y una hora de carrera. Poco a poco me empiezo a reponer, tomo aire y sigo hacia mi destino, la meta. He de decir que fueron momentos duros y difíciles, se me pasaron por la mente miles de cosas, pero sin duda mi familia y mi novia Olga estaban más que presentes. Cuando quise darme cuenta me quedaban 10km para la meta, pensé ya está hecho!. Y por fin crucé la meta . Es difícil de expresar lo que sentí en ese momento, pero sobre todo felicidad, por hacer lo que me gusta y por superarme a mi mismo de nuevo. Todo esfuerzo y sacrificio tiene su recompensa, catorce en la categoría general y cuarto en senior. Una experiencia inolvidable”.
 
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Raúl Cobo, por la arista de Claveles, muy cerca de Peñalara. Foto: Dariodesnivel (Instagram).

El Club Trailrunners Avanza Jaén colocó otro corredor entre los cincuenta primeros, gracias al 42º puesto en la general y 19º de su categoría conseguido por Luis Miguel Moral Ochoa, con un tiempo de 17 horas y 46 minutos. “A pesar de una caída en el kilómetro 56 y que la rodilla no me dejaba coger ritmos rápidos estoy muy contento por mi posición. Se trata de una carrera dura, pero con unos magníficos voluntarios y organización”, afirma Luis Miguel Moral Ochoa.

 
La representación del club jiennense de trail se completó con la participación de Rubén Moral Ochoa en la prueba de 60 kilómetros, donde obtuvo una 130ª posición , con un tiempo de 9 horas y 16 minutos, acabando con muy buenas sensaciones en su estreno en una prueba de larga distancia.

Zegama: ¿Y si la realidad supera las expectativas?

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Juan Navarro, en primera línea de salida a la derecha, justo antes de dar comienzo la carrera.

Suele pasar que uno se atiborra de información cuando algo le gusta mucho, no lo conoce y cree que nunca lo conocerá. Pero, ¿y si llega la hora de conocerlo? Eso me ha  pasado a mí cuando hace cuatro años y medio me enganché al trail. Desde el primer día, una carrera llamó mi atención. Leí toda la información posible, veía vídeos a mansalva, pregunté y hablé con quien había estado allí… había que ir. Al quinto intento, tengo la suerte de contar con dorsal. Y me suceden hechos muy extraños en mí.

Llega el viernes previo día 20 y hasta que no salí de trabajar no había preparado absolutamente nada, pero nada de nada. Ceno y  preparo la bolsa. Intento  dormir, pero nada, creo que es el único momento de nervios de todo el fin de semana, cosa rara. Dos noches antes, muy extraño en mí.

Me acompañan en esta aventura mis amigos Giova y Rubén, grandes personas y mejores figuras. A las 6.15 salimos de Jaén, carretera y manta.  Gracias a que son dos craks , el viaje se hace ameno, que gran “personajes” son. Llegamos alrededor de las 14.00 horas y nos recibe un gran calor; aún recuerdo el comentario de Giova “pero si está seco, no hay barro”. Ufff, lo veía y me vine un poquito abajo porque yo quería una carrera auténtica, que no perdiera su identidad, uno de los elementos que la habían hecho la mejor CXM del mundo: el barro, su dureza, la humedad (poco me imaginaba en ese momento lo que cambiaría para el día siguiente).

Almorzamos y el ambiente, ver meta, calles, stand… y cientos de corredores allí ya, magnifico. Recogida de dorsales y el ambiente que aún crece más. A media tarde una marabunta de corredores por todos los lados, pabellón lleno, breafing no cabe nadie más y nosotros a esperar los craks; a los que conocemos, porque nos cruzamos con muchos que luego estarían en el top que ni lo asociábamos. De tanto movimiento de gente, me encuentro un poco mareado también del calor del pabellón, pero hay que aguantar.

Vemos a Zaid atendiendo a todo el mundo. De repente Giova salta “Luis Alberto” y lo teníamos a dos metros; vamos rápido por la foto. Pasa el tiempo, más calor y decidimos salir y dar una vuelta. De repente veo venir a Kilian, “ufff”, y se lo digo a Giova y Rubén. Le hago un par de comentarios, le pido una foto, accediendo rápidamente. Al cabo del rato su representante se lo lleva, el acoso es terrible, todos quieren fotografiarse con él;  es un crakc en carrera y atendiendo, y comprendo que se lo llevara, muchos no aguantarían tal acoso, todo el mundo quiere una foto, un comentario con Kilian Jornet…

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Rubén, Juan y Giova, con Kilian Jornet.

El ambiente es impresionante. Corredores por todos lados, gente de montaña, acompañantes, visitantes… los stand de Mercedes, Salomon, Suunto… Volvemos al pabellón y está a rebosar, el breefing continúa lleno, no cabe un garbanzo y eso con el calor que hacía. Vemos a Merillas y a Azahara, más fotos. Somos niños ilusionados con esas figuras.

En esto el cielo se nubla y empieza a llover y al poco a tronar. Cenamos y a nuestro hotel particular 7 estrellas. ¿A ver quién duerme ahora? Aunque cansado, el no dormir de la noche anterior, viaje, ajetreo, etc. y aunque tarde conseguimos cerrar los ojos un poco, pero ahora se acerca lo mejor. ¿No queríamos barro?, pues toma barro. Comienza a tronar y a jarrear agua, literal, jarrear agua y truenos. Nada de lluvia, así toda la noche, con leves paradas, pero lo que se dice jarrear agua.

Antes de que suene la alarma del móvil, 6.30 h, nos levantamos. Acaba de parar de llover y la temperatura no es mala. Buscar bar,  tomar un café. Tras ello, Giova y Rubén me dejan, tienen que coger autobús que lo acerque hasta Sancti Spiritu y subir ellos al Aizkorri porque quieren verla allí.

Me pongo traje de faena y en el vehículo de al lado están los italianos con Pivk Tadei al frente, pues otra foto. Me bajo para la salida, aquello ya casi está a tope y faltan 35 minutos. Ocurre otra vez otra sensación que nunca la había tenido antes de una carrera: no tengo nervios, conociéndome, alucino.

Recordando a Sergio, me coloco en primera línea de salida, ya casi lleno el cajón, veo detrás de mí a Gema Arenas y le digo “tengo hueco”. Los craks tienen costumbre de llegar justos de tiempo.

Increíble, impresionante, alucinante e inenarrable, cómo suenan los altavoces, la música, el speaker, el helicóptero sobrevolándonos (ya tengo la respuesta a por qué no tengo nervios, estoy alucinando, pero lo disimulo).

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Otra imagen de la salida, con Juan Navarro en segunda línea.

Y salida. Me advirtió Sergio de que eran balas, pues como he dicho la realidad supera las expectativas. ¡Eran rayos, qué salida Dios! Con 42.197 Km y 2.725+ por delante. Vuelta al pueblo entre el gentío y giro a la izquierda para subir una terrible cuesta de varios kilómetros, con algunos tramos de desnivel que asustan, pero que con la gran cantidad de público a ambos lados ni te enteras. Sorprendido que no empecé a andar al final de ella. Es en ésta, en su comienzo, lo que marcara el devenir de toda la carrera, la lluvia. No se llevaba kilómetro y medio cuando comenzó a llover. Ya solo breves periodos de tiempo estaríamos sin lluvia. Lluvia que junto al gran viento en la subida a Aratz, sería terrible. Allí se convierte en granizo que con el fuerte viento, hace mucho daño, pero que mucho daño.  Ahí muchos empezaron con síntomas de hipotermia. Ya los senderos son riachuelos, ya no hay barro, es como se dice “gacholeta” que hace escurrirte y caer. Y si te sales del sendero, la hierba mojada es más peligrosa aún. Veo una cosa que nunca la había visto: los que se caen, algunos, no se levantan; ponen su trasero y se deslizan como cuando estas en la nieve y los que no optamos por esa opción, resbalándonos y levantándonos, increíble. Coronas Aratz (estaba helado) y encaras la bajada hacia Sancti Spiritu. Es terreno pedregoso y con la lluvia siguen sucediéndose los resbalones y caídas. He de decir que por todo el trayecto te has encontrado mucha gente, pero conforme te acercas a la cueva de Sancti Spiritu oyes el apoyo del gran gentío que allí se concentra. Lo escuchas un kilómetro antes, impresionante.

Has llegado a la base del Aizkorri, kilómetro 19.7. Te esperan unos 400 metros de una rampa de desnivel brutal, impracticable por la lluvia. La vences porque a un lado y a otro hay cientos y cientos de personas bajo la lluvia, gritándote en la misma oreja. Sientes su aliento y animándote sin parar, es tal el agua que baja por el sendero que hace patinar. Ellos te empujan las espaldas al patinar en esa pendiente, sino no no avanzas. Hablamos de unos 400 metros; la subida al Aizkorri son 2.5 km que salvan 500+. En toda ella te encuentras gente, con lo que llovía, con la temperatura que hacía. Ahí me encuentro a mis dos colegas, Giova y Rubén, que ya no aguantan más el frio arriba y van hacia abajo. Yo aún tengo que coronarla. Vas sintiendo el jaleo de la gente de la cumbre y sus cencerros. Ufff, no piensas en que vas hecho polvo. Una señora no hace nada más que repetir que “queda poco para coronar y que está lleno de gente por vosotros”. Y sí, la verdad es que están allí apoyándote con unas condiciones extremas. Te quedas muerto al coronar con un aire que con la lluvia y la niebla hacen terribles las condiciones. En la cima de Aikorri la lluvia mezclada con la niebla no te dejaba ver más de 20 metros.

A partir de aquí sabía que se terminaba lo bueno (aunque fueran las subidas, las más duras y salvando casi todo el desnivel positivo). Unos dos kilómetros coronando entre las rocas, cresteando (me recuerda cumbre de Mágina pero sin sendero). Peligrosísimo si te caes. Tienes que andar y agarrarte a las rocas. Todo andando resbalas demasiado, hasta llegar al punto más alto de la carrera, el Aitxuri y su terrible, pero terrible, bajada vertical entre rocas. Sin duda lo más duro de la carrera. No sentías nada más que decir a los corredores: “piedras, piedras…”. Los que empezaban a bajar hacían que las piedras rodaran y fueran un verdadero peligro, junto con los resbalones y caídas que ahí hubo. Peligrosísimo por el terreno. Es una bajada que en seco la he intentado practicar muchas veces, si alguien conoce el “Sendero de los Neveros” en la Peña de Jaén en Mágina. Por el estilo pero no haciendo curvillas, sino recto hacia abajo y con algún tramo de sendero que no podías coger por lo resbaladizo. Desde mediados de la bajada veía el avituallamiento abajo y vi hasta tres ambulancias dando viajes. Fue donde más abandonos hubo, por caídas. Cuando conseguí bajar no había ambulancias y si unas tres personas con la manta térmica esperando que la evacuaran. Sin duda alguna lo peor de la carrera. Aquí me mentalicé que tenía que regular y acabar, no caerme más y llegar sano (no lo conseguí, aún me caí varias veces).

Ahora vendrían unos kilómetros muy corribles hasta la subida de Andraitz, la última destacable, para ya enfilar hacia abajo, hacia la meta. Los senderos no eran corribles, ni antes, eran patinaje. Menos mal que tenían una cuarta, sin exagerar, de “gacholeta” y al caerte te embarrabas pero ya está. Impresionantes al meterte en los bosque con la niebla, la nubes y la lluvia junto con su frondosidad que no dejaba pasar la luz. Se te hacía de noche. La “gacholeta” se había mezclado con la gran cantidad de hojas y el pie se te hundía. Todo ello siempre, siempre, con gente. Mucha menos aquí, pero por casi todo el trayecto. Eso es lo que la hace la mejor carrera del mundo.

Últimos kilómetros de pista y senderos, senderos y pista, encharcada esta última, no evacuaba tanta agua. Y llegada al pueblo. No sabría calcular la distancia de entrada hasta meta, pero sí decir que es toda vallada a un lado y otro al estilo de los ciclistas, pero con una anchura de metro y medio más o menos, pues me supongo que esos 250 metros a rebosar de gente golpeando las vallas y gritando, de auténtica locura, yo no hice nada más que a la vez aflojar y aplaudir. No sabía cómo corresponder a esa gente. Admirables, incansables en su apoyo. Por fin sé que me queda una curva a derecha y otra a izquierdas. En esta última empiezo andar. Ahí, en ese momento, interiormente me vine abajo, ahora no quería que terminara.  Y entrada a META, se ha acabado. Cuarta cosa extraña en mí, esta quizás menos: no quería que se acabara.

Luego me lo dice Giova que entré  en meta al estilo de Kilian, dándome la vuelta y entrando de espaldas, agradecido por lo vivido al público, sin palabras.

Es la mejor carrera del mundo no porque vaya Kilian, Luis Alberto… sino por el pueblo. Lo que han conseguido que sea, lo han conseguido ellos, miles de personas que aguantan estoicamente con lluvia, frío, aire, granizo… o si hubiese sol. No son de allí, los de allí participan todos, niños, jóvenes, mayores. Los del pueblo son voluntarios que están trabajando, para que a los corredores ni a sus acompañantes les falte de nada. Podemos dar fe nosotros. Una organización perfecta, ahí no hay sustitución de dorsal, al entrar al cajón tras haberle dejado una fotocopia de tu DNI en color te graban uno a uno con una cámara tu número de dorsal y tu cara, sino llevas cortavientos, no te dejan entrar en cajón de salida.

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Giova, Juan y Rubén, con el perfil de la carrera en sus brazos.

Agradecer inmensamente a Giova y a Rubén que me acompañaran y solo espero y deseo de corazón que ellos y todos aquellos que quieran, puedan algún día vivirla. Esta carrera no se corre, se vive y disfruta. Ya habrá otras carreras para correr. Todo lo que yo diga o ellos digan,  o quien sea, lean o vean, no es comparable con vivirlo desde dentro. Y diría más incluso la experiencia de acudir como espectador. Como dice Kilian Jornet: “ ZEGAMA ES ZEGAMA“.

Algunos números de la edición 2016: 551 corredores/as inscritos/as; finalizaron 391; retirados 129; no presentados 31. Mi actuación: puesto 219; 15 de mi categoría con un tiempo de 6:06:14.

Nota: Giova, Rubén, ya no hablo más de Zegama, ya está bien, qué pesado soy.

Autor: Juan Navarro.

Una historia que no acaba en Ronda

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Sebastián, a la derecha, en un momento de la carrera.

Hace  poco más de tres años que comencé a correr, hasta esos días nunca antes había hecho ningún tipo de deporte. Supongo que comencé por  la moda del running, por quitarme peso, por verme mejor, por postureo…  motivaciones superfluas e inconsistentes. En aquellos días  con dar una vuelta al parque del pueblo ya acababa prácticamente extenuado.

Tengo que decir que poco a poco, dedicando muchas horas a entrenar, a correr primero por las calles y caminos del pueblo, y después  por los senderos de nuestras sierras, he ido evolucionando. He fortalecido mis piernas y mi espíritu de resistencia.  He ido ganando en consistencia como corredor, a pesar de que aún soy,  y me siento,  muy novato.  Pero  hoy  tengo claro  que correr ya no es una moda en mi vida, sino que la vida misma gana sentido con este ejercicio físico que me libera de tensiones,  me aporta seguridad, me ayuda  a descansar la mente y cansar el cuerpo. En definitiva, correr es hoy en día un complemento vital que me ayuda a estar más integrado, más en contacto con las personas y la naturaleza.

Hoy tres años después,  he conseguido superar  lo que para mí era una  prueba casi inalcanzable.  Los 101 km  de Ronda  han sido  mi estreno en larga distancia. A caballo entre el ultrafondo y el ultratrail, esta legendaria prueba  es un reto para muchos de los que nos gusta correr.

En todo este proceso que he relatado, nunca he estado sólo,  he tenido grandes compañeros que me han guiado y me han ido  enseñado lo poco que sé, aunque también tengo que decir que correr es para mí un acto muy íntimo y solitario, donde hago silencio y escucho todo aquello que la vida  me grita en el día a día.

De igual forma, si he podido completar  Los 101 de Ronda,  se lo debo en gran parte a  los compañeros del  Trailrunners Avanza Jaén, que durante más de 30 kilómetros supieron acogerme como uno más del equipo que habían  formado.  Y llegado el momento supieron estimularme para que  me lanzase a completar la carrera en solitario. En esos primeros kilómetros pude sentir el compañerismo, como se apoyaban  y como motivaban al que empezaba a tener dificultades,  como  lo atendían, y casi mimaban, para que lograse vencer esos instantes más bajos. De verdad, que fue una gran lección de equipo.

Pero luego tuve  setenta kilómetros de soledad y de silencio, donde solo escuchaba mi corazón y el ruido de mis pasos al chocar contra los caminos rondeños. Cierto es que me sentía pletórico de fuerzas, que mis piernas respondían como un cañón a los meses de entrenamiento monótono y cansino. De subir cien veces a la sierra y darle vueltas y más vueltas al pueblo por los caminos.  Así fui quemando kilómetros, disfrutando de la  belleza del paisaje y gozando de una climatología que estaba siendo piadosa con los corredores.

Pero no todo podía ser perfecto;  al caer la noche  los caminos se perdieron y comenzaron los senderos de montaña.  El sol dio paso a una fría  luna que nos mostraba la interminable cuesta hacia la ermita;  el ultrafondo pasó a ser ultratrail. En ese último cuarto de carrera, cuando apenas quedan 25 kilómetros  para meta, empiezo a tener serias molestias con mi rodilla derecha. Un dolor que sin ser insoportable en un principio,  si hizo que entendiese que no todo iba a ser bueno en esta prueba.  Un dolor que me incapacitaba para poder bajar las pendientes a un ritmo aceptable. Ya no cabía otra opción más que andar – y muy despacio -si quería completar los 101. Aunque tengo que decir que muy grande hubiese tenido que ser la lesión  para hacerme abandonar. Mi motivación por finalizar la prueba aumentada con cada paso, cada vez que mis pies se hundían en el generoso  barro que hizo presencia en estos últimos kilómetros, con cada cuesta que subía o cada pendiente que bajaba renegando por el dolor de la rodilla.

Así continué esos lentos  kilómetros, con pasito tranquilo y sintiendo cierta envidia de aquellos que antes pude adelantar,  y ahora veía como pasaban corriendo a mi lado.

Llegó la “Cuesta del Cachondeo”.  Ronda se oye, se huele, se siente. Empiezo  a tener sentimientos contradictorios. Quiero acabar ya, pero me da pena que la carrera se acabe. Quiero llegar a meta,  pero siento que llegar a meta es cerrar más de 13 horas de una experiencia vital impresionante. Es apagar  meses de ilusión soñando con  estar ahí, en ese preciso lugar y que tanto me inquietaba.

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Miembros del club, antes de tomar la salida.

Pienso en mis compañeros de club  – Jose, Miguel Ángel, Paco, Oscar, Juan, Víctor –   con los que inicié la carrera. Me hubiese gustado tenerlos cerca y entrar con ellos, compartir estos últimos metros en los que me siento tan feliz pero tan solo.  Y así subo esa interminable rampa;  saco fuerzas donde no las hay,  corro y río, y agradezco al público sus ánimos y sigo corriendo…   Aclamado por cientos de personas que desafiando la noche esperan a sus familiares o simplemente disfrutan de Ronda y de una carrera tan especial.

Entro en meta con una sonrisa sincera que pronto pasa a ser una lágrima de emoción, cuando una  legionaria me impone la medalla.  Y recuerdo que hace tres años no era capaz de correr más de 300 metros. Y pienso que mis hijas deben de seguir corriendo, que entre las cosas que hoy puedo enseñarles, es a correr,  y a amar la vida corriendo con ellas. Y pienso en mi mujer que se queda en casa preocupada porque yo corro mucho, quizás demasiado… Pero, ¿qué mejor  cosa puedo hacer que correr y amar la vida y amarla a ella?

Autor: Sebastián Martínez Pulido.

Las mujeres que corren

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Dora, autora del artículo, durante una carrera.

Escribo este texto sin tratar de ofender a nadie, como reacción a un comentario que he venido oyendo a personalidades diversas en el mundillo trail, del género masculino. Siempre en tono de broma, que conste, pero las bromas que se repiten tienen en mi opinión un trasfondo que merece la pena considerar. El comentario es más o menos de este modo: “Voy a tener que hacerme mujer, así a lo mejor haría podium”. Repito, sin ánimo de ofender, pero con ganas de despacharme a gusto:

Hacerte mujer no te ayudaría a ganar ninguna carrera. Piensas eso porque no eres mujer y porque como hombre de una sociedad patriarcal y machista las mujeres somos “el otro sexo que no es un hombre”. Por eso te parece injusto que una mujer pueda llegar después que un hombre y que ella suba al podium y tú no. Porque estás pensando simplemente en el tiempo que tardamos en llegar, sin pararte a pensar en otras muchas cosas. ¿Verdad que no te cuestionas las categorías por edad?

Voy a abstenerme de explicar las diferencias biológicas entre hombres y mujeres porque son muy aburridas. Podéis mirar algo de eso aquí:

http://www.berunnermyfriend.com/salud/340-diferencias-entre-corredoras-y-corredoresç

Me parece mucho más interesante reflexionar sobre esos obstáculos invisibles, esos kilómetros virtuales que tenemos que correr muchas mujeres cada vez que nos colocamos en la línea de salida.

¿Preparados? ¿Listos? Vamos. A muy pocas de nosotras nos inculcaron el deporte como un valor propio de nuestro género. Ni nuestros padres, ni la televisión, ni la escuela, ni los amigos. Yo tuve la suerte de tener un hermano que me animaba a correr la San Antón y al que veía salir al campo con frecuencia, lo que ciertamente me influyó. Se lo agradezco profundamente (¡gracias, Arturo!).

A las mujeres se nos enseña menos a competir, a disfrutar de estar fuertes, al esfuerzo físico. Es un trauma para cualquier chica ser poco bonita o tener dos kilos de más, pero no pasa nada si no aguantas 5 minutos trotando o no puedes abrir el bote de la mermelada.

Y sin embargo, por algún motivo misterioso, algunas de nosotras nos empeñamos en practicar un deporte como es correr por el monte. Tan exigente, tan trabajoso, tan solitario a veces. Las mujeres que corren son un poco diferentes al prototipo de mujeres al que estamos acostumbrados. Aunque eso no implica que nos parezcamos más a los hombres. Las mujeres que corremos tenemos que consultar nuestro calendario menstrual conjuntamente al calendario de carreras. Y no digamos ya los planning a largo plazo que tenemos que ingeniar si nos decidimos a tener hijos. Ser madre y correr una ultra debe ser como estudiar una doble titulación.

Las que corremos somos unas temerarias porque a veces salimos solas a correr (¡y sin spray antivioladores!). Que un hombre salga solo no suele alarmar a nadie. Normalmente no puedes presumir de ser corredora de trail, porque lo más suave que te van a decir es que estás loca o que vaya ganas de sufrir. Usamos los mismos cacharritos que los hombres para correr. Eso sí, las zapatillas suelen ser rosas o de algún color “bonito” (si no, una mujer no podría usarlas) y eso si hemos tenido la suerte de encontrar zapatillas de mujer en la tienda (no, no son iguales, las de mujer son… ¿rosas?).

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Cuando seleccionas tu talla de camiseta en la inscripción de una carrera nunca sabes cuál poner, porque normalmente las camisetas que regalan son DE HOMBRE. Es decir, que es mejor que te pidas una talla más pequeña. Pero que no te pase como a mí, que una vez me dieron unas BRAGAS (porque si no cubren el cachete son bragas y punto) y un sujetador para correr que además eran muy, muy pequeños. Porque la ropa de correr de mujer, cuanta más piel deje al descubierto, más rápida te hace.

Todas nosotras hemos aprendido desde siempre a sentirnos incluidas en el género masculino, a ser “corredores”, “inscritos”, “clasificados”.

Los artículos que leemos sobre hidratación, entrenamiento, nutrición, etc, no suelen estar hechos a nuestra medida tampoco. Bueno, los del tipo “corre y adelgaza” sí. Todos saben quién es Kilian Jornet,  pero muchos sólo conocen a Noelia Camacho de contar cuentos.

Las mujeres, que nos recogemos el pelo porque es una faena correr y que nos de en la cara o nos haga sudar. Que nos hacemos trenzas, coletas, nos colocamos pañuelos, buffs, diademas, horquillas, pasadores… Que nos embutimos en un top apretado porque el pecho, que tantas mujeres quisieran tener más grande, es molesto para casi todos los deportes. Dejamos en casa el maquillaje, los abalorios, la ropa de moda. Estamos dispuestas a que nuestra piel se endurezca, se arañe, se ensucie. A engrosar los gemelos. Y así nos miramos al espejo. Ésta que escribe, se sonríe siempre.

Marchamos al punto de partida donde seremos minoría, pero tenemos un radar para encontrar a nuestras contrincantes y compañeras (a veces por el rosa).

Vamos al baño antes de empezar, como todos. Pero como hay prisa, los baños de las mujeres se vuelven mixtos. Es difícil que estén limpios. Y nosotras no podemos mear de pie. NUNCA hay papel.

Ocupamos poco sitio en el grupo de salida. Hacemos menos ruido. No nos preocupamos por colocarnos delante. Salimos al mismo tiempo, pero desde el principio debemos centrarnos en nuestro propio ritmo porque el del pelotón nos puede engañar. Sentimos envidia de los que paran a vaciar la vejiga nada más empezar, sin aspavientos, junto al camino. Nosotras nos aguantamos si podemos. Aprendimos a escupir corriendo. Y a sonarnos la nariz tapando el otro agujero. Qué poco femenino. (Me encanta)

Cuando nos adelanta un chico no suele pasar nada. Si es chica, bajamos un puesto en la clasificación general. A veces el público o la organización nos dice en qué posición vamos, porque como somos pocas nos pueden ir contando. “¡Corre, que vas cuarta!” (¿máaaaaaaas?). Cuando adelantamos a los chicos a veces recibimos comentarios de ánimo: “¡venga, máquina!”. Otros se quedan silenciosos y puede que les desanime que les adelante “una chica”.

Antes o después llegaremos a la meta, donde hay un reloj con el tiempo que tardamos. Y sólo marca eso, el tiempo. Algunas suben al podium. Aunque tardaran “más” que otros hombres.  Yo opino que son todas heroínas. De la primera a la última.

En la ducha nos ayudamos a controlar que en la puerta de los vestuarios no asomen los chicos. Ahí nos alegramos de ser menos y no tener que esperar mucho. Hablamos, reímos, compartimos. Aún recuerdo los comentarios, hace años, de las mujeres tras la maratón de Sevilla: como si se conocieran de toda la vida, charlando sobre sus hijos y los esfuerzos que hicieron para estar ahí.

En la crónica, el ganador absoluto de la carrera es sólo uno. El primero. A él le suelen hacer la entrevista. Nosotras estaremos mencionadas en segundo lugar. No solemos salir en la foto principal. Volveremos a casa. Y seguiremos siendo mujeres. Para todo. Por fortuna.

Autora: Adoración Montejo (Dora la Soñadora).